Paisaje

Hacía tiempo que no lo veía y esta tarde, al volver del trabajo, contemplo de nuevo el escorzo: las montañas, quizá mejor colinas, a lo lejos, con su pequeña construcción en la cima; más cerca los campos ondulados, alturas y depresiones suaves. Dos laderas forman vaguada. Abajo, y en primer plano, el arroyo, flanqueado de matorrales.

**

Variación I (Partida)

Entrar en el arroyo
y, a lo lejos, casi al alcance de la mano,
las colinas con sus torres elevadas,
las laderas de los montes que me acogen
entre zarzas.
Busco la selva que oculta su nido recóndito,
que me arrastra hacia su hálito caliente,
trémulo de ignorancia,
desesperado,
como el que sale al monte
y se pierde
en el paisaje
y sigue anhelante los rastros,
la vereda, el sendero
último y practicable.

**

Un paisaje en el que cada piedra duele y a la vez se la siente clavada en la propia carne. Como deseo. Deseo de ser otro, de salir del teatro infinito de la ceniza cotidiana. De lo que se sabe. Búsqueda de la selva, de las ramas rotas quebrándose al paso y la húmeda calidez de hojas recién llovidas.
Paisaje de hirsutas malezas, de espléndidas colinas y remansos, de paz, de íntima paz entre las quebradas y los riscos, paz de agua formada en el hueco de las rocas, pozo de agua quieta y expectante, trémula como a veces tiembla el pesado mercurio, lento y grave. Otras, torrente brotado de su manantial que nos inunda la boca sedienta.
Matorrales y zarzas donde esconder el secreto refugio, construirlo con lento deleite acumulando hojas hasta formar un nido oculto, donde poder rehuir a paseantes e intrusos.

**

Poder beber de ese agua que corre por tus venas, manantial fresquísimo; recibir el sabor de la roca y el musgo que te tapiza. Los montes inclinados a mi paso, las laderas que me acogen, la subida a los riscos nevados con respiración anhelante (el aliento forma pequeñas nubes cuando el hielo domina). Las hojas del acebo presentan sus nítidos perfiles afilados, al borde del camino, cuando te acercas a su lado, y te apoyas en la esquina de la roca. No resbales en la nieve que te aprisiona las pisadas. Sube la empinada cuesta.
Al final te esperan la laguna, el soto de los pinos, la pequeña gruta acogedora.

**

Por entre los pinos, junto a las agujas afiladas que tapizan el suelo. Su color tostado y las piñas desparramadas al pasar. Aquella vez cuando se hizo el silencio en el claro y la resina caía por el tronco y los pequeños nidos de procesionaria, las agujas acumuladas al pie del árbol como fermento y los troncos sueltos y la tarde callada.
Cuando el silencio se hizo y los pinos indiferentes hechos presentes en un instante.
Y allí estaban con las agujas caídas, las piñas y nidos, esperando.
La resina blanca y amarillenta discurría por el tronco, despacio.

**

Variación II (Llegada)

Acompáñame en la oscura senda del temblor
que me regalas cuando te contemplo yacente
en figura de escorzo, de paisaje lejano,
de colinas coronadas por torres erguidas,
y mi mano te alcanza, y el deseo no existe
porque ya la roja flor se enciende sin saberlo,
porque las vivas colinas se yerguen al viento,
solitarias, lejanas, pero de pronto fáciles
de alcanzar, ofrecidas por el paisaje mismo;
y todo él se conmueve, se presenta
inclinado hacia mí, mostrando sus grandes árboles,
y sus altas ramas al aire me ofrecen hojas,
frutos, bayas, resina que va bajando lenta
por el tronco cuando dices que sí
desde tu lejanía.

 

Río Urbión y pico

Empezar

A Paulino Lorenzo Zárate

Empezar como si todo fuera un estreno
y acabáramos de llegar a la cita
con el tiempo justo para decir aquí
estamos con el alma en punta,
blanca y acicalada para la fiesta
esa que nunca vaya a terminar.
Empezar ahora y otra vez y ahora otra
y así seguir empezando siempre como si nunca
nada fuera a terminar.

Reventadores de estrenos y de fiestas
que con la cara adusta de quien sabe
que las cosas tienen su final
aseguran con un gesto que esta
fiesta ya no dura que cierran el local
y se hace tarde y hay que concluir
despedirse dar una vuelta a la llave
y acabar.

Empezar como si nada como si
fueran lo mismo el principio y el final
como si no hubiéramos nacido
todavía y el permiso durara y durara
y no hubiese que dar cuenta
enseñar el pase saludar y ponerse en la fila
coger número y nada más.
La vendedora de flores que, desnuda
y bullanguera, se nos va alejando
ya no se la distingue entre sombras y portales,
entre plazas desvaídas y mojadas
que la noche va acogiendo porque cumple
con la manda natural: que se acaba
que se cierra que es tarde ya.

