Fantasma

como fantasmas de mediodía

Gerardo Deniz

sundry patches of the macrocosmos

E.P.

Su aparición no admite leyes y se produce sin previo aviso y quizá tan sólo sea un amago confuso de las cosas, un cierto gesto que no tendrá continuidad. Exige condiciones de manera perentoria: una soledad absoluta en su contemplador, ausencia de testigos molestos y no invitados; incluso de expectativas, más aún, del más mínimo deseo ocasional en el contemplador. Nada ni nadie que la espere. Si algo o alguien la espera, desaparece para no volver. Es la misma condición de lo inusitado en las ninfas: su borrosidad, su fantasmagoría. Se acerca sin saberlo ella misma, se deja llegar. Algo la atrae en el agua de lo viviente sin haberlo pedido ni necesitado. Es posible que alcance a desvincularse del sujeto real que la ha provocado o invocado inconscientemente o que haya creído que llamaba a otro y ella era la convocada. A veces se escapa de algún cuerpo real viviente y se deja llevar por el viento de las carencias sentidas en lo que sobrepasa nuestra personalidad. Tiene momentos favorables de aparición, que se notan en la extrañeza ocasional vivida en la cosas, en nuestro mundo a mano. Cuando éste se nos revela más extraño que lo que suele, ya estamos en condiciones de recibirla. Es la recepción de algo que faltaba. No es una visita de cortesía. Es posible además que el sujeto real del que se desprende voluntariamente no quisiera acudir, y por eso mismo lo hace su fantasma. Nunca se la debe recibir con sorpresa o una sensación de maravilla porque esas actitudes vulgares la asustarían y de inmediato se vería rechazada por el prosaísmo y rusticidad del mundo. No. Debemos aceptarla como algo natural, un objeto más de entre las cosas, y convivir con ella sólo unos instantes. Sólo unos momentos porque siempre es fugaz su visita. La ves y no la ves. Podrías haber concertado una cita con ella, una cita en sueños, como cuando en sueños algún objeto inexistente, pero muy apreciado, desaparece o te lo roban. Su aparición entre los sucesos cotidianos se añade a ellos como un dato más, que, si fuera puesto en duda, desaparecería ipso facto. Bebe de las aguas de lo impensado, de lo irreal. En cuanto toleramos mojarnos en ellas, empieza a encontrar sitio. Esos ríos de las ninfas son los que nos ponemos en la mente cuando damos a las cosas la libertad de acogida, las vamos humedeciendo hasta que ríos, lagos, orillas de mares que nos llevan y nos mueven, conmueven lo inmóvil y lo hacen flotar; cuando todo flota, ella también se encuentra cómoda en las calles y las plazas que le hemos dispuesto para que pasee y nosotros así podamos pasear por ellas. Dejarse vencer por la sensación de imposibilidad es negarle la existencia. Y se muere. En un segundo. La duda la mata. Sólo una fe involuntaria, no querida, sólo sida, dejada ser, le da el aliento que le hace falta para seguir viva a nuestro lado.

Si la ves, compañero, no la mires demasiado intensamente, no la desees demasiado porque es ella la que sin parecerlo ya te está contemplando y te desea. Cógela de la mano, suavemente, y tan sólo mírala un instante y dile que te acompañe por favor el magro lapso de vida que su presencia te inventa al mostrarse y te hace por un momento el fiel escudero de la dama soñada.

Perugino, Maddalena01

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