Dentro

Cuando las zarzas disponían sus filos en defensa de su propia dureza intocable y la mano se entrelazaba con la humedad hiriente de las hierbas y la tierra disponía en contra todos sus obstáculos, que recorrían la gama entera de lo blando (aguas, barro) y de lo duro (ensortijadas y laberínticas serpientes puntiagudas), entrar dentro del seto, ocupar aquella casa oculta, era un ejercicio de profanación.
Pero al fin lograbas meterte hasta dentro, y se dejaba atrás la frontera y podías habitar el silencio de la hoja brillante, la hoja barnizada de luz, la calma luminosa de la estancia, hasta que el propio lugar invertía su actitud y la hostilidad primera se iba transformando en un ansia de dominio, de posesión del intruso que, ahora ya podía asegurarse, era alimento preparado, condimentado para una lenta asimilación.

(de un cuaderno; de los 90, conjeturo)

Zarzas

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