En la húmeda y nocturna oscuridad
del pavimento ciudadano
cuando dicen recogerse
y a su casa cada cual
empezamos entonces a cantar
como si no hubiera voz
ni canto inaugural
que pudiera entonarse
en otro momento, con otro
compás.

tiziano-flora

Aquí, allí, en esa calle

Esa calle fría, la gélida consagración de los momentos idos desde cuando entonces. Volver al lugar abandonado (los viejos gusanos moviéndose aún en el barro. La escolopendra en su nido. La salamandra por la orilla). Esa misma calle fría que, por la noche, mostraba sus luces humedecidas y su abandono. La calle que te esperaba. La calle perdida. Sin gente. La calle sin nadie. La que no estaba y esperaba. La calle que te atrapa sin razones. La calle bajo la lluvia, con luces pálidas reflejadas en la humedad del suelo. La calle inmensa y fría. Ahí, desde siempre la misma. La abandonada sorpresa de lo que nos estaba esperando. La espera de una lluvia permanente, convocante. Allí, a lo lejos, abandonada y presente, la calle dejándose esperar. Llovida. Iluminada de luces rasantes. Equívocas. Perdidizas. Enormes focos sacan la luz de la húmeda lluvia sobre las aceras de la calle. Una tras otra. La esquina, la luz, el brillo luminoso sobre el asfalto llovido. Pasos en la calle. Nadie en la calle. Volver y haberse ido. Y volver desde siempre. Desde el primer momento cuando atravesamos la calle para ir ¿adónde? Era la misma calle el destino esperado. No era mero lugar de paso. La calle esperaba, la calle fría y gélida, repitiendo su llamada. Ir hacia ella y perderse y abandonarse en su asfalto húmedo y brillante. Fotos de una calle iluminada por las farolas amarillas reflejadas en el suelo. Pasear cuando no hay nadie. No hay nadie en esa calle que te espera y de donde ya no saldrás hacia ningún otro lugar porque aquella calle abandonada te sigue esperando. Te tiene atrapado desde antes de que llegues en su húmedo asfalto brillante.

Desde aquí hacia un lugar que no está fijado en sitio alguno. Cuando el aquí ni tan siquiera está en el lugar en que el aquí suele situarse, muy cerca. No. No hay posibilidad de un aquí que esté realmente cerca de donde está cuando no está cerca de donde estás sino que desde hace tanto tiempo te has ido, has estado donde no estabas, donde ya no estabas. Allí. El aquí cuando es un allí de antes, de cuando te llamaban para estar. Desde aquí no es lugar ninguno. Desde aquí es tan lejos como el tiempo que no está, que no se presenta, porque decir «aquí» es suponer que el tiempo coincide con el espacio y es localizable y, en realidad, hace mucho que ya no hay aquí sino que, lejos, muy lejos, mucho más lejos de todo lo alcanzable, está el allí inexistente dejándote recorrer sus inanes imposibilidades, sus calles mojadas desde antiguo e iluminadas por farolas que ya no alumbran su acerado pavimento brillante.

Calle de Bilbao

Fulge inesperada

Junto al autobús, la nieve. Noche gélida. Oscuro todo. Tan sólo la nieve iluminada por una luz, ¿propia? Rodeaba la estación. Otra vez aparecía nada más bajar como repentina acumulación junto a las ruedas, un talud blanco manchado de lluvia reciente. Bajas para ser acogido por una nieve, el frío corta la cara. Bajas al cálido ambiente, la nieve delante. Bajas al mundo de la nieve, que presenta, que ampara. Huésped de las nieves. Calor, oleadas en los ojos. Roce intenso y ya la nieve te cubre. ¿Qué nieve ardiente, qué calor de penumbra al dejar el semisueño del trayecto, ruidos de canciones coreadas dentro, modorra casi budista, ausencia? Dormido, ya no estás en ese viaje. Y, en el mismo momento, la nieve.

erich-hartmannmagnum-photos, 1967

Zangarilleja

El tono silvestre y broncíneo en una piel pecosa, el vestuario casual y desenfadado que por entonces se identificaba como «hippie», la mirada pensativa y ensoñada, y que quizá tan sólo fuera distraída, todo ello junto se las arreglaba para añadir encanto, atractivo irresistible y subyugador para un adolescente en proceso de metamorfosis juvenil, inquieto y oscuramente atarantado, que se imaginaría estar tratando nada menos que con alguna especie de «salvaje».

hippie1 Hippie2

Haber venido

Haber venido fuera de tiempo cuando las cosas ya no están. Las que deberían estar se han ido. Y, sin embargo, vuelves. Vas y vienes. Te vas cuando haría falta que hubieras venido y vienes tarde, regresas donde ya no hay nada para darte la bienvenida, para reconocerte como recién venido. Venir para este no volver. No volver viniendo. Desde cuándo no vuelves. Ahora vas y verás lo que no vuelve, lo visitarás otra vez a destiempo. Para que no sepa que vuelves. Haber venido tan tarde. Tan lejos. Desde cuándo no habías venido. Desde hace tanto. Las caras calladas de la esquina del Museo musitando el agua de sus bocas. Ahora ya no están en su sitio. Deslocalizadas. Y tú vuelves para volver a verlas y saber que ya no están. Haber venido antes. Desde el antes ya perdido. Haber venido.

