Paseo vespertino

En las tardes que pesan como pesa el grueso de la carne endurecida al aire libre; cuando, por el calor o la negrura de las calles sofocantes, atraviesas las aceras, pasas a la de enfrente y te dejas llevar por ese mismo ritmo de los serios y ensimismados viandantes, y vas tú también al compás y ocupas igualmente ese sitio que la fila inmensa de la soñolienta muchedumbre te presta para que lo uses como debe todo ente responsable.

Tú, que vas a tu aire, que te ayudas del calor de la tarde, y te apoyas también en el vaho que se eleva desde abajo, desde los pies arrastrados que patinan si es que encuentran en el piso de la acera una superficie tolerable.

¡Y qué cansino esto del andar despacio por las calles todas esas tardes de un sitio al otro, por encargo de algún deber anónimo e inevitable, sin más ni más que andar, que ir de aquí para allá, ocupando algún lugar, ese hueco, una labor urgente, un recado, pasos lentos, la bolsa, los alimentos pendientes de la jornada y unos ojos que se entregan tontamente a quien les pida su parte reasignable!

Vas y miras y ves que van y vienen, tan secretos como tú, sin más ni más, como siempre, en busca de ese algo más de aire, ese aire que en tan contadas ocasiones se te vuelve respirable.

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