El negro bosque

Borneo Selva

Isolés dans l’amour ainsi qu’en un bois noir
Paul Verlaine

El bosque, el negro bosque, así lo llamaban en la región, por el efecto oscuro que producía desde lejos, en mitad de los campos de trigo y cebada; bosque de perímetro redondeado, tan compacto en su figura aislada, en aquel lugar inesperado, que nadie se explicaba cómo había surgido allí o quedado tan sólo aquel resto boscoso si el otro bosque supuesto, el más extenso y del que éste fuera el último resto, hubiera poblado toda la comarca. Quizá se tratara, supuse, de algún antiguo reducto de caza que los labradores del lugar no hubieran logrado arrancar al señor feudal de la zona ‒aquel marqués o sus antecesores en la propiedad‒. Los campos eran ahora del común del pueblo, menos quizá el bosque, durante mucho tiempo dominio de los señores. Ahora formaba parte de los terrenos municipales y por ello se hacía raro que no lo hubiesen talado ya para venderlo a las constructoras o aprovechado su madera, pues si así lo hubieran hecho, e incluso si repoblaran con nuevos árboles los ya cortados, no se vería semejante densidad arbórea como se veía ahora. Sería un bosque normal, un pequeño bosque de hayas y pinos ‒parece que sobre todo pinos‒ con alguna encina y robles en su centro; pero no aquella concentración de malezas y arbustos que rellenaba los espacios entre árboles tan próximos y que no facilitaba la entrada ni el recorrido, sino que los había impedido de tal manera que no sólo no se distinguían senderos en él para su trayecto sino que lo impedían casi por completo. Además, por los alrededores se había extendido cierta leyenda o bulo sobre caballeros perdidos y, más tarde, vecinos desaparecidos como destino aciago de todos lo que se hubieran atrevido a cruzarlo o penetrar en sus espesuras.
Aquella tarde, cuando llegué al pueblo y me di un paseo por la cercanías, allí lo vi en medio del campo de trigales sombríamente alzada su mole de árboles, sobrevolados por algunos pájaros que acudían desde lejos para anidar junto a un arroyo local, un pequeño riachuelo que lo atravesaba y cuyas aguas, tal se decía, eran más puras y benéficas para el regadío después de cruzarlo y llegar al siguiente pueblo que en el nuestro antes de hacerlo.
Tengo familia en el pueblo y aunque no nací en él suelo acudir en cuanto puedo, de vacaciones, o en las fiestas de verano. De niño no me atrevía a ir por allí (al bosque, me refiero) porque tenía miedo de todo lo que se contaba. Hacía como los demás: lo contemplaba desde lejos. Después me fui desinteresando de todo aquello: unas curiosidad más ‒pensaba‒. La verdad es que por entonces, en la adolescencia, cuando vivía ya en la capital y aunque solía volver al pueblo por temporadas con la familia, había perdido ya interés por bosques y árboles y la naturaleza en general. Los consideraba como “cosas del pueblo” que no podían competir con las otras, las cosas de la ciudad, mi nuevo ambiente y mis aficiones deportivas (el fútbol, el ordenador, los juegos electrónicos, lo que hace ahora un chico normal, pero que entonces todavía no se había universalizado a todos los sectores de la población). Aquello del pueblo quedaba lejano y limitado por mis nuevos gustos urbanos.
Hubo de pasar cierto tiempo, y ya en la universidad, para que fuera retornando con nuevos ojos al pueblo. Mi vida sentimental se había complicado: varias amistades femeninas intensas iniciadas en el ambiente de mis compañeros de facultad me habían devuelto a las fiestas del pueblo, a las que invitaba en ocasiones a los amigos…y a algunas amigas escogidas. Lo pasábamos bien y a veces lograba alguna conquista amparado en el nuevo ambiente ‒nuevo para ellos‒ del pueblo y sus múltiples atractivos festeros y verbeneros. Las fiestas del pueblo eran punto fuerte, pero tampoco entonces me sentí interesado en exceso por renovar mis contactos con el viejo y negro bosque. Lo veía cuando pasaba en el autobús por sus cercanías y algún amigo me preguntaba por aquel raro cúmulo de árboles allí arracimados en mitad de campos de secano. “Una curiosidad de nuestro pueblo”, les decía, sin más.

