Para un acto público

Me dicen que leía y leía sin parar una especie de rollo literario interminable en el que solía aparecer muchas veces repetida la palabra francesa “Baudelaire” y que no se explican cómo es que llegaron a ser capaces de tolerarlo aquellos pobres oídos inocentes, cómo pudieron alcanzar a verse libres de aquellos miasmas infatigablemente vertidos con cruel ampolleta dentro de la propia cavidad auricular hasta entonces virgen: un aburrimiento semejante era el que debían soportar hora tras hora los desgraciados… con la misteriosa palabra francesa incluida.

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Algo pasaba con “Baudelaire”. Lo que pasaba era que mi compañero Jose Luis (“Laban”) solía coincidir conmigo en los mismos cursos de COU. Pues bien, una vez que terminaba de consignar las faltas de asistencia en el preceptivo parte, que reposaba con sus incidencias sobre la mesa del profesor, solía dirigir una distraída mirada curiosa a las firmas de sus compañeros aledañas a la suya y podía identificarlas casi todas. Entre aquellas firmas casi o absolutamente ilegibles encontraba con regularidad una que, pretendiendo registrar un nombre concreto de profesor, en realidad revelaba otro, un nombre secreto, casi oculto y como de logia u Oriente Español, y que deletreaba meticuloso: “ma-la-flor”. Eso era: Malaflor. ¿Y quién sería? Al final, investigando, acabó por descubrir al clandestino. Era el entusiasta de aquel libro sagrado que fuera condenado por los tribunales de París.

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Nada más ingresar al centro (setiembre, 1979), el primer día me encontré en las oficinas con quien supuse que sería secretario o algo así por lo menos (era Ángel Iturrioz, el director en persona) y me informó de que el claustro se celebraría más tarde, que volviera después. Aquella misma mañana me vi repentinamente prohijado o, mejor, vertido a la condición de nuevo nieto (neonieto) por una admirable señora a quien el paso de los años no había logrado arrebatar ninguno de los rasgos de una gran dama antigua (me contó que había asistido a las clases de Pedro Salinas en la Central los años finales de la República).

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A veces te sucedía algo raro en clase, cuando leías con cierta vehemencia, no exactamente la de un profesor convencido de su doctrina sino algo mucho peor, algo más bien propio de un risible histrión improvisado por las virtudes del mismo gozo de leer, las de leer algo que nos ha gustado siempre y sin remedio (la suerte hizo que estuviera en el programa) y tan sólo más tarde, mucho más tarde, fui consciente del efecto de alguna de aquellas lecturas que yo hacía en público dirigiéndome a la clase, pero que en realidad me dirigía egoístamente a mí mismo (amparado en la legalidad de que aquel acto estuviese permitido, ya digo, por el programa vigente y que la condición vespertina de la clase tiñese la atmósfera de un cierto sopor tolerante) y la sorpresa retrospectiva de que fuesen esas mismas lecturas las que se evocaran muchos años después cuando me hablaban algunos de su inesperado efecto (o lo que así lo podía parecer según la versión y la caridad utilizadas). Un extraño efecto afrodisíaco de largo espectro, según testimonios. ¿Sería verdad? ¡Pues qué corrupción de menores en ese caso!

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No sé por qué me ofrecí para el papel: pero la cosa es que lo hice y fui aceptado. Necesitaban alguien que pusiera en escena al propio don Ramón del Valle Inclán, al autor mismo en persona, con su capa castiza y sus melenas. Se encontró una carnavalera máscara de viejo con blanca pelambre, y Vicente, el director del grupo, aportó en préstamo una magnífica pañosa salmantina. Varios días ensayé el pasaje del autor que lee la presentación de sus personajes. Debía arreglármelas para absorber la persistente humedad que provocaba la máscara, o ya escafandra, al hablar con ella puesta, la molesta mezcla de pelos chupados y aliento húmedo mientras lograba decir el texto. Llegó la noche de la representación y, según iba saliendo a escena con la parsimonia que consideré apropiada a la situación dramática, permití torpemente que se me fuera deslizando al compás del garbeo el papel hasta el suelo. Desde dentro de aquella máscara no se veía dónde anduviera el bendito papel (me sabía el texto pero estaba obligado a sostener el papel en la mano). Tan sólo aquel patoso gesto de agacharme a recogerlo fue ya suficiente para provocar en el público una risotada general. Lo que hiciera después importaba poco. El efecto, al parecer, se había logrado.

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Si fueron bastantes más las escenas que de estos últimos treinta y dos años pudiera recordaros, tan sólo la peligrosa perspectiva de provocar un aburrimiento más profundo incluso que el de mis más entusiastas discursos “bodelerianos” bastaría ya para prohibirme cualquier tentativa comprobatoria.

Cuando volvamos a vernos reiremos juntos, y, si no, bien estuvo esta despedida. Gracias a todos.

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