Bocas chorreantes2

Happy accidents

So there is no
way to say how
I came here -the accident
or past, fragile-

Ken Irby

Atravesado por la tierra,
marcado por su cadena
accidental,
miras el objeto, sus movimientos
aleatorios y dejas
que sea este segundo,
aquel segundo; pesados
caen al suelo,
te llevan, te traen
y te llevan, columpian
reacciones, llamadas imprevistas:
aquí están, otra vez,
donde los esperabas,
con su dramático desfile de momentos,
los monumentos de la realidad.

Vienna Dioscorides, Bizantine mss. c.512

Parque de atracciones (vallisoletano)

Los gallos y las arañas habían desaparecido del jardín: por eso las plantas se mostraban tan escuálidas. Todavía podía uno subirse a la atracción principal y agitar las banderolas para que el avión platónico aterrizase en su cúspide. Un artilugio construido al efecto lo permitía. Cuando el avión bajaba (pues aquel avión siempre bajaba) se disponían los alambres del artilugio para capturarlo en su caída. El niño braquicéfalo está señalando con la boca el momento cumbre de la fiesta: cuando el avión baja y se posa y los árboles escuálidos se cubren de hojas rojas y forman al tresbolillo un damero para poder así escuchar cómo la luna lo ilumina todo convenientemente. Sólo entonces los gallos y las arañas de los jardines encontrarán el camino de vuelta.
Parque de atraccionesNiño braquicefaloAvion platonico

Buceos de tierra

1.

Excavar la tierra desde el fondo, arañando concienzudamente las raíces del árbol y la maraña de la hortaliza exuberante. Rascar la cal de las paredes, de las paredes blancas y rosadas que se instalan en los huertos para separar los cerrados locales. Quitarse la costra tan adherida de productos naturales apegados a la piel y a los órganos y las extremidades. Desentumecer los ojos, de tan fijos ya neciamente instalados en una mirada localizada. Salir a la mañana y a la noche. Descascarar los escamosos trozos de materia semiósea incrustados en la carne. Descarnar, descascarillar, desconchar. Descuerar la torcida señal de carnero, la curvatura difícil de la ceja de su mineral negro. Despertar del sueño torpe de la guerra interior y antigua y venerable. Cansar los órganos hábiles en la faena agrícola. Descomponer los terrones adheridos a los miembros hasta emparedarlos. Derruir lo calcificado porque su estado de tan pétreo no obedece órdenes. Desestimar las reconvenciones de movimiento. Romperse los huesos cuando todo indica que no sirve para mucho. Con los guantes deportivos en la cara para ocultar las maduraciones que la tierra produce pródiga.
Pedir a la tierra misma que cumpla sus promesas germinativas. Empezar a sudar copiosamente, lujuriosamente, para que el líquido resultante vaya deshaciendo todas esas incrustaciones antediluvianas. Hacer del arca de Noé un ejemplar navío que transite las tierras feraces por dentro y las airee y les dé amatoriedad suficiente y disgregadora. Soltarse de las amarras, desamarrarse las prolongaciones de los dedos y sus articulaciones petrificadas. Aprovechar las raíces del roble y del aliso para fabricarse unos bigotes artificiales con que notar el aire subterráneo y cálido y alimentativo.
Salir otra vez al día, al aire, a la enervante ampliación de un huerto de coliflores gustosísimas. Pedir la llave de la tierra, de los muros, y las paredes blancas y anticuadas de lechada sonrosada y gris y pálidamente blanquinosa. Meter las llaves de la tierra en su osario izquierdo o siniestro y sencillamente espantable.
Dar de comer su ración a la zanahoria y el batato. Descolocarse para que los huesos restantes adquieran flexibilidad y engarcen con lo que la tierra tiene de hueso. Con el viejo pedernal escondido bajo sus costras calcáreas y que va saliendo en tu busca desde esa orilla del camino en que yaces enterrado.

2.

La tierra arrugada del huerto no parece prometer grandes hallazgos si se reanudan desde abajo las labores de movimiento buceante y excavador. Se pretende sufrir hasta la superficie de ese mar feraz y huertano, y a la vez que alimentamos a las hortalizas desde el interior conseguimos desembarazarnos lentamente de las incrustaciones pétreas que nos constituirán y salir al día de una vez mientras alimentamos por contaminación de sustancias a la extensa gama de productos del campo que tan necesarios son para el sustento generalizado del globo terráqueo. De tierra tratamos. De la tierra que nos nutre y que se pega continuadamente a los labios cuando los despegamos para salivar. El diálogo de los filamentos radicales del boniato, los pelillos de la zanahoria, el cosquilleo de las prolongaciones carnosas de la batata animan los comportamientos animales del enterrado para volverlo hacia la fuente húmeda de sus querencias. El empeño por salir a la mañana y desentumecer con sus agitaciones la saludable población de gérmenes y moléculas que por traslación tuberosa alcanzan al núcleo de los rizomas, al cogollo de los cohombros y saluden y salvifiquen de vida a los tubérculos.
El proyecto de entrega totalitaria a la faena campesina o de huerto tiene sus dificultades: el actor se encuentra cuidadosamente enterrado bajo raíces estrangulantes y sus esfuerzos le dotan de pedúnculos adhirientes -que por una parte facilitan el intercambio de nutrientes, pero por la otra entorpecen sus movimientos de ascensión.

