Basuras

Quieres volver a la basura, a la de entonces, la mugre de piedras que había cerca del campo de fútbol, en el patio del colegio; antes, ya en las basuras del Ebro chico, al bajar las escaleras del puente de hierro, hubo algo parecido…pero ¿era la misma clase de basura? No. Habría entonces que distinguir entre un desmonte previo a la construcción de los ensanches de las instalaciones deportivas del colegio, abarrotados de piedras sueltas y sustratos geológicos y donde podías dar con la maravilla pétrea en persona, o la basura tradicional y marrana y maloliente de las tres de la tarde, con latas, restos de tela de ropa rotosa y maderas, con sus ratas bien gordas a las que pretendíamos matar con los tiragomas tradicionales de madera. Ambos conjuntos tenían algo en común: ese caos urbano de los desechos y de las obras, las reconstrucciones con su mucho trasiego de materiales pétreos en un caso, y las montañas de polvorientas rajas mordisqueadas de melón o sandía, sillas de relleno reventado, cajas húmedas y vomitorias de restos de alimento acumulado y en putrefacción. Pero vayamos por orden, y empecemos por los desmontes del colegio y su función casi terapéutica…

(Aquí encima, entre la basura imperante y magnífica, la reina de las colinas y los vertederos, sangrada sangre oscura curtiendo las esquinas dobladas de los cuartos y los armarios inmensamente inmóviles. Todo pesa, todo aguanta hasta el derrumbe. Los restos van quedando arrumbados de su lugar provisional y se esconden, se van ocultando de la vista de todos los días, sobran como testimonios dañinos. Aquí sobran las latas de espárragos infinitamente acumulados y comidos en bandejas, latas elaboradamente paseadas por la mesa como fila blanca interminable, las dentaduras deterioradas, los labios cuarteados, van quedando fuera, en un lugar sobrante. La nada cotidiana deja caer menos restos identificables cada vez, diversificables, distinguibles como únicos. No hay reguero o permanencia en la memoria. La memoria, ya gastada de operar con la basura y clasificarla, establece categorías, grupos, parcelitas de realidad…)

Es algo triste visitar ahora el viejo vertedero donde cazábamos ratas y lagartijas y nos atrevíamos a buscar alguna joya escondida, las joyas escondidas de la antigua basura de las ratas y los desechos.

(Cuando llegan a secarse las cosas, parece desaparecer la vieja riqueza manchada y obscena y oscura y relampagueante de reflejos irisados y fosforescentes mientras pudre. La podredumbre hirviente que vivimos entonces con anhelo. Pero ya está. Todo impecable: las hirsutas cerdas que rascaban al paso de la mano han sido afeitadas).

Entonces ibas buscando trozos de algo, pequeños restos de cajas de madera carcomidos y aún útiles. Te subías a clase con peligro algún pedazo de loza antigua, como si hubieras encontrado maná —recuerda el dibujo genial de Shanti Zubía cuando te pintaba para ludibrio público con aquel trozo de piedra absurda en la mano como el coleccionista de las basuras del colegio—. Mientras que ahora veo el lugar cuando viajo a la ciudad y paso por la acera de enfrente, y lo ocupa una vulgar cancha de balonmano y otras obras de cerramiento hermético y metálico del recinto colegial, de lo que por aquel entonces era un precioso basurero, terreno desmontado y pedregoso, con sus tripas fuera y en situación de obra permanente.
Mi relación con los basureros, tan incitante, tan íntima, tan solitariamente lírica, y tan conscientemente absurda y desesperada. No había otra manera accesible de manifestar el rechazo a lo que nos rodeaba por allí, la repulsión de los curas aquellos de brillosas sotanas, de los compañeros de jerséis y medias deportivas distinguidas y que no paraban de salir a jugar al fútbol, o a jugar al escalextric. Deprimente mundo escogido. Ni tan siquiera con tu compañero Shanti a quien leíste dramatizados El corazón delator y El extraño caso del señor Valdemar, entre otros cuentos de Poe. Ni siquiera él pasó mucho más allá del ofrecimiento de una atención desganada y distantemente curiosa. Entonces te echabas a buscar por los desmontes o, si no, te metías por los recovecos de la casa principal. En aquellos pasillos interminables y llenos de cestones de ropa 
sucia de cama, o así los recuerdas, de aquella tarde en que apareció por vez primera un aparato de televisión en el salón de alumnos (era una especie de club al que te habían apuntado sin demasiado convencimiento por tu parte). Tan desesperada soberbia y soledad dieron de sí basuras, cuarzos ocasionales, algún pedernal aislado y aquella magnífica cueva de las maravillas que no pudiste o supiste traerte a casa; la cueva fantástica de las joyas infinitas, de las piedras preciosas nacidas en la misma roca, que ya habías contemplado en las películas Viaje al centro de la tierra y Las minas del rey Salomón. La cueva mágica, el reino oculto en lo más perdido del basurero: mica, cristales de cuarzo, rojo cinabrio y azules imponderables. Carecías de un libro mediano de ciencias naturales (aquel de Fernando Esteve Chueca en edit. Marfil lo cursarías en 5º, mucho después) con el que comprobar la identidad de las piedras que formaban el interior de la cueva.

