¿Por qué aquella infancia…?

¿Por qué aquella infancia vuelve siempre con fuerza? ¿Por qué las escenas parecen de ayer, inmediatas, con los colores nítidos, la atmósfera, la niebla brillante que envuelve sus destellos más nimios, por qué está tan cerca, tan querida, tan inexquivable?
Los renacuajos, las ranas, las lagartijas, los charcos, las orillas fangosas del río, amenazantes al principio, cuando te acercabas como aprendiz, turbado por el chirrido de las alas de la libélula, la araña sorprendente en mitad de los juncos, los zapateros saltando bailarines en un agua que ni tocan; algunos peces pequeños y furtivos que se atreven a rozarte los pies (pequeños barbos, negrises los llamaban en Medina de Pomar), las tijeretas surgidas de entre la tierra húmeda de las malezas, ciempiés, milpiés, escolopendra, oruga, grandes gusanos largos como cordeles extraídos de sus agujeros húmedos.
La lagartija que pierde su cola fácilmente en la maniobra de enfrascado (los frascos de cristal o las latas que llevábamos, mi primo y yo, para el traslado). No llegué nunca a ver ‒excepto fugazmente y una sola vez‒ un lagarto lo bastante de cerca como para que la palabra “lagarto” tuviera sentido. Sí que había unas lagartijas grandes que hasta mordían en defensa de su independencia.
Los pájaros del bosque, gordos, grandes pájaros (grandes para tu sistema de medida) multicolores y de pico grueso que mataste aquella vez con la carabina de aire y cayó en el seto y no lo encontrabas.
La comadreja, víctima igualmente de un disparo, o de varios con que la remataste, y trasladaste su cuerpo como un trofeo, la comadreja de boca raguñada.
¡Qué instinto de apoderamiento, de tocamiento y de posesión, destripamiento, asesino, criminal buscador y destructor de bichos, cazarranas, matarrenacuajos, gusanoricida, salamandrotóctono. La salamandra, ella tan extraña, o el tritón, su especie de marido, con aquellas branquias o barbas que le salían de las orejas.
Todos muertos o en cajas de cartón, donde los metías para su comodidad, y no te duraban vivos ni dos días. Deslizantes, grasientos, retorcidos, esquivos de tus dedos ansiosos que los buscaban, los perseguían debajo de las piedras y entre el barro, el de los charcos del río y los charcos de la lluvia, en los caminos, donde hasta a veces encontrabas ranas pequeñas o renacuajos llevados por la nube o la tormenta. Los días lluviosos y oscuros, junto al río, con la caña y el cordel de hilo de coser, atado a un alfiler doblado, y cuando pescabas algún negrís o pececillo rancio y brillante y culebreante y te lo llevabas a casa para que tu madre lo friera.
Ese ansia de poseer al animal vivaz y libre y accesible y bello, que se retuerce entre las manos, que pierde su cola de lagartija, que pierde su tripa de renacuajo, el pájaro con el balín atravesado en el plumón mojado de sangre, la araña aplastada. No viste a la serpiente, excepto ya tarde y mayor, cuando ya no había deseo de captura; la viste un instante cruzar rápida el arroyo.

Orillas del Ebro
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