3.

La mirada hacia arriba es lo único que permite al excavador de huertos encontrar fuerzas desde la flaqueza de su encostramiento. Pero las costras adheridas con el tiempo han hecho durar más de lo esperabable y natural los calentables nutrientes interiores. Los han conservado como si formaran parte de una industria conservera.
El mantenimiento de esos naturales compuestos en estado de virtual hibernación tanto tiempo estabilizados les dota de resistencia y concentración inesperables y permite que su lenta filtración alimente los tubérculos y las tuberosidades. Puede entonces y en teoría nadar y guardar la ropa: alimentar la producción campestre y poco a poco librarse de impedimentos para que el ascenso vaya siendo posible si las condiciones meteorológicas no lo impiden.
Así que, mientras mira hacia arriba, nota el desprendimiento paulatino de la cal y de los pequeños paquetes terrosos incrustados.
Después del ojo viene siempre la mano. Cuando la retina se descoloca para que los rayos de luz integrados en la materia lumínica depositada en las hojas por fototraslación se vayan encaminando hacia las ramificaciones radicales, el ojo se siente familiarizado con el medio natural que le compete y responde con un eco fotosensible y así emite las radiaciones que su natural favorece. Imantado por lo superior, descendido replica con su pozo iluminado y exhala luz para corresponder a la atención inusitada.
Llueve, dentro de la piel y la lágrima alcanza las terminaciones nerviosas y sensibles para que la iluminación de sus partículas acoja al fotónico lamido. Va imitando las raíces y las raíces lo sienten ordenado de luz. Así los ojos mueven las raíces, las llenan de ansia y el cosquilleo resultante empuja al dedo terminador que anuda en los tubérculos enardecidos.
Los movimientos de las partes activadas trasladan al todo pétreo una calidez de renuevo. Como un pacto de ayuda mutua los elementos de la naturaleza puestos en juego se van columpiando unos a otros en vaivén sincopado. Antiperístasis. Lo frío se enfría con lo caliente y lo caliente se recuece en sus contrarios. Reforzamiento por contraste. Empieza a funcionar la maquinaria.
El enterrado vivo entre aquella horticultura, el pétreo cadáver, petrificado por encastración, mitificado de calibraciones y paquetes térreos, se mueve; y con su movimiento inconsciente traslada a los canales alimentarios un entusiasmo desconocido. Todo se mueve y él también con todo. Quiere subir y ver el día. Pretende ser y dar de comer a toda la población del cerrado huertano y natural.
La naturaleza responde adhiriéndose, reticulando sus ramificaciones y a cambio de la nutriente recepción ablanda el cadavérico resto que, dorado por la luz y desligado de durezas, se va levantando hasta que sale al sol victorioso y saludador: una trufa rediviva.

Trufa

Cara manchada

A Bernd Dietz

Una cara tiznada, negra casi,
se deja ver borrosa en la espesura 

del pasillo mental, sucio, profundo.

Imposible llegar adonde está

grabada en la pared como en un cuadro;

no se deja alcanzar, se aleja el zoom

y ese rostro tristón no hay quien lo pille

por mucho que se empeñe en la captura

el investigador de lo nocturno

que horada sin cesar

las minas de este sueño.

Es lo primero en ver cuando escudriña

los curiosos fenómenos del yo,

la careta tiznada es lo primero;

aparece inasible en su lejana 

postura de severa corrección:

negruzca y todo, no se ríe nunca.

Y la quiere alcanzar y no se deja,

quieta se aleja siempre de la mano 

que se obstina en llegar una vez y otra

a esa cara manchada que le mira.

