Señales desde el suelo. Y 2 (encuentros)

Lo vio entre los coches del aparcamiento, junto al Hotel Imperial. En ese mismo instante dejaba de llover. Se acercó y, como aganchándose y grácilmente movido por algún ataque de ciática, lo recogió del suelo con el mayor disimulo que le fuera accesible, y lo deslizó hasta el fondo del amplio bolsillo de su trenca color crema desvaída con un gesto rápido y evitador de miradas indiscretas, propio del trato de un colgado con su camello. Durante el trayecto de allí a La Rosaleda, objeto del paseo iniciado en el Colegio, y al pasar por la plaza de San Benito, lo empezó a inspeccionar, con detenimiento y mirada lateral aprovechando la anchura notable del bolsillo: era un sucio zapatito de niño maltratado quizá por el tráfico de la plaza o por el uso y abuso de los pies que contuviera. ¿Por qué había recogido del suelo un objeto semejante y se lo había llevado al bolsillo de la trenca? Misterio.
zapato-de-bebé-viejo-
¿Por qué había cometido semejante acto absurdo? Recoger un zapato infantil desgastado y cochambroso es una estupidez inconfesable. ¿Por qué, pues? Caben múltiples hipótesis, desde la mágica a la religiosa, pero cualquiera que sea arriesga enfrentar el dicterio de suma tontería si se la examina con una atención mínima a los datos literales del acto en cuestión. ¿Es qué pretendía acaso elevar oraciones ante el exvoto del zapatito como un vehículo (ójema) procurador de ciertas atenciones hacia las potencias expendedoras de billetes de algún viaje de retorno (epistrofé) a la Feliz Edad, para la que el objeto estaba inicialmente concebido? En otras palabras, ¿quería de alguna manera -quizá horriblemente simbólica- volver a la infancia? ¿Era esta misma cualidad la que se le había hecho presente (epopteía) en aquel modelo de calzado como recordatorio de alguna clase de deuda para con la tal Edad y se le aparecía (fotismós) ahora para recordárselo (anámnesis)? Por otra parte, estaba también el detalle de que el zapatito se le apareciera precisamente a él y no a otro cualquiera y de algún modo le hubiera escogido quedándose allí a su paso con terca obstinación hasta que ambos objetos -el zapatito y él: sujeto y objeto ambos como objetos que colisionan- se cruzaran en aquel preciso instante en que había dejado de llover, que fue el escogido para mirar entonces hacia abajo mientras pasaba con dificultad por entre los coches del aparcamiento y lo vio (un entonces que borraba otros infinitos entonces como inválidos y se instauraba como tiempo único coronado de único privilegio también, el de poder ver un zapatito, de poder ver aquel zapatito concreto y sucio de niño vallisoletano o transeúnte).
Pero, volviendo a los anteriores porqués, lo que parecía intuirse allí era una situación absurda y es que por aquel entonces las situaciones absurdas (surrealistas), y cuantos más absurdas mejor (dadaístas), le entusiasmaban. Un zapatito sucio de niño valía infinitamente más (sobre todo si se le había aparecido cuando dejaba de llover y en medio de aquel revoltijo de coches mal aparcados), muchísimo más que el más interesante y mejor clasificado de los peces ciclóstomos de todo el universo mundo. ¡Viva el zapatito y mueran los peces ciclóstomos de los niños del Chuchi (se decía)! Sin embargo, seguía sin llegar a comprender cabalmente lo que pasaba con aquel zapatito, pero estaba contento de haberlo hallado, de la manera en que se había producido el encuentro, de la actitud desafiante adoptada frente a los convencionalismos: la que le había propulsado a endosárselo en el holgado bolsillo de la trenca amarillenta y raída pero cómoda que se había traído de su ciudad. Así que prosiguió su paseo hasta llegar a La Rosaleda.
La tarde se había calmado y las nubes iban y venían por el horizonte. Se sentó en uno de los bancos que hay junto a los parterres de flores y plantas y siguió pensando allí en el zapatito y su hermenéutica. ¿Sería acaso, y más bien, un aviso del tipo de los que dicen: «Deja de hacer el tonto y dedica tu atención a cosas de más sustancia (como los peces ciclóstomos): a Tucídides en el original griego para traducirlo, con todos sus verbos polirrizos, como enseña por las tardes el profesor Lérida; estudia los esquemas de la civilización sumeria y a los asirios, y la terminología arquitectónica del románico francés y sus variados botareles y discurre con soltura por entre las aulas y no malgastes el tiempo en todas estas delicuescencias de media tarde después de la lluvia musical y sus extraños encuentros (todavía no se había estrenado la película de Steven Spielberg sobre la tercera fase) que no vienen a cuento de nada y tan sólo te podrían desacreditar, sin aporte alguno de beneficio práctico, si, como acostumbras, se lo contaras a cualquiera. Y además, y en caso de necesitar contertulio, ya no tienes al Santi aquel que te escuchaba en el patio de los jesuitas tus variaciones sobre los relatos de Poe…?»