Habíamos salido del pueblo a dar nuestro paseo de enamorados. Uno de esos paseos en que se pretende lograr una atmósfera de intimidad lo bastante intensa como para facilitar acercamientos y pulsación de pieles (o, en su defecto, de telas y sus miembros notándose debajo) o ambas cosas e incluso palpación con hallazgos lo bastante operativos como para que las pieles bajo las telas se dejasen también palpar o se palpasen más que las telas al final del ritual de los besos y obtener así como comprobantes del progreso alcanzado abundante producción salivar y de otros jugos manifiestos en las sombras húmedas del pantalón (“creo que te has mojado un poco”). Elementos todos ellos en juego tras un ceremonial previo que incluía una larga serie de preámbulos y timideces, aproximaciones lánguidas hasta poder pasar a una segunda, o quizá tercera, fase más propincuas y adhesivas.
Nos hallábamos en esta segunda o tercera fase cuando divisamos el bosque. Su habitual negrura intimidatoria ahora nos atraía y ya no parecía tan negro según nos acercábamos. Los árboles en su conjunto mostraban un tono verde profundo agradable y movidos por una suave brisa de la media tarde parecían inclinarse gentil y cortésmente a nuestro paso, que recorría el perímetro en busca de una entrada practicable que no se dejaba encontrar. Fuimos aproximándonos para acabar distinguiendo (después de superar un foso de cierta altura que deslindaba el bosque de los campos de trigo y cebada, y que me obligó a hacer alarde de mi capacidad saltarina y a operar sutilmente con mi compañera para ayudarla) una pequeña abertura al fin, una puerta mínima entre la maleza y los primeros troncos.
Íbamos por entre las zarzas de aquella lujuriante maleza y sus ramajes y zarcillos se adherían a nosotros insistentes mientras caminábamos. Al principio nos dolían los arañazos y las heridas de sus púas y espinas y las de ciertos morales silvestres de los que colgaban como tentáculos, y que exhibían ‒según notamos, una vez acostumbrados a tales molestias- frutos maduros de sorprendente tamaño, gigantes para nuestro aprecio, más allá de todo lo que una mora normal pudiera dar de sí a una mirada inexperta (sería alguna variedad asilvestrada, fruto de antiguas plantaciones exóticas: moras chinas, quizá, barrunté). Daba la impresión de que aquellos árboles tan juntos ‒quizá pinos, aunque había también robles y algún haya‒ favorecieran de alguna manera su crecimiento: los morales abundaban e invitaban a la degustación, de la que no nos privamos en un recorrido el nuestro dificultado por la proximidad de los árboles, unos junto a los otros, sin dejar casi espacio para el tránsito, constantemente entorpecido por las malezas y setos de todo tipo y la notable condición hostil de sus púas y espinosidades apreciables en sus cortantes filos. El sendero era muy estrecho y casi ni existía y el bosque se cerraba a nuestro paso hasta un momento en que notábamos cierto resquicio de prolongación. Una inesperada humedad (era una zona de ardiente secano y estábamos en agosto) se notaba cada vez más pegajosa en proporción a nuestra andadura ahora acompañada de los chirridos de los insectos (serían grillos o cigarras o ambos), el tronar de las libélulas ‒enormes según el rugir de sus motores‒, el croar de las ranas y una sobrevenida e inundadora lluvia de anfibios y reptiles como sapos y ciertas culebras particulares del tamaño de anacondas tranquilas y lentas. Una inusitada salamandra descomunal de tipo oceánico antiguo, con la apariencia de un varano blando, nos había ido acompañando, discreta pero insistente, casi desde un principio con la boca abierta a intervalos como si quisiera romper a cantar. Aquel croar de ranas, sapos, nube de libélulas trepidantes y salamandras gigantescas vigilaba nuestros pasos ¿o los protegía y nos estaba escoltando? No podría asegurarlo, pero nos trasladaba una sensación de vida animal espesa, densísima y a la par tan expectante… ¿Nos habían estado esperando para escoltarnos, para ampararnos en aquel difícil trayecto?
Semejante zumbar de vida anfibia y reptiliana fue aminorando según nos aproximábamos al centro conjeturable del bosque y fue entonces cuando nos topamos con un prado, un claro repentino en mitad de las mismas malezas: un prado impecable, como de rye grass, y en su mismo centro un pozo azul o que, al acercarnos, así se veía por la oscuridad que tomaba el verde habitual de las aguas de aquel arroyo o riachuelo enano que cruzaba el boscaje ‒el mismo que pasaba por el pueblo‒ y al que los árboles rodeaban formando círculo.
Era un prado sencillo junto al arroyo que, al pasar por aquel paraje, se ensanchaba lo bastante como para formar una poza o minúsculo lago de aguas azulinas y, por el color, profundas. Más tarde supimos que aquellas aguas azules comunicaban con un manantial subterráneo que, gracias a cierto fenómeno de oquedades geológicas caprichosas, dotaba a la poza de una notable profundidad y le añadía unas aguas de un origen diverso al fluvial, casi siempre de aguas escasas y no demasiado limpias, a que el arroyo venía acostumbrado hasta aquel lugar y como es corriente.