Carboneros de José Barceló

Ya les vale

En realidad, no hay nada que decir. Nunca hay nada que decir. No hay necesidad alguna de tomarse la molestia de decir algo que parezca que añade al mundo, a las cosas que andan por ahí, algún complemento que les hiciera falta. No hace falta más que lo que ya está. Lo que está se completa en sí mismo y el decir siempre es decorativo. Puedes repetir lo que son las cosas. Puedes preferir otras. Si quieres que las cosas se manifiesten de otro modo diciéndolas al revés o de otra manera seguirán siendo lo que les parezca apropiado sin más ni más. Este mismo decir que no hace falta decir tampoco es necesario ni les hace falta a ellas, menos falta aun que cualquier otro decir que pudiera hacer falta o se presumiera que es así.
Pero estamos, a pesar de todo, diciendo. Y el hecho de ponernos a decir y a producir líneas en el papel por un momento se le pudiera ocurrir a alguno que es una cosa, un añadido, un suceso de algún tipo. Y no es así. El único suceso ahora es el discurrir de las líneas sobre el papel. Aquí están, desgarbadas y feas. Pretenden decir. No lo consiguen. Hablan de un posible hablar que no empieza nunca.
Empezar a hablar y decir que lo que hay aquí es esto o lo otro es imposible. Las cosas están aquí ya. Tan solas. Tan libres, tan independientes y suyas. No les falta de nada. Y menos que nada que las digan. Si se pretendiera que es necesario decirlas, explicarlas, describirlas, se ofenderían. Como si les pidieran un comportamiento distinto del suyo natural. Como si les hicieran representarse a sí mismas. Ponerse intencionadamente a ser lo que son. Ya lo son. Las cosas son lo que son sin más y sin nadie ni nada a su lado para explicarlas. No les hace falta ninguna guía o cicerone. Ya están hechas y siempre están haciéndose sin esfuerzo alguno y por su cuenta y riesgo.
Puedes suponer que hubiera alguna cosa menesterosa e incompleta a la que le fuera preciso, para asegurar su realidad, una explicación o una descripción. Estaríais entonces en un error. Porque ese modo de ser incompleto y valetudinario es su verdadero modo de ser. Y por tanto tan completo, tan íntegro y auténtico como el más entero de los modos de ser posibles.
¿Entonces, qué hacemos con las cosas y por qué nos apoyamos en ellas y decimos de ellas? Porque somos nosotros los que no tenemos seguridad ninguna de ser verdaderos si es que no decimos algo. Algo que somos nosotros, aunque hablemos de las cosas. El decir de las cosas, del mundo, pretende completarnos, asegurarnos, instalarnos en el mundo. Y por eso nos empeñamos en que nuestro decir convenza a quien lo lea, a quien lo escuche, queremos que haga en él un efecto, que se le quede dentro, que lo mime, que lo crea, que lo rece, que lo viva, que se haga parte de él. Que viva en él. Pretendemos hacer algo de nosotros diciendo. Queremos más. Nos empeñamos en decir que lo que decimos sea una parte del mundo y así nos instale entre las cosas, no como una cosa más (que es lo que somos) sino como la cosa por excelencia, la dueña, la cosa suprema: hombres que saben. Que ordenan el ser del mundo y de las cosas. Dueños.
¡Qué absurda pretensión! Todo nuestro decir se convierte en ruido en cuanto lo vocalizamos y las cosas siguen siendo las mismas, indiferentes a cualquier palabra o voz o línea escrita para ser leída. Discurren en su tranquilidad indiferente. Ni se inmutan.

(¡Me empeñaba, hace un rato, en retirar una franja de luz que se había depositado sobre mi zapato porque pensé que era un pedazo de plástico!)

Cajón de mesa escritorio

Una carta, surtidores de un Parque…

¿Te llegó la carta aquella (seguramente ilegible) que borroneé sentado en un gélido banco de la Rosaleda vallisoletana, mientras contemplaba el discurrir de los insectos y apretaba un zapatito de niño cobijado en el bolsillo derecho de mi zamarra marrón? ¿Te llegó la carta aquella que te envié desde la Rosaleda misma, y cuando quizá ya no estuvieras ni en el Colegio ni en la ciudad? ¿Te llegó aquella carta demenciada, amigo Agustín? Después supe que no hacía tanto que habías publicado unos versos sobre esa gente que se sentaba «en los bancos de un parque» pretendiendo concretar su localización exacta en el Cosmos o en la Existencia. Y si recibiste la carta, si la llegaste a recibir, te llamaría la atención el detalle de que fuera aquel compañero colegial y alumno tuyo quien, sentado en un banco del tan florido Parque de la Rosaleda, te inquiría epistolarmente. Me temo que aquella carta se perdiera o que para entonces ya no estuvieras en el Colegio ni en la ciudad para recibirla, o que, si la recibiste, si la hubieras recibido, tu sentido del humor, tu sorna característica, te habrían permitido perdonarme aquellas letras desgarbadas e ilegibles de tan torpes y la ausencia absoluta en ellas del menor sentido de la realidad.

Hoy te recuerdo y vuelvo a ver las escenas de las noches del Colegio cuando aparecíamos en tu cuarto para escuchar las emisiones de Radio París sobre el Proceso de Burgos o admirábamos estupefactos -cosa de romper la severidad del momento- tu insuperable maestría en el uso versallesco de las glándulas salivares para remedar con destreza suprema el elegante jet d’eau de Fontainebleau.