Entre las tablas del banco verde sobre el que había colocado sus posaderas (con cierto riesgo de humedades, pues todavía no se había secado la lluvia reciente) se podía ver el suelo. Y la mirada se le fue cayendo hacia abajo por entre las piedrillas. Al mirar con más interés distinguió un bicho (el que desde Linneo se clasifica como Pyrrhocoris Apterus, y más comúnmente la chinche roja de la malvas o también el zapatero o el San Antonio).
Pyrrhocoris
Era un cuchillo indio en miniatura, una pluma sioux vuelta cuchillo o daga romana ensangrentada a la perfección, deambulando por el suelo, bajo aquel banco de la Rosaleda.
¿Lo había visto antes? Seguramente y muchas veces. Pero no se había fijado en su belleza. Ahora lo hacía tardíamente. Tarde, tarde, pero lo hacía ahora en aquel día de lluvias recién escampado. Correteando por entre las piedrillas, celeroso por las prisas y tambaleante. Sacó la caja de cerillas, vació su contenido habitual y la puso en en la trayectoria del insecto para que habitara así su nueva casa. Aquella sangrienta daga de ojos negros fijos en su contemplador también se le había aparecido aquella tarde y sin más ni más bajo un banco de La Rosaleda.
Buen augurio. Sangre y ojos. Ojos en la sangre. Animación ambulante. Pero no hacían falta asociaciones formales. Era ese insecto reconocido. Eran todos los insectos amigos con aquel como su representante. Los magníficos y acorazados escarabajos. La intensa vivacidad de los colores de sus caparazones, disfrutados mucho antes, coleccionados a veces, transportados y envasados en cajas y frascos. Le hacían señas desde abajo. El verdadero camino baja. Allí era donde había que mirar. El zapato le había llevado a la infancia y uno de sus tesoros se dejaba ver como su confirmación. El pirrócoro, la chinche roja, la daga y la pluma india saludando.
Iba anocheciendo y ya refrescaba por aquellas orillas del Pisuerga. Habría que recogerse. El camino de vuelta no lo hizo por los mismos lugares que le llevaran hasta allí. Prefería ciertos barrios sombríos y de casas de fachadas desconchadas, con portales siempre sorprendentes: la zona miserable o pobre en general de la ciudad y que por entonces conservaba aún su carácter.
Eran sólo casas viejas, de paredes de cal desportillada, algunas denegridas y otras enseñando a trechos el fondo de ladrillos, el revoque de cemento terroso. Aquellas tardes, a última hora, con la puesta de sol, paseaba por allí, cuando quizá su desolación se mostraba más a las claras porque no había mucha gente circulando y la soledad absoluta, la distancia, el desapego que mostraban al viandante eran máximos: desnudas paredes rotas y alguna anciana que se escondía en un portal, el niño repentino (¿sería el dueño del zapatito?) que salía. Luz plácida, a veces plateada, blanca, gris, rara vez el dorado del sol afectaba a esas casas de vecinos de los barrios viejos.
De repente se vio en una plaza solitaria con un árbol escuálido en el centro. Ni tan siquiera se distinguían las abuelas que llevasen a sus nietos a pasear en el cochecito. Había unos cuantos bancos en los que nadie se sentaba. Se sentó en uno de ellos. Tenía ante sí un árbol o lo que aún se mantenía erguido de lo que en algún momento fuera un árbol. Sin hojas. Sólo algunas ramas delgadas que tomaban postura de figuras contorsionadas. No una, varias figuras que componían una variedad de contorsiones cuando se puso a rodear el árbol cuya escualidez iba tomando aquellas posturas diversas alrededor del tronco y elevando los brazos o bajándolos y señalando al suelo con una mano y al cielo con la otra; pero ni la mano del suelo ni la del cielo parecían convencidas del gesto y rezaban una oración deforme, de contorsionista que hubiera crecido así, y así se hubiera quedado para siempre. Estuvo un largo rato, con su zapatito de niño en el bolsillo de la trenca y el chinche rojo en la caja de cerillas del bolsillo contrario, contemplando aquella figura de maniquí torcido, derviche extático, rasca-cielos dirigiendo sus dedos larguísimos hacia direcciones impensadas, por allí y a la vez por aquí, no para allá ni tampoco para acá; en conclusión: para ninguna parte y para todas. Vete y quédate. Húndete y levántate. Mírame tiritando en esta plaza como un guardia de la circulación equivocado. Dirigiendo un tráfico inexistente. Llevando y trayendo sombras que ni siquiera se dibujaban a su lado, sombrío el patio aquel o plaza pobre. Discreto árbol que está tan desportillado que no pretende decir que es árbol. Poste señalador. Árbitro del paseo. Conciliador de fantasmas. «¿Qué me dice de lo que le llevo: del zapatito o del insecto? Podría quizá colgárselos de las ramas como exvotos. La chinche roja, con su cuchillo ocelado, podría aprovechar algún jugo de su tronco si aún le queda, esconderse por allí y encontrar su casa. ¿Desde dónde me he perdido para encontrarlos a los tres y no saber adónde se dirigen o por qué estaban allí antes de que los encontrase?» se iba diciendo, suspirante, mientras atravesaba la puerta del Colegio Santa Cruz, ya de vuelta.
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