Una carta, surtidores de un Parque…

¿Te llegó la carta aquella (seguramente ilegible) que borroneé sentado en un gélido banco de la Rosaleda vallisoletana, mientras contemplaba el discurrir de los insectos y apretaba un zapatito de niño cobijado en el bolsillo derecho de mi zamarra marrón? ¿Te llegó la carta aquella que te envié desde la Rosaleda misma, y cuando quizá ya no estuvieras ni en el Colegio ni en la ciudad? ¿Te llegó aquella carta demenciada, amigo Agustín? Después supe que no hacía tanto que habías publicado unos versos sobre esa gente que se sentaba «en los bancos de un parque» pretendiendo concretar su localización exacta en el Cosmos o en la Existencia. Y si recibiste la carta, si la llegaste a recibir, te llamaría la atención el detalle de que fuera aquel compañero colegial y alumno tuyo quien, sentado en un banco del tan florido Parque de la Rosaleda, te inquiría epistolarmente. Me temo que aquella carta se perdiera o que para entonces ya no estuvieras en el Colegio ni en la ciudad para recibirla, o que, si la recibiste, si la hubieras recibido, tu sentido del humor, tu sorna característica, te habrían permitido perdonarme aquellas letras desgarbadas e ilegibles de tan torpes y la ausencia absoluta en ellas del menor sentido de la realidad.
Hoy te recuerdo y vuelvo a ver las escenas de las noches del Colegio cuando aparecíamos en tu cuarto para escuchar las emisiones de Radio París sobre el Proceso de Burgos o admirábamos estupefactos -cosa de romper la severidad del momento- tu insuperable maestría en el uso versallesco de las glándulas salivares para remedar con destreza suprema el elegante jet d’eau de Fontainebleau.

Agustín Delgado

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4 comentarios en “Una carta, surtidores de un Parque…

  1. José Miguel Ullán (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944-2009)

    AL ABRIGO del viento sólo hay muerte
    todo vuela viajero pez o espada
    nada decae brote o flor te engañas
    el cuerpo cae pero dueño empero
    de otro saber

    caer caer
    no reo
    de alguna nube levadiza tala
    escritura y razón
    oh red
    ondean esculturas
    salta al cielo
    para caer
    caer en otro amor y pende
    ángel del hilo del olvido que
    al abrigo del viento sólo hay muerte

    José Miguel Ullán, «El jardín de Damasco», en «Manchas nombradas»[1976-1977], Ondulaciones. Poesía reunida (1968-2007), pág. 573.

    Agustín Delgado (Rioseco de Tapia, León, 1941-2012)

    De tu pecho de mudo has de brotar el sí,
    Ahogar vacuo terror, forzar tu caja débil.
    Cualquier esquirla sangüe de hueso malherido
    Precisa de atención doble más que tu áster.

    Entre el ir y venir del azul de las nubes,
    Flotar de mota en el vacío. Y qué.
    ¿Quién no se dará entero a una fe de la vida,
    echar para adelante vago ánimo blando?

    Monosílabo más, violentas la memoria,
    La ciénaga hervorosa lanceolada.
    Grande filo de fuerza deriva de tu soplo,
    Tañido que convoca al arjé.

    Acto de fe letal ese tú y él, fundidos
    En esta estrofa al fin, en unísono celo.
    En intentarlo está toda la gloria.
    Al rebaño el cordero resilió. Regnat vivus.

    Agustín Delgado, «Depressio et Bellum III», en «¿Y?» [1997-2007], Espíritu Áspero. Poesía Reunida (1965-2007), pág. 515.

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    1. «¡Qué don de profecía! Antes de conocerme y recibir mi carta ya estabas hablando de mi caso…» le digo a Agustín Delgado en una llamada telefónica (que pudo ser) para invitarle a las Jornadas de Poesía en Logroño de 2005 (la llamada tiene lugar una noche de enero-febrero del mismo año). Hablamos de todo un poco, de Valladolid, de amigos comunes… y de la carta: «Sí, la recibí y me hizo mucha gracia… Algo dije en un verso de Espíritu Áspero, el libro que escribí en aquel Colegio estrambótico y que publiqué en Burgos el 74; ya te lo mandaré. En el poema II dice: «Con carcajada seca de labios de pergamino/leyó la carta y la arrojó a la atmósfera». Me responde que sí, que vendrá encantado a las Jornadas, que le presente yo mismo y que si puede traer también a Esther, su esposa. Le digo que claro, por supuesto, y que estoy impaciente de volver a verlo y abrazarle. «¿Te acuerdas -acabo- de cuando hacías de surtidor y propulsabas tu jet d’eau hacia el cielo mientras sonaba por aquella radio de París lo del Proceso de Burgos?»

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