Buceos de tierra

1.

Excavar la tierra desde el fondo, arañando concienzudamente las raíces del árbol y la maraña de la hortaliza exuberante. Rascar la cal de las paredes, de las paredes blancas y rosadas que se instalan en los huertos para separar los cerrados locales. Quitarse la costra tan adherida de productos naturales apegados a la piel y a los órganos y las extremidades. Desentumecer los ojos, de tan fijos ya neciamente instalados en una mirada localizada. Salir a la mañana y a la noche. Descascarar los escamosos trozos de materia semiósea incrustados en la carne. Descarnar, descascarillar, desconchar. Descuerar la torcida señal de carnero, la curvatura difícil de la ceja de su mineral negro. Despertar del sueño torpe de la guerra interior y antigua y venerable. Cansar los órganos hábiles en la faena agrícola. Descomponer los terrones adheridos a los miembros hasta emparedarlos. Derruir lo calcificado porque su estado de tan pétreo no obedece órdenes. Desestimar las reconvenciones de movimiento. Romperse los huesos cuando todo indica que no sirve para mucho. Con los guantes deportivos en la cara para ocultar las maduraciones que la tierra produce pródiga.
Pedir a la tierra misma que cumpla sus promesas germinativas. Empezar a sudar copiosamente, lujuriosamente, para que el líquido resultante vaya deshaciendo todas esas incrustaciones antediluvianas. Hacer del arca de Noé un ejemplar navío que transite las tierras feraces por dentro y las airee y les dé amatoriedad suficiente y disgregadora. Soltarse de las amarras, desamarrarse las prolongaciones de los dedos y sus articulaciones petrificadas. Aprovechar las raíces del roble y del aliso para fabricarse unos bigotes artificiales con que notar el aire subterráneo y cálido y alimentativo.
Salir otra vez al día, al aire, a la enervante ampliación de un huerto de coliflores gustosísimas. Pedir la llave de la tierra, de los muros, y las paredes blancas y anticuadas de lechada sonrosada y gris y pálidamente blanquinosa. Meter las llaves de la tierra en su osario izquierdo o siniestro y sencillamente espantable.
Dar de comer su ración a la zanahoria y el batato. Descolocarse para que los huesos restantes adquieran flexibilidad y engarcen con lo que la tierra tiene de hueso. Con el viejo pedernal escondido bajo sus costras calcáreas y que va saliendo en tu busca desde esa orilla del camino en que yaces enterrado.

2.

La tierra arrugada del huerto no parece prometer grandes hallazgos si se reanudan desde abajo las labores de movimiento buceante y excavador. Se pretende sufrir hasta la superficie de ese mar feraz y huertano, y a la vez que alimentamos a las hortalizas desde el interior conseguimos desembarazarnos lentamente de las incrustaciones pétreas que nos constituirán y salir al día de una vez mientras alimentamos por contaminación de sustancias a la extensa gama de productos del campo que tan necesarios son para el sustento generalizado del globo terráqueo. De tierra tratamos. De la tierra que nos nutre y que se pega continuadamente a los labios cuando los despegamos para salivar. El diálogo de los filamentos radicales del boniato, los pelillos de la zanahoria, el cosquilleo de las prolongaciones carnosas de la batata animan los comportamientos animales del enterrado para volverlo hacia la fuente húmeda de sus querencias. El empeño por salir a la mañana y desentumecer con sus agitaciones la saludable población de gérmenes y moléculas que por traslación tuberosa alcanzan al núcleo de los rizomas, al cogollo de los cohombros y saluden y salvifiquen de vida a los tubérculos.
El proyecto de entrega totalitaria a la faena campesina o de huerto tiene sus dificultades: el actor se encuentra cuidadosamente enterrado bajo raíces estrangulantes y sus esfuerzos le dotan de pedúnculos adhirientes -que por una parte facilitan el intercambio de nutrientes, pero por la otra entorpecen sus movimientos de ascensión.

3.

La mirada hacia arriba es lo único que permite al excavador de huertos encontrar fuerzas desde la flaqueza de su encostramiento. Pero las costras adheridas con el tiempo han hecho durar más de lo esperabable y natural los calentables nutrientes interiores. Los han conservado como si formaran parte de una industria conservera.
El mantenimiento de esos naturales compuestos en estado de virtual hibernación tanto tiempo estabilizados les dota de resistencia y concentración inesperables y permite que su lenta filtración alimente los tubérculos y las tuberosidades. Puede entonces y en teoría nadar y guardar la ropa: alimentar la producción campestre y poco a poco librarse de impedimentos para que el ascenso vaya siendo posible si las condiciones meteorológicas no lo impiden.
Así que, mientras mira hacia arriba, nota el desprendimiento paulatino de la cal y de los pequeños paquetes terrosos incrustados.
Después del ojo viene siempre la mano. Cuando la retina se descoloca para que los rayos de luz integrados en la materia lumínica depositada en las hojas por fototraslación se vayan encaminando hacia las ramificaciones radicales, el ojo se siente familiarizado con el medio natural que le compete y responde con un eco fotosensible y así emite las radiaciones que su natural favorece. Imantado por lo superior, descendido replica con su pozo iluminado y exhala luz para corresponder a la atención inusitada.
Llueve, dentro de la piel y la lágrima alcanza las terminaciones nerviosas y sensibles para que la iluminación de sus partículas acoja al fotónico lamido. Va imitando las raíces y las raíces lo sienten ordenado de luz. Así los ojos mueven las raíces, las llenan de ansia y el cosquilleo resultante empuja al dedo terminador que anuda en los tubérculos enardecidos.
Los movimientos de las partes activadas trasladan al todo pétreo una calidez de renuevo. Como un pacto de ayuda mutua los elementos de la naturaleza puestos en juego se van columpiando unos a otros en vaivén sincopado. Antiperístasis. Lo frío se enfría con lo caliente y lo caliente se recuece en sus contrarios. Reforzamiento por contraste. Empieza a funcionar la maquinaria.
El enterrado vivo entre aquella horticultura, el pétreo cadáver, petrificado por encastración, mitificado de calibraciones y paquetes térreos, se mueve; y con su movimiento inconsciente traslada a los canales alimentarios un entusiasmo desconocido. Todo se mueve y él también con todo. Quiere subir y ver el día. Pretende ser y dar de comer a toda la población del cerrado huertano y natural.
La naturaleza responde adhiriéndose, reticulando sus ramificaciones y a cambio de la nutriente recepción ablanda el cadavérico resto que, dorado por la luz y desligado de durezas, se va levantando hasta que sale al sol victorioso y saludador: una trufa rediviva.

Trufa

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