Aquí, allí, en esa calle

Esa calle fría, la gélida consagración de los momentos idos desde cuando entonces. Volver al lugar abandonado (los viejos gusanos moviéndose aún en el barro. La escolopendra en su nido. La salamandra por la orilla). Esa misma calle fría que, por la noche, mostraba sus luces humedecidas y su abandono. La calle que te esperaba. La calle perdida. Sin gente. La calle sin nadie. La que no estaba y esperaba. La calle que te atrapa sin razones. La calle bajo la lluvia, con luces pálidas reflejadas en la humedad del suelo. La calle inmensa y fría. Ahí, desde siempre la misma. La abandonada sorpresa de lo que nos estaba esperando. La espera de una lluvia permanente, convocante. Allí, a lo lejos, abandonada y presente, la calle dejándose esperar. Llovida. Iluminada de luces rasantes. Equívocas. Perdidizas. Enormes focos sacan la luz de la húmeda lluvia sobre las aceras de la calle. Una tras otra. La esquina, la luz, el brillo luminoso sobre el asfalto llovido. Pasos en la calle. Nadie en la calle. Volver y haberse ido. Y volver desde siempre. Desde el primer momento cuando atravesamos la calle para ir ¿adónde? Era la misma calle el destino esperado. No era mero lugar de paso. La calle esperaba, la calle fría y gélida, repitiendo su llamada. Ir hacia ella y perderse y abandonarse en su asfalto húmedo y brillante. Fotos de una calle iluminada por las farolas amarillas reflejadas en el suelo. Pasear cuando no hay nadie. No hay nadie en esa calle que te espera y de donde ya no saldrás hacia ningún otro lugar porque aquella calle abandonada te sigue esperando. Te tiene atrapado desde antes de que llegues en su húmedo asfalto brillante.

Desde aquí hacia un lugar que no está fijado en sitio alguno. Cuando el aquí ni tan siquiera está en el lugar en que el aquí suele situarse, muy cerca. No. No hay posibilidad de un aquí que esté realmente cerca de donde está cuando no está cerca de donde estás sino que desde hace tanto tiempo te has ido, has estado donde no estabas, donde ya no estabas. Allí. El aquí cuando es un allí de antes, de cuando te llamaban para estar. Desde aquí no es lugar ninguno. Desde aquí es tan lejos como el tiempo que no está, que no se presenta, porque decir «aquí» es suponer que el tiempo coincide con el espacio y es localizable y, en realidad, hace mucho que ya no hay aquí sino que, lejos, muy lejos, mucho más lejos de todo lo alcanzable, está el allí inexistente dejándote recorrer sus inanes imposibilidades, sus calles mojadas desde antiguo e iluminadas por farolas que ya no alumbran su acerado pavimento brillante.

Calle de Bilbao

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