Agustín Delgado

A unos ojos en Sumer

¿Es el sol lo que miran esos ojos,
tan negros y absorbidos por la luz?
¿O es la luz la que atrae a las dos órbitas
pasmadas, anhelantes, siempre atentas
a lo que afuera llama, lo que pide
una mirada fija, suplicante,
una confirmación de la existencia
de otro amante lejano y compasivo
que espera, siempre espera en unos ojos
que fueran donación de tan gratuita
también consoladora?

sumerian2

Belleza y tiempo

El erotismo como una complacencia en cierta belleza sexuada de lo delicado. La forma de un cuerpo ofrecido. Ciertas líneas de perfección. Sólo en esas formas se detiene el tiempo, parecen inmunes al transcurso. Al menos por un instante.
Lo instantáneo bello posee dos cualidades: su evanescencia, la perfección irrepetible de su transitoriedad, y su espontaneidad (que sólo es posible en un tiempo no determinado por lo inexorable, un tiempo que se presuma ilimitado y carezca de la angustia de lo irrepetible: un tiempo angustiado por lo irrepetible de cada instante es un tiempo muerto de antemano).
El verdadero sentimiento de la belleza del instante debe ser acausal, pero debe también ser sentido en plenitud. La angustia de lo inconmovible de los actos en el tiempo se fundamenta en un tiempo radicalmente causado, un tiempo serial y concatenado (el de las cosas dispuestas como en un «cartucho» que dice Machado). Esa concatenación encadena el instante al volverlo inmutable y le arrebata su libertad, su arbitrariedad espontánea. Sólo bajo la vivencia de un tiempo potencialmente infinito y abierto puede sentirse la plena belleza del instante.
La belleza rechaza las causas, las cadenas explicativas e inevitables. Ha de ser libre y «arbitraria». La cadena de un tiempo irrepetible condena esa libertad, la «explica» como lo irremovible y por eso mismo la mata. La envenena de una muerte previa y razonable. Sólo bajo la campana de cristal de un tiempo eterno, de un no-tiempo (similar al tiempo de la infancia) es posible vivir la belleza (la indiferencia absoluta a la inevitabilidad de su transcurso permite la aparición de la belleza, como lo no causado por excelencia).
«Cuando se gozó», sí. Sólo cuando se gozó la belleza del instante hubo verdadera belleza eterna y con desprecio de su transitoriedad y bajo esa condición. Villon y Jorge Manrique «añoran» lo vivido como instantes eternos de juventud de la belleza cuando se angustian por su pasar irrevocable y meditan, reflexionan sobre lo ya muerto. La belleza recordada se evoca como muerta. Los «paramentos y cimeras», los bellos rostros se matan en el recuerdo del alma que despierta (de la belleza, del tiempo indelimitado que fue) al tiempo causado.
Si el sueño que fue ha dejado de ser sueño también ha muerto como belleza.

[de un cuaderno de apuntes]

Man Ray, Solarización
Man Ray, Solarización

Ciudad llovida

Las calles se ofrecían
como oscuras puertas del infierno.
Había que salir entonces pronto:
la lluvia no podía remitir,
tenía que seguir cayendo sola,
empujada por sí misma, deseosa
de abrumar el asfalto, las aceras,
los rincones ocultos de las casas.
Una viva alegría se instalaba
como entusiasmo absurdo en lo más negro:
en las fachadas negras, los portales
derrengados y tétricos que veías
con sus verjas de hierro y sus porteros
escuálidos, sombríos y vagantes.
Las señoras llevaban impermeables
de hule negro, raído y arrugado.
Todo se unificaba en un cantar
anónimo, transido de negrura
circunvagante, ínsita en el todo
aquel como una riada infinita
de señoras y aguas y porteros,
de gabardinas negras y gasóleo
multicolor y fétido, una mezcla
de aceites y de vinos vomitivos,
una boca en el Parque que manaba
desde su pedestal la oscura herrumbre
de unos cielos cansados de mirar,
cansados de llorar los goterones
que la ría acogía indiferente.

Bilbao lluvioso

Meditación de la terraza

¿De dónde vienen
las cosas que se aparecen
sin necesidad,
y sostienen
el peso del cuerpo?

¿De dónde caen
los segundos
que vuelan rápidos
a posarse sobre la piel tierna
y soluble?

Tienen permiso,
traen kilométricos
para andar por todas partes;
se suben por las paredes
con garfios y piolets;
bucean
con destreza
y aletas de goma especial…

¿Quién les dice
que ya es la hora
de dormir o de levantarse?

¿De dónde sacan el empuje
ascensional,
el arranque
para edificar mañanas?
¿Qué ladrillos
construyen
el edificio
que ya se desmorona muy a cámara lenta?

¿De dónde,
de qué tienda,
vienen los ladrillos,
los segundos de agua
sólida?

[Me entretuve jugando a los cromos, a las tabas, con lagartijas nerviosas, con salamandras humedísimas, mastiqué pájaros de colores vivos, ensarté una comadreja, ostenté animales con aires de victoria, desnudé cuerpos reacios, hondonadas inaccesibles, maleza hogareña, orugas en los ojos picantes (procesionarias abarrotando las manos), hurgué en el desagüe con un palo y peligro de ceguera…y aquí estoy ahora esperando a las cosas, a los ladrillos de la pared, los segundos goteantes, por encima de una ría infinita: tubos de neón y botellones surcan desafiantes el mar imposible].

