Lema


Sin garantía

Ah, la perfección. Ah, el acierto seguro y confiable. Qué belleza congruente la de la certeza conseguida. Ese acorde puntual y riguroso. Llegar a esa satisfacción de ver cómo una fijeza confirma principios deletreadamente cumplimentados y nos vuelve merecedores de pública aquiescencia. Satisfecho todo.

A veces, sin embargo, es el «error», esa absoluta ausencia de garantía, lo que se presenta con una inevitabilidad tan fulgurante que nunca podríamos ni queriendo abandonarla. ¿Será el demonio de la sinrazón el que nos visita con toda su parafernalia de tentaciones egoístas, esteticistas o fatalmente equívocas y quiméricas? ¿Egoístas? Lo dudo. Casi siempre esa otra realidad errada (y así tan repudiable y prescindible) suele tomar forma humana, la que deriva de la presencia de los otros, los otros seres, vivos y vibrantes, que la revelan, que la llevan consigo, que la arrastran como un viento suyo, que son ella sin serlo, que se la adueñan. No hacemos más que estar al lado y reconocerlo y aceptarlo porque reconocemos algo nuestro ahí, algo que nos visita, que nos conoce y en lo que nos reconocemos. ¿Esteticismo? Parece que tampoco. Sencilla realidad de lo que está siendo. Verdad de lo diario y cotidiano, tan excepcional y simple como ese momento de presencia y testimonio.

Nada cierto. Nada perfecto. Ni congruente. Ni razonable. Ni autosuficiente. Ni serio. Ni bueno. Ni bello porque serio, congruente y así bueno. Nada que prescinda ni necesite de cosa alguna ajena a ello mismo. Nada que prescinda de algo como tú porque te admite sin necesidad ninguna. Nada que no sea la presencia de lo que está siendo ahora contigo y vive en ti si es que tú lo estás viviendo.

Vieja nota

Insistir en la posibilidad, a pesar de que todo sugiere que no existe posibilidad ninguna. Empeñarse inútilmente en una empresa condenada. Todos los indicios dicen que es gasto perdido. Y a pesar de todo seguir. Sí. Una y otra vez. Por la pura obcecación. Empeño en el mismo hecho de empeñarse. Insistir en nada, en el vacío. Y seguir ahí. Una vez y otra. Sin señales de haber dado en algo, de estar en un lugar que lleva a otro, tras de alguna pista, sin huellas, sin olfato ni rastro ni mínima brizna que confirme que se ha visto la posibilidad de que en algún momento pudo haber habido una muestra, al menos publicitaria, de la presencia de una instalación expendedora del producto que vas tan perdidamente buscando.

En la distancia

Vivir más bien para nada como vive la gente, de un día para otro, para seguir estando. Querer como el mar cuando estalla en tus ojos, en los párpados de húmedas arenas por la mañana.
Llamar desde lejos al tiempo que espera agazapado en las esquinas, en callejas o en sórdidas pensiones de una tarde. Sin ganas, avergonzado de querer, de vivir, de ser
el que no sabía que estaba siendo. Sólo culpa entonces dentro llamando. Sólo rabia, escondida en lo más hondo, si reclama raciones atrasadas, méritos, réditos, multiplicaciones de gracia y de sentido.
No querer saber si es que importa el silencio, o si la lengua oculta atraviesa la garganta de preguntas, si es la tarde o la mañana la ocasión que late cuando el tren que esperábamos coger en la distancia ya se aleja.

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