Malaise

A veces se te aproxima la sensación de haber abandonado una ruta general, la buena, la única que cuenta, de haberte salido fuera del mundo viable (o dicho con esa frase tan literaria y teatral, pero que no siempre tiene discreto sustituto: la de estar fuera de la realidad). Y no por ningún empeño o deseo especialmente caprichoso o maniático, sino más bien por vulgar acumulación de cotidianeidades, nimiedades, ritmos amoldados, hábitos o módulos funcionales, gestos guiñados al compás de un antiguo tambor persistente. Porque hay siempre algún ruido incómodo o ronroneo de fondo, un eco no deseado, una resonancia de lento crujido que se te fuera instalando incluso ya antes de los toques matutinos del reloj, en el entresueño mismo, como sintonía que se predeterminara (al modo de esos programas informáticos de escribir que tienen su estilo predeterminado) en la máquina antes de su arranque operativo.
Supongo que a los demás les pasará cosa igual o muy parecida. Pues entonces, ¿para qué esto? Quizá no lo acabas de saber muy bien cuando sólo tratas de darle forma legible a lo que le pasa también a la mayoría de la gente. Es una manera de caer en la cuenta por transcripción, de recordar lo consabido al contarlo, de sentir la llamada de una quemazón antigua que siempre hubiera estado ahí. Ese algo acuclillado desde tiempo arcano en las oscuras esquinas de los cuartos de estar. Cuando vas y te levantas torpemente o haces esfuerzos por adaptarte a su presencia, a su música latiendo; cuando tratas -casi siempre en vano- de ajustarte a sus torpes tonos y sosas melodías, se podría conjeturar entonces que ya estás cociéndote en tu salsa. Es entonces cuando buscas la manera eficaz de ocultarlo tapándolo, un poco al menos, y procuras ensordecerlo, suavizarle la rabia, tanquilizarlo. Y casi nunca lo consigues. Pero insistes y avisas precautorio al personal: “Déjenlo, no lo hostiguen, que es peor. Déjenlo en paz al pobre para que, a cambio, no se fije tampoco demasiado en nosotros, y pase de largo por un rato…”.

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