Señales desde el suelo. 1 (Sala y paseo)

 (Valladolid, 1971)

Estaba escuchando música en el salón de actos del Colegio Mayor Santa Cruz de la ciudad del Pisuerga una tarde lluviosa del invierno del 71. Las notas de Brahms, de Vivaldi y algunos de los conciertos y sinfonías beethovenianos que salían de aquel viejo tocadiscos se le metían dentro mientras ocupaba la butaca roja junto a la cortina del mismo color en la primera fila del salón. A un lado, en la pared de enfrente, una «parade» de vallisoletanos de mediados del siglo XV, un artístico fresco del arqueólogo Wattenberg laboriosamente pintado años antes, se unían a él en un mismo encendimiento musical y todos a una, junto con el propio salón de actos, animado también y a manera de nave espacial, se elevaban y elevaban, con las consiguientes y muy probables molestias en el piso de arriba, donde el director, don Jesús, o mejor el Chuchi, estaba educando a sus hijos en la identificación y clasificación de los peces ciclóstomos. Había dejado su querido ejemplar del Fedro platónico con su cubierta también roja en la butaca de al lado, para que las ondas sonoras le atravesasen sin contemplaciones. Llovía y las oleadas de música se acompasaban con las oleadas del agua torrencial en las ventanas. Las luces parpadeaban. Y cuando ya el estado de saturación alcanzaba ese punto de no retorno, decidió salir a la calle en mitad de la tormenta, como en algún cuadro de Friedrich.
salon-de-actos
El aire se le enfrentaba oscuro por la lluvia, espeso de vahos húmedos, o quizá eran sus gafas empañadas las que colaboraban a la impresión. Todo era oscuro en aquel mundo de piedra gris y ambientes mortecinos, de cafeterías con señores delgadísimos de bigotito y trajes raídos pero bien llevados, de mendigos en las esquinas, tullidos sin pierna, con su muñón lacerante descubierto a la vindicta pública: los había por todas partes. Las calles supuraban estropicios humanos y rostros malencarados; a veces se dejaban escuchar risotadas tristes en viejos portales profundos, risas desgarradoras, como las de cierta boca de Munch reproducida con profusión por una multicopista vietnamita de panfletos. Había barbas como las de Marx de tipos con tabardo caqui y semblante amenazador que se ocultaban en tabernas de obreros (de los que fumaban cuarterón y bebían cazalla a todas horas). De vez en cuando se cruzaba con señoras tapadas con velos enormes que impedían la vista y que por ello seguramente iban acompañadas por otros señores también de bigotito que sufrían como calambres y las trataban con toda clase de ceremonias y miramientos. Seguía lloviendo con furiosos ramalazos que unas veces dejaban salir a la gente y otras la ocultaban, y eso le gustaba. Le hubiera apatecido, más bien, y en ese momento, algún fin del mundo, que eruptase lava como la del Vesubio (bueno, no, que aquello no era Pompeya y Valladolid no tenía volcán), pues entonces, si no, un buen terremoto que resquebrajase del todo aquella catedral que parecía cortada en su mitad por algún cuchillo gigante, o si no, una buena inundación (pero el Pisuerga era pequeño y no daba para grandes riadas o no como las que le hubieran apetecido). Pasó junto a la torre de La Antigua, el único edificio bello de la ciudad, allí esbelta, mirándole desde arriba, distante, y como si fuera inglesa, en su aloofness medieval, venida de otro mundo, diferente (en una taberna de las proximidades solía comprar vino de Rueda y en el ultramarinos salchichón en abundancia para fabricarse un bocadillo o pepito gigante con que saciar las privaciones colegiales -que no eran tales pero que él se inventaba para justificar el ágape los días que le llegaba giro de casa-). Llovía ahora con ganas y había menos gente por la calle. Qué bien, se dijo. Entró en el pasaje Gutiérrez con su cúpula de cristal y la copia en hierro del Hermes de Gianbolonia, tan gráciles. Dio varias vueltas a la rotonda central y contempló por enésima vez los cristales de la claraboya golpeados por la lluvia, como lavados y sumergidos. Por un momento se vio capitán Nemo en el Nautilus mirando las profundidades por otra claraboya. Salió a la calle y, cuando pretendía atravesar la Plaza Mayor para salir por el Imperial y San Benito hasta La Rosaleda, lo vio. [continuará]

Pasaje Gutiérrez

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