Paisaje

Hacía tiempo que no lo veía y esta tarde, al volver del trabajo, contemplo de nuevo el escorzo: las montañas, quizá mejor colinas, a lo lejos, con su pequeña construcción en la cima; más cerca los campos ondulados, alturas y depresiones suaves. Dos laderas forman vaguada. Abajo, y en primer plano, el arroyo, flanqueado de matorrales.

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Variación I (Partida)

Entrar en el arroyo
y, a lo lejos, casi al alcance de la mano,
las colinas con sus torres elevadas,
las laderas de los montes que me acogen
entre zarzas.
Busco la selva que oculta su nido recóndito,
que me arrastra hacia su hálito caliente,
trémulo de ignorancia,
desesperado,
como el que sale al monte
y se pierde
en el paisaje
y sigue anhelante los rastros,
la vereda, el sendero
último y practicable.

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Un paisaje en el que cada piedra duele y a la vez se la siente clavada en la propia carne. Como deseo. Deseo de ser otro, de salir del teatro infinito de la ceniza cotidiana. De lo que se sabe. Búsqueda de la selva, de las ramas rotas quebrándose al paso y la húmeda calidez de hojas recién llovidas.
Paisaje de hirsutas malezas, de espléndidas colinas y remansos, de paz, de íntima paz entre las quebradas y los riscos, paz de agua formada en el hueco de las rocas, pozo de agua quieta y expectante, trémula como a veces tiembla el pesado mercurio, lento y grave. Otras, torrente brotado de su manantial que nos inunda la boca sedienta.
Matorrales y zarzas donde esconder el secreto refugio, construirlo con lento deleite acumulando hojas hasta formar un nido oculto, donde poder rehuir a paseantes e intrusos.

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Poder beber de ese agua que corre por tus venas, manantial fresquísimo; recibir el sabor de la roca y el musgo que te tapiza. Los montes inclinados a mi paso, las laderas que me acogen, la subida a los riscos nevados con respiración anhelante (el aliento forma pequeñas nubes cuando el hielo domina). Las hojas del acebo presentan sus nítidos perfiles afilados, al borde del camino, cuando te acercas a su lado, y te apoyas en la esquina de la roca. No resbales en la nieve que te aprisiona las pisadas. Sube la empinada cuesta.
Al final te esperan la laguna, el soto de los pinos, la pequeña gruta acogedora.

**

Por entre los pinos, junto a las agujas afiladas que tapizan el suelo. Su color tostado y las piñas desparramadas al pasar. Aquella vez cuando se hizo el silencio en el claro y la resina caía por el tronco y los pequeños nidos de procesionaria, las agujas acumuladas al pie del árbol como fermento y los troncos sueltos y la tarde callada.
Cuando el silencio se hizo y los pinos indiferentes hechos presentes en un instante.
Y allí estaban con las agujas caídas, las piñas y nidos, esperando.
La resina blanca y amarillenta discurría por el tronco, despacio.

**

Variación II (Llegada)

Acompáñame en la oscura senda del temblor
que me regalas cuando te contemplo yacente
en figura de escorzo, de paisaje lejano,
de colinas coronadas por torres erguidas,
y mi mano te alcanza, y el deseo no existe
porque ya la roja flor se enciende sin saberlo,
porque las vivas colinas se yerguen al viento,
solitarias, lejanas, pero de pronto fáciles
de alcanzar, ofrecidas por el paisaje mismo;
y todo él se conmueve, se presenta
inclinado hacia mí, mostrando sus grandes árboles,
y sus altas ramas al aire me ofrecen hojas,
frutos, bayas, resina que va bajando lenta
por el tronco cuando dices que sí
desde tu lejanía.

 

Río Urbión y pico

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