Metimos las manos y notamos una tibieza en el agua que contrastaba con la frialdad habitual del arroyo que procedía de montes nevados cuando traía caudal. Aquello incitaba al baño. Como no había nadie por allí, a excepción de nosotros, para fisgonear nuestro chapuzón ni era verosímil que alguien nos hubiese seguido, nos desnudamos y probamos golosamente aguas tan cálidas como invitadoras.
Una laxitud, un desmadeje de miembros, como el que favorece un buen baño de bañera, una chocante enervación, se adueñó de nuestros cuerpos. Nadamos e incluso buceamos un buen rato aprovechando el notable placer que nos producía el mero hecho de que estuviéramos metidos allí, en la poza, contemplando el cielo. No podíamos calcular hasta dónde alcanzara su profundidad, en nuestras inmersiones; la poza no era muy ancha y mediría lo que una piscina de chalé, unos diez metros: unas pocas brazadas eran bastante para cruzarla. Pasamos así un rato largo, entre brazadas, retozos múltiples y tentativas buceadoras en busca de algún límite a sus honduras, lo que no nos había sido posible concretar sin el peligro de habernos quedado dentro para siempre. Nos dimos cuenta entonces de que la noche se acercaba y no habíamos calculado la hora que era. Habíamos perdido conciencia del tiempo y suponíamos que no llevaríamos más de cinco minutos allí cuando debían de haber pasado varias horas.
Dulcemente cansados y a la vez poseídos de una encantadora inquietud, y en espera de ulteriores novedades, dejamos el agua para tumbarnos en aquel prado deleitable y mullido. Fue inmediata la sensación de vernos imbuidos de una fuerza desconocida que se iba extendiendo por miembros y órganos en correspondencia con la atracción que todos ellos estaban sintiendo hacia sus correspondientes en el sexo opuesto, como si las baterías interiores se hubieran llenado de una electricidad fluida después del baño azul. Sin saber cómo nos hallamos abrazados: los cuerpos desnudos y húmedos se nos habían trabado en un abrazo inevitable y necesario. La belleza absoluta clavaba el instante, detenía el tiempo, y nos poseía y nos invitaba a hacer del abrazo unión férrea y de los cuerpos lianas inseparables. Me hundí hasta el fondo en ella, casi sin notarlo y ella me replicó abriendo su abismo sin fondo. Insistíamos ansiosos en aquella unión tenaz de miembros, dando y recibiendo, subiendo y bajando, verticales y horizontales, brazos y piernas y todos los miembros móviles en vaivén de inevitable y precisa maquinaria. Estuvimos así largo rato, imantados, suaves y tenues a la par que invitadores y receptivos. Fuimos un solo cuerpo rítmico y balanceante, reiterador del abrazo y la atracción fricativa. Con todo cuanto pudiera unirnos, nos enfundábamos el uno en el otro como para crear algún tercero, un tertium quid, un nuevo ser que nos anduviera pidiendo nacimiento instantáneo tras de aquel encuentro casi vegetal.
Cuando quisimos darnos cuenta ya era noche cerrada. ¿Cómo volver entonces sin medio de orientación alguno? Mejor quedarnos reiterando una vez y otra la escena ya descrita hasta que por fin se nos hizo de día.
Por suerte habíamos avisado en nuestros hogares de que no era imprescindible que se nos esperase a cenar porque era casi seguro que pasaríamos la noche en la casa de unos amigos donde escucharíamos música y prolongaríamos una charla interminable, como es lo habitual en estos casos. Así que nadie preguntó por nosotros.
Al día siguiente, tras despertar y vestirnos en silencio, volvimos por los mismos pasos de la tarde anterior con la sensación de irrealidad del que ha sufrido un trance, una fiebre, y de que todo no hubiera sido más que un sueño. Se nos antojaba imposible lo que habíamos vivido en aquel bosque. Nos sentíamos inexplicablemente consagrados por nuevo sacramento, unidos por una experiencia compartida y de la que no tuviéramos precedentes. ¿Qué es lo que nos había pasado? ¿Fue el baño en el pozo azul el culpable? ¿Es que algo en sus aguas nos había arrastrado a realizar aquella locura durante una larga noche de amour fou, de furiosa unión física casi aniquiladora? Recordábamos cierta película japonesa que habíamos visto juntos y que mostraba situaciones equiparables y de la que ya habíamos hecho comentarios jocosos y descreídos en ocasiones, pero aquella unión hasta confundirnos en semejante abrazo interminable no tenía equivalente. Aquella noche no se podía igualar a las otras de entusiasmo amatorio desenfrenado, ni por el hecho de que el bosque nos hubiera arrastrado hacia semejante paroxismo ni por aquel baño reconstituyente y medicinal que, en aguas quizá termales o de un termalismo aún no estudiado por la ciencia, nos había dotado de ímpetus y fuerzas incomprensibles e inauditas. Algo más debía de haber en todo aquello y que nosotros no éramos capaces de adivinar ni de precisar en sus causas, pero sí de sentir como irreprimible anhelo de continuación. A los dos nos sobrepasaba la experiencia y sólo sabíamos que queríamos repetirla, regresar infinitas veces y volver a vivir una exaltación semejante. Habíamos estado unidos, ambos el uno al otro, pero a la vez nos vimos transformados y vinculados hacia algo más, pero ¿hacia qué?: ¿era al bosque?, ¿al pozo azul? ¿A qué?