Sólo quedan cinco

Mal vestidos de tela de periódicos,
con los zapatos rotos por la esquina,
las caras peor lavadas, humedades,
mejillas que envejecen, torceduras,
los abrigos raídos que se caen.
La tela de periódicos desluce
definitivamente su presencia
pública, y ya suplican por las calles
reparación, arreglo contra el tiempo.
Eran doce caballeros del derecho
y hablan de épocas más benignas, cuando
desfilaban entonces todos juntos
(las miradas de sabios medievales,
eruditos, juristas, secretarios,
inclinados sobre ellos con deleite
profesional, discreto y concienzudo,
atendían los casos ejemplares,
suplían con doctrina dulce y suave
a los más tristes ángulos filosos
de tan cruel memoria en nuestro siglo
último, y ya caduco y feneciente).
Ahora tan sólo piden mendigando
amparo de su dueño,
y algún atuendo mínimo
…o alguna barata encuadernación.

Códigos españoles

Vuelos de la mirada

Estoy al borde, voy cayendo ya
por la ventana: soy el volador
que se apoya en los ángulos difíciles
de los enormes bloques, de los grandes
monumentos urbanos de la city
norteña y española que habitan
los hijos naturales de Logroño.
Estoy en el extremo de mi casa, y
miro por la ventana,
veo cómo las gentes celerosas
ajustan el andar a sus afanes
tempraneros: son ahora las ocho
en punto, cuando Aurora se desnuda
y despliega su manto ante los ojos,
-estupefactos, cándidos- de la población:
miradas pantanosas
entregadas al curso de las calles,
absortas en labores presupuestas.
Los ciudadanos saben ya la ruta,
ponen la marcha rápida con gesto
desabrido: no importa, saben ya
que el día se presenta desafiante,
que labores hercúleas les esperan
en puntos de trabajo predispuestos
a servir de palanca de su vida
laboral, entregada a los albures
de un destino ajustado a normativa:
al menos hay trabajo que llevarse
a las espaldas; cumple adoptar buena
cara frente a lo que hay:
difícil coyuntura
ésta de años torcidos de penurias
que estrangulan gargantas tosedoras,
que emputecen la vida de rencores
contra la situación.
¿Qué le vamos a hacer si no hay salida,
si ya nos han quitado la esperanza,
si no es posible ya saber si pasa
lo que pasa o es que hay uno interesado
en nuestra ruina o somos ya nosotros
culpables por sentir este dolor?
La gente va ocupando sus cubiles.
Recojo la mirada, me retiro,
dejo a las calles solas, desasidas:
el volador se vuelve a su morada
y cierra la ventana. Son las nueve.

amanecer-en-logrono-

Señales desde el suelo. Y 2 (encuentros)