Estar en otra parte. Ese fue desde entonces el principio moral. Se trataba de no habitar el mismo mundo. El desmonte de las piedras y los nidos de hormigas (como aquel gigantesco que deshicimos para encontrar los huevos y a su reina) hacían de frontera, de separación radical. Pocos obedecíamos aquel ukase sanitario de radical cuarentena y repulsa de las formalidades generales. Creo que tuve tan solo una compañía de la que fuera algo consciente: sólo «el almirante», quiero decir aquel alumno del que se hacía notar su brillantez matemática y académica, y que adoptó el hábito de investirse del personaje de «Almirante Nelson» (no el de Trafalgar, sino otro almirante Nelson, el comandante de la nave submarina Seaview que por entonces era protagonista de una serie de éxito popular televisivo). El «almirante Nelson» con gesto poderoso solía destacar entre aquellos malditos (entre ellos me cuento) separados del alumnado común porque a él se le consideraba directamente loco. Era compañero de clase de mi primo.

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Un comentario en “Basuras

  1. Cito como pasaje paralelo un fragmento de una curiosa publicación logroñesa que amplía el contexto de la entrada anterior:

    «6. EL RECUERDO para Eguren es una masa amorfa de sensaciones, de tactos, de olores. A veces intenta recuperar el viejo hilo que los unía y casi nunca sabe bien dónde se le ha perdido. Pero cualquier viento, una señal absurda, el vaho en los cristales, pueden servirle inopinadamente de guía, de inusitado disparadero para iniciar un vuelo de reconocimiento sin garantía alguna, al que se arroja como un suicida en el desespero. Entonces es cuando escribe:

    VERTEDERO DEL EBRO

    “.. .pace tua, Pere.”

    Tiene la soledad sus hábitos
    y la contemplación objetos de la mirada.
    Cuando buscas un fin a la tarea
    de huir más allá, mucho más lejos,
    intacto al poder de las costumbres
    del tedio natural, te encuentras solo
    con las cosas, de nuevo situadas
    en el mismo lugar que las dejaste.
    Algo, no obstante, sí que ha cambiado
    en ellas, tan de siempre acostumbradas
    al tangible regusto de tus ojos:
    un aire nuevo dora sus esquinas,
    una fulguración desusada, limpiamente
    erguido el blanco suave de su masa,
    te invita a entrar, te llama con la mano.

    El nuevo olor de un ámbito estrenado
    sugería la puerta del recinto
    como imposible pared a los extraños.
    La Fábrica de Colas anunciaba
    la presencia del perro y sus cabezas:
    tapar los orificios como Ulises
    era entonces la única estrategia
    para atravesar la puerta del Infierno.
    Salir a un nuevo cielo y encontrarte
    a un gitano cortés y pequeñito
    que sonreía jugando con un gato
    era buena señal, era el camino.
    Entonces las riquezas se ofrecían
    en inmenso espectáculo a la vista:
    una montaña ingente de basura
    diversidad de rayo a la mirada,
    por cada objeto útil a la mano,
    de un ojo táctil presa doble hacía
    como si —considerando los diversos elementos
    del reino natural— trazara un orbe
    ínsito en esa esfera que lo circunscribía
    y, uno a uno, cada ser presente fuera
    repentino fulgor de un dios oculto.»

    Francisco Ibernia, Los poemas de Eguren, Cuadernos de la selva profunda, AMG editor, Logroño, 1999, págs. 27-29.

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