Ya les vale

En realidad, no hay nada que decir. Nunca hay nada que decir. No hay necesidad alguna de tomarse la molestia de decir algo que parezca que añade al mundo, a las cosas que andan por ahí, algún complemento que les hiciera falta. No hace falta más que lo que ya está. Lo que está se completa en sí mismo y el decir siempre es decorativo. Puedes repetir lo que son las cosas. Puedes preferir otras. Si quieres que las cosas se manifiesten de otro modo diciéndolas al revés o de otra manera seguirán siendo lo que les parezca apropiado sin más ni más. Este mismo decir que no hace falta decir tampoco es necesario ni les hace falta a ellas, menos falta aun que cualquier otro decir que pudiera hacer falta o se presumiera que es así.
Pero estamos, a pesar de todo, diciendo. Y el hecho de ponernos a decir y a producir líneas en el papel por un momento se le pudiera ocurrir a alguno que es una cosa, un añadido, un suceso de algún tipo. Y no es así. El único suceso ahora es el discurrir de las líneas sobre el papel. Aquí están, desgarbadas y feas. Pretenden decir. No lo consiguen. Hablan de un posible hablar que no empieza nunca.
Empezar a hablar y decir que lo que hay aquí es esto o lo otro es imposible. Las cosas están aquí ya. Tan solas. Tan libres, tan independientes y suyas. No les falta de nada. Y menos que nada que las digan. Si se pretendiera que es necesario decirlas, explicarlas, describirlas, se ofenderían. Como si les pidieran un comportamiento distinto del suyo natural. Como si les hicieran representarse a sí mismas. Ponerse intencionadamente a ser lo que son. Ya lo son. Las cosas son lo que son sin más y sin nadie ni nada a su lado para explicarlas. No les hace falta ninguna guía o cicerone. Ya están hechas y siempre están haciéndose sin esfuerzo alguno y por su cuenta y riesgo.
Puedes suponer que hubiera alguna cosa menesterosa e incompleta a la que le fuera preciso, para asegurar su realidad, una explicación o una descripción. Estaríais entonces en un error. Porque ese modo de ser incompleto y valetudinario es su verdadero modo de ser. Y por tanto tan completo, tan íntegro y auténtico como el más entero de los modos de ser posibles.
¿Entonces, qué hacemos con las cosas y por qué nos apoyamos en ellas y decimos de ellas? Porque somos nosotros los que no tenemos seguridad ninguna de ser verdaderos si es que no decimos algo. Algo que somos nosotros, aunque hablemos de las cosas. El decir de las cosas, del mundo, pretende completarnos, asegurarnos, instalarnos en el mundo. Y por eso nos empeñamos en que nuestro decir convenza a quien lo lea, a quien lo escuche, queremos que haga en él un efecto, que se le quede dentro, que lo mime, que lo crea, que lo rece, que lo viva, que se haga parte de él. Que viva en él. Pretendemos hacer algo de nosotros diciendo. Queremos más. Nos empeñamos en decir que lo que decimos sea una parte del mundo y así nos instale entre las cosas, no como una cosa más (que es lo que somos) sino como la cosa por excelencia, la dueña, la cosa suprema: hombres que saben. Que ordenan el ser del mundo y de las cosas. Dueños.
¡Qué absurda pretensión! Todo nuestro decir se convierte en ruido en cuanto lo vocalizamos y las cosas siguen siendo las mismas, indiferentes a cualquier palabra o voz o línea escrita para ser leída. Discurren en su tranquilidad indiferente. Ni se inmutan.

(¡Me empeñaba, hace un rato, en retirar una franja de luz que se había depositado sobre mi zapato porque pensé que era un pedazo de plástico!)

Cajón de mesa escritorio

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