Lo vio entre los coches del aparcamiento, junto al Hotel Imperial. En ese mismo instante dejaba de llover. Se acercó y, como aganchándose y grácilmente movido por algún ataque de ciática, lo recogió del suelo con el mayor disimulo que le fuera accesible, y lo deslizó hasta el fondo del amplio bolsillo de su trenca color crema desvaída con un gesto rápido y evitador de miradas indiscretas, propio del trato de un colgado con su camello. Durante el trayecto de allí a La Rosaleda, objeto del paseo iniciado en el Colegio, y al pasar por la plaza de San Benito, lo empezó a inspeccionar, con detenimiento y mirada lateral aprovechando la anchura notable del bolsillo: era un sucio zapatito de niño maltratado quizá por el tráfico de la plaza o por el uso y abuso de los pies que contuviera. ¿Por qué había recogido del suelo un objeto semejante y se lo había llevado al bolsillo de la trenca? Misterio.
zapato-de-bebé-viejo-
¿Por qué había cometido semejante acto absurdo? Recoger un zapato infantil desgastado y cochambroso es una estupidez inconfesable. ¿Por qué, pues? Caben múltiples hipótesis, desde la mágica a la religiosa, pero cualquiera que sea arriesga enfrentar el dicterio de suma tontería si se la examina con una atención mínima a los datos literales del acto en cuestión. ¿Es qué pretendía acaso elevar oraciones ante el exvoto del zapatito como un vehículo (ójema) procurador de ciertas atenciones hacia las potencias expendedoras de billetes de algún viaje de retorno (epistrofé) a la Feliz Edad, para la que el objeto estaba inicialmente concebido? En otras palabras, ¿quería de alguna manera -quizá horriblemente simbólica- volver a la infancia? ¿Era esta misma cualidad la que se le había hecho presente (epopteía) en aquel modelo de calzado como recordatorio de alguna clase de deuda para con la tal Edad y se le aparecía (fotismós) ahora para recordárselo (anámnesis)? Por otra parte, estaba también el detalle de que el zapatito se le apareciera precisamente a él y no a otro cualquiera y de algún modo le hubiera escogido quedándose allí a su paso con terca obstinación hasta que ambos objetos -el zapatito y él: sujeto y objeto ambos como objetos que colisionan- se cruzaran en aquel preciso instante en que había dejado de llover, que fue el escogido para mirar entonces hacia abajo mientras pasaba con dificultad por entre los coches del aparcamiento y lo vio (un entonces que borraba otros infinitos entonces como inválidos y se instauraba como tiempo único coronado de único privilegio también, el de poder ver un zapatito, de poder ver aquel zapatito concreto y sucio de niño vallisoletano o transeúnte).
Pero, volviendo a los anteriores porqués, lo que parecía intuirse allí era una situación absurda y es que por aquel entonces las situaciones absurdas (surrealistas), y cuantos más absurdas mejor (dadaístas), le entusiasmaban. Un zapatito sucio de niño valía infinitamente más (sobre todo si se le había aparecido cuando dejaba de llover y en medio de aquel revoltijo de coches mal aparcados), muchísimo más que el más interesante y mejor clasificado de los peces ciclóstomos de todo el universo mundo. ¡Viva el zapatito y mueran los peces ciclóstomos de los niños del Chuchi (se decía)! Sin embargo, seguía sin llegar a comprender cabalmente lo que pasaba con aquel zapatito, pero estaba contento de haberlo hallado, de la manera en que se había producido el encuentro, de la actitud desafiante adoptada frente a los convencionalismos: la que le había propulsado a endosárselo en el holgado bolsillo de la trenca amarillenta y raída pero cómoda que se había traído de su ciudad. Así que prosiguió su paseo hasta llegar a La Rosaleda.
La tarde se había calmado y las nubes iban y venían por el horizonte. Se sentó en uno de los bancos que hay junto a los parterres de flores y plantas y siguió pensando allí en el zapatito y su hermenéutica. ¿Sería acaso, y más bien, un aviso del tipo de los que dicen: «Deja de hacer el tonto y dedica tu atención a cosas de más sustancia (como los peces ciclóstomos): a Tucídides en el original griego para traducirlo, con todos sus verbos polirrizos, como enseña por las tardes el profesor Lérida; estudia los esquemas de la civilización sumeria y a los asirios, y la terminología arquitectónica del románico francés y sus variados botareles y discurre con soltura por entre las aulas y no malgastes el tiempo en todas estas delicuescencias de media tarde después de la lluvia musical y sus extraños encuentros (todavía no se había estrenado la película de Steven Spielberg sobre la tercera fase) que no vienen a cuento de nada y tan sólo te podrían desacreditar, sin aporte alguno de beneficio práctico, si, como acostumbras, se lo contaras a cualquiera. Y además, y en caso de necesitar contertulio, ya no tienes al Santi aquel que te escuchaba en el patio de los jesuitas tus variaciones sobre los relatos de Poe…?»
Entre las tablas del banco verde sobre el que había colocado sus posaderas (con cierto riesgo de humedades, pues todavía no se había secado la lluvia reciente) se podía ver el suelo. Y la mirada se le fue cayendo hacia abajo por entre las piedrillas. Al mirar con más interés distinguió un bicho (el que desde Linneo se clasifica como Pyrrhocoris Apterus, y más comúnmente la chinche roja de la malvas o también el zapatero o el San Antonio).
Pyrrhocoris
Era un cuchillo indio en miniatura, una pluma sioux vuelta cuchillo o daga romana ensangrentada a la perfección, deambulando por el suelo, bajo aquel banco de la Rosaleda.
¿Lo había visto antes? Seguramente y muchas veces. Pero no se había fijado en su belleza. Ahora lo hacía tardíamente. Tarde, tarde, pero lo hacía ahora en aquel día de lluvias recién escampado. Correteando por entre las piedrillas, celeroso por las prisas y tambaleante. Sacó la caja de cerillas, vació su contenido habitual y la puso en en la trayectoria del insecto para que habitara así su nueva casa. Aquella sangrienta daga de ojos negros fijos en su contemplador también se le había aparecido aquella tarde y sin más ni más bajo un banco de La Rosaleda.
Buen augurio. Sangre y ojos. Ojos en la sangre. Animación ambulante. Pero no hacían falta asociaciones formales. Era ese insecto reconocido. Eran todos los insectos amigos con aquel como su representante. Los magníficos y acorazados escarabajos. La intensa vivacidad de los colores de sus caparazones, disfrutados mucho antes, coleccionados a veces, transportados y envasados en cajas y frascos. Le hacían señas desde abajo. El verdadero camino baja. Allí era donde había que mirar. El zapato le había llevado a la infancia y uno de sus tesoros se dejaba ver como su confirmación. El pirrócoro, la chinche roja, la daga y la pluma india saludando.
Iba anocheciendo y ya refