Zangarilleja

El tono silvestre y broncíneo en una piel pecosa, el vestuario casual y desenfadado que por entonces se identificaba como «hippie», la mirada pensativa y ensoñada, y que quizá tan sólo fuera distraída, todo ello junto se las arreglaba para añadir encanto, atractivo irresistible y subyugador para un adolescente en proceso de metamorfosis juvenil, inquieto y oscuramente atarantado, que se imaginaría estar tratando nada menos que con alguna especie de «salvaje».

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2 comentarios en “Zangarilleja

  1. En el Diccionario de Autoridades, s.v. Zangarilleja: «La muchacha, o moza puerca, y mal vestida, que anda vagando. Pudo haberse dicho por alusión de la voz Zangarilla. Lat. Puella vaga, pannosaque. Copl[a] Vulg[ar]:
    A la fuente va por agua
    la zangarilleja,
    à los caños del peral,
    zarandillo andar.»

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  2. Se vincula a la siguiente entrada de un viejo libro:

    Para Jesús Miramón y María Folco.

    HAY TARDES accidentalmente solitarias, tardes de verano vertical en que el sol cae de plano en el asfalto impoluto de pasos. En una de esas -y casualmente falto de ambiente familiar con el que restregarse- Eguren es un «Rodríguez»(6), pero, como no tiene costumbre y, dado que en el preciso momento en que intenta hacer algo, trabajar o similares, se le cae el cielo encima con toda su uralita roñosa y la cal pringosa de su mampostería; pues, blanco de pavor, se levanta y se arroja a la calle sin más en ansiosa búsqueda de un alma amiga con que reconfortar la angustia y pasar el trago.
    -Idiáquez -se dice-, mi amigo, que ahora es formal y estará en su casa. Y allí va raudo y sube las crujientes escaleras de la finca arcaica (-Esto debe ser de antes de la guerra…) y llama y se encuentra con una sonrisa abierta en camiseta o en bata algo anticuada de recién salido de la ducha. -¿Estaré molestando? -se pregunta por maquinal cortesía interior, y pasa a otra cosa. Y el buen samaritano que siempre ha sido Idiáquez le ofrece un refrigerio de café turco, cava legítimo y una deliciosa conversación. Estando en éstas, y ya casi lindando con muy distinto cielo al antes mencionado, se acuerda de tiempos idos y le dice: -Oye, ¿te acuerdas de tu primer ligue? (7), y el intercambio de memorias se prolonga en una larga velada de paraíso. Ya devuelto a casa (operación en que su amigo le asesora pues no acierta con la dirección adecuada), solo otra vez, se sienta y escribe:

    8. PARA UNA ENCUESTA

    Pasé la cuarentena,
    doblé mi Cabo de Hornos,
    perdí todos los mástiles
    del alma en los escollos.

    JON JUARISTI.

    Jesús me insinúa que cuente la historia
    de unos pisos y unas pensiones de la vieja
    ciudad y de unos riscos cantábricos.
    Se van olvidando
    los detalles de aquella zangarilla
    -estudiante de antiguas piedras íberas-
    y su piso musical y triste
    en los Altos de Deusto.(8)
    Ya no recuerdo
    cuántos éramos: había uno pálido y desgarbado,
    amigo de su amiga que conmigo
    se demoraba en las mismas geografías
    cuando la tarde decaía.
    Un recuelo de olores budistas
    se me pega del cuarto de la música
    con notas de los Beatles y algún otro
    disco de aquellos que hablaban del Génesis.
    Nesi -digo-, la lozana, y servidor
    nos hundíamos, mientras, en la ducha
    (estrecho catafalco del placer
    que, en su pequeñez, reduplicaba
    la dinámica carga de un eco eléctrico).
    Eran tardes de tés lánguidos y espesos:
    la leche condensada «La lechera»(9)
    endulzaba el introito de la carne.
    Y nos íbamos al cuarto de la cama
    -sólo cama había en aquel cuarto-
    con vistas a un patio de luces estrechesímo
    y, apagados patio y luces, iniciábamos
    el largo rito de la culebra en el agua
    cuando busca enroscarse en su propia entraña,
    devorarse a sí misma porque ignora
    si el cuerpo es de sí o de otro que la ensimisma
    en el destello del que ambos se alimentan.
    Un indiano(10) ritual decorativo, una búsqueda
    del límite en la cálida tarde ensordecida.
    Caído -del cielo- en la cuenta
    (como en un cuneta)
    de la hora que era,
    bajaba los escalones a saltos
    -gracias al ejercicio previo predispuesto-
    y un taxi aburrido me acogía
    a la sombra turbia de las luces rojas
    por el puente.
    **
    El resto de la historia tiene mar
    y playas de cejas salpicadas de salitre,
    autobuses de citas soleadas y un agua
    que se acompasa con la arena en nuestros brazos.
    ¡Cuánta estallada libertad tan cerca del penal
    del Dueso(11) aquel que entremirábamos
    para encerrarnos nosotros en la pensión fría
    más tercamente aún que nunca en el abrazo!

    ¿Qué queda? Unas cartas extraviadas,
    los libros olvidados en la cocina,
    y el permanente sabor a arena
    de una playa que lindaba con la cárcel.

    Notas

    6. En España, marido solitario en vacaciones, cuando ocupa el lugar desierto por ausencia ocasional de su legítima esposa y familia.
    7. Coloquialismo que vale en España por encuentro amoroso ocasional y aventurero. No obstante, se dan circunstancias por las que puede desembocar en un apego más estable y hasta incluso desencadenar un matrimonio.
    8. Conocido barrio bilbaíno en la orilla derecha del Nervión. Sede de la famosa Universidad. Localidad natal del poeta y crítico francés Jean Cassou, amigo de Don Miguel de Unamuno.
    9. Conocido producto lácteo-concentrado que distribuye en España la ya mencionada casa Nestlé®. Era para Eguren una sustancia cuasialucinógena, una droga, vamos.
    10. La voluta ofídica que se describe le sugiere a nuestro poeta (mono gramático) rituales hindúes que se describen en los bajorrelieves del palacio de Galta (Rajastán).
    11. El Penal del Dueso, junto a la playa de Berria en Santoña (Santander, España). Allí cumplieron condena famosos españoles como el general Sanjurjo o el poeta bohemio Pedro Luis de Gálvez (¿o fue en Ocaña?).

    De Francisco Ibernia, Poemas de Eguren, Cuadernos de la selva Profunda 19, Logroño, 1999, págs. 36-40 y 44.

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