Bodhi

«Baudelaire fue un estudioso de la profundidad, entendida en sentido estrictamente espacial. Esperaba, como un prodigio siempre a punto de producirse, ciertos momentos en los que el espacio huía de la acostumbrada mediocridad y comenzaba a revelarse en una sucesión de bastidores potencialmente inagotables. Entonces las cosas -cada particular, insignificante objeto- asumían de pronto un relieve insospechado. En esos momentos, escribía, «el mundo exterior se ofrece con una poderosa evidencia, una nitidez de contornos, una riqueza de colores admirables». Sólo cuando el mundo se presenta de esa manera es posible pensar. Esos son «los momentos de la existencia en los que el tiempo y la extensión son profundos, y el sentimiento de la existencia queda inmensamente aumentado». De este modo, en términos occidentales, Baudelaire se acercaba a describir lo que para los videntes védicos y luego para el Buda fue la bodhi, el «despertar». Con una literalidad asimismo occidental, lo hacía coincidir con el despertar fisiológico, con el momento en el que «los párpados se acaban de liberar del sueño que los sellaba». Para eso sirven las drogas: el opio hace profundo el espacio («El espacio es profundizado por el opio»), en tanto el hachís «se extiende sobre toda la vida como un barniz mágico» (¿parecido acaso a ese del que Vauvenargues escribió: «la nitidez es el barniz de los maestros»?). Sin dejar de recordar que las drogas son sólo un sucedáneo de la fisiología, porque «cada hombre lleva en sí su dosis de opio natural, que incesantemente secreta y renueva».

Pero ¿por qué la apertura de la profundidad del espacio debía ser un fenómeno tan precioso para el pensamiento? Baudelaire lo revela en un inciso: «profundidad del espacio, alegoría de la profundidad del tiempo». Ejemplo iluminador del uso de la analogía. Sólo en el momento en el que el espacio se entreabre en una sucesión de planos en los que las figuras particulares se recortan con una nitidez embriagadora y casi dolorosa, sólo entonces el pensamiento consigue aferrar, aunque sea fugazmente, algo de lo que constituye su primer y último objeto: el tiempo, Padre Tiempo que todo esquiva y todo vigila. La alegoría es el artificio que sirve para operar este delicado pasaje. Entonces se desvelará también de qué habla Baudelaire cuando menciona «los años profundos». Expresión, a la vez evidente y misteriosa, que siempre comparecía en sus escritos en pasajes decisivos. Presuponía la existencia -quizá también ella alegórica- de un personaje que, puesto frente al «monstruoso crecimiento del tiempo y del espacio», fuese capaz de contemplarlo «sin tristeza y sin miedo». De él se hubiera podido decir: «Mira con cierta delicia melancólica a través de los años profundos.»

Roberto Calasso, La Folie Baudelaire, trad. Edgardo Dobry, Anagrama, 2011, págs. 27-28.

Baudelaire vivió en el Hotel Pimodan entre los años 1843-1845.
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