Estaciones

Siempre las estaciones de tren han sido lugares marcados por alguna atmósfera inusual. Me refiero, claro, a las viejas estaciones, no a esas construcciones nuevas llenas de tubos de neón que hacen ahora. En algunas ciudades las estaciones de tren son lugares de tránsito, en los que hay algo que está para dejar de estar en un instante, que están sólo para pasar por ellos: para ir y venir. Suelen ejercer además peculiar función de locales nocturnos; no precisamente locales de alterne, sino más bien derrumbaderos nocturnos para quienes por la noche no aciertan adónde ir: vagabundos, transeúntes, viajantes que esperan un tren de madrugada y otras gentes menos convencionales. Suelen hacer uso de esa función como avergonzados, como a su pesar, y así resulta que la dejan teñirse de una atmósera fría, rígida, en la que la indiferencia, lo ajeno del lugar a cualquier sensación de acogimiento, a cualquier calor, favorece que la solitaria figura del noctámbulo se recorte con esa distancia impenetrable y definitivamente muda.

La estación de tren por la noche es un lugar desesperado. Esos mármoles pretenciosos y ajados de los suelos, los bancos viejos y renegridos, la tasca del café de recuelo y la ensaimada revenida. Empleados que arrastran los pies, un vendedor de periódicos se echa un sueño sudoroso mientras espera al Expreso de las 5 de la madrugada.

(De un viejo cuaderno rosa de tapas azules, hacia los 80)

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2 comentarios en “Estaciones

  1. ¡Qué contraste con aquellas otras estaciones que parecían museos y nos transportaban por un rato a los decorados de las novelas de Verne! (¿Esperábamos un tren o un globo aerostático, un zeppelin…?)

    Estación bilbaína de Abando

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  2. Una descripción precisa del lugar, pocos años antes:

    «El bar de la Estación, hosquedad de carbonilla y efluvios corporales de un siglo. La desabrida luz árida de las madrugadas insomnes, recurso último en las juergas de alcohol inútil y ritos masculinos. La fauna familiar de viajeros desriñonados en sillas desencajadas, soldados alborotadores, viajantes huidos de la soledad de la pensión, estudiantes jaraneros, borrachos estropajosos, mendigos con la cantinela que todos huyen, seudobohemios, intelectuales sin dos pesetas a la caza de otro desnortado y de una copa de coñac peleón.Para el viajero destemplado en espera de un enlace, para el madrugador soñoliento, era un lugar desapacible y desaliñado, con un café detestable y nocherniegos molestos. Para nosotros, en la calma de la hora indecisa, cuando ya habían subido los trenes para el norte y aún no bajaban hacia Madrid, cuando el resto de la ciudad se entregaba a la inconsciencia fisiológica, el bar de la Estación era el único rincón humano en el universo.»

    Aurelio Rodríguez, Seréis como dioses, Multiversa, Valladolid, 2005, pág. 132.

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