Vuelos de la mirada

Estoy al borde, voy cayendo ya
por la ventana: soy el volador
que se apoya en los ángulos difíciles
de los enormes bloques, de los grandes
monumentos urbanos de la city
norteña y española que habitan
los hijos naturales de Logroño.
Estoy en el extremo de mi casa, y
miro por la ventana,
veo cómo las gentes celerosas
ajustan el andar a sus afanes
tempraneros: son ahora las ocho
en punto, cuando Aurora se desnuda
y despliega su manto ante los ojos,
-estupefactos, cándidos- de la población:
miradas pantanosas
entregadas al curso de las calles,
absortas en labores presupuestas.
Los ciudadanos saben ya la ruta,
ponen la marcha rápida con gesto
desabrido: no importa, saben ya
que el día se presenta desafiante,
que labores hercúleas les esperan
en puntos de trabajo predispuestos
a servir de palanca de su vida
laboral, entregada a los albures
de un destino ajustado a normativa:
al menos hay trabajo que llevarse
a las espaldas; cumple adoptar buena
cara frente a lo que hay:
difícil coyuntura
ésta de años torcidos de penurias
que estrangulan gargantas tosedoras,
que emputecen la vida de rencores
contra la situación.
¿Qué le vamos a hacer si no hay salida,
si ya nos han quitado la esperanza,
si no es posible ya saber si pasa
lo que pasa o es que hay uno interesado
en nuestra ruina o somos ya nosotros
culpables por sentir este dolor?
La gente va ocupando sus cubiles.
Recojo la mirada, me retiro,
dejo a las calles solas, desasidas:
el volador se vuelve a su morada
y cierra la ventana. Son las nueve.

amanecer-en-logrono-

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