Bae, Bien-U, Korea. Pinos1

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Volvimos una segunda, una tercera vez, y siempre que pudiéramos ocultarlo para no despertar sospechas por aquella clase de actividades conjuntas y anómalas. Aquello era lo nuestro, no podíamos abandonarlo, perderlo, ni menos comunicárselo a otros. Era nuestro tesoro personal, el que nos constituía como lo que ya éramos a partir de aquel momento. Dos en uno. ¿O dos en tres?
¿Qué nos había hecho ser desde entonces los amantes del bosque? No nos importaba demasiado saberlo; sólo queríamos mantenerlo en secreto: para nosotros y para nadie más porque vivíamos de ello. Si nos acostábamos en cualquier otro lugar que no fuera el bosque nada de lo vivido allí se repetía. Era entonces un amor degradado y fácil, convencional. Sólo cuando podíamos volver a entrar en aquel bosque, habitábamos otro género de placer que era algo más que placer. Ya no queríamos vivir sino en el bosque. Resultaba difícil hallar ocasiones favorables para que nuestras visitas al lugar no despertasen sospechas y las enmascarábamos con múltiples excusas para no facilitar pistas a nadie sobre nuestras verdaderas intenciones. Cualquier subterfugio explicativo, mal planteado, daría lugar a inquisitorias y preguntas de complicada respuesta. No podíamos dejar resquicio alguno.
Con todo, la extrañeza por nuestras escapadas se fue difundiendo entre los amigos. Algo hacíamos juntos fuera de lo normal. Se nos veía como trastornados cuando regresábamos al grupo y procurábamos disimilar lo indisimulable. Una alegría nueva nos poseía y era algo cada vez más evidente por ser cada vez más persistente. Estábamos “cogidos” el uno del otro y nadie dejaba de notar que las noches que pasábamos lejos del pueblo tenían que ver con nuestro estado “distinto”(“¿Qué hacéis por ahí?”, “¿adónde vais?”, “¿qué os pasa?” “Es que os lo pasáis tan bien que venís transformados” “¿Cómo es eso?”, nos decían algunos con sorna y una descarada intención de acechar el secreto. “¿es que os vais a alguna fiesta con “extras”, alguna fiesta especial para vosotros dos solos?”). Respondíamos con evasivas, pero volvíamos. Una vez y otra. Ya no podíamos dejar de volver y volver al bosque. Más que nuestra relación sentimental, podía en nosotros, en nuestra nueva alma única, el bosque como el responsable de haberlo provocado, alimentado y contenido. Éramos los dos y lo que el bosque hacía de nosotros dos y lo que hacía era algo más que nosotros dos y que a la vez nos distinguía en nuestro amor como diferentes a otros. ¿Cómo dejarlo? ¿Cómo atrevernos a volver a ser unos novios, una pareja más de enamorados?
El bosque se había apoderado de nosotros para siempre.

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Bae, Bien-U, Korea. Pinos2

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