Noches que vuelven

Volver a escuchar la ronda de los cantores de la calle cuando golpeaban el suelo con el bastón y canturrean su oración lenta para que la oigan todos desde casa: las señoras cada una desde su escalera, saliendo a la puerta, bajando algunas a la calle o desde el portal, y salen a escuchar con la puerta entornada o dejan bajo la lluvia una hoja de la ventana sin cerrar para que el canto entre en la casa y entonces todo calla, todo se apaga, la luz, las voces que había, todas se van acallando, dejándose llevar por ese tono único que ocupa la calle estrecha. Alguna baja para dar un aguinaldo, o les llevan algo de beber o de comida, unos vasos de vino mientras repiten el canto y enmudecen todos y escuchan desde dentro para que el sonido llegue despacio y se quede. La oscuridad es la mejor compañía; les deja mezclarse con la lluvia, con la canción, y el canto se apodera de la casa, de los cuartos oscurecidos y de los pasillos húmedos, entra para quedarse, como una ocasión de humedad y noche que ahora ya nos envuelve y ya va dentro, negra, húmeda y oscura. Con nosotros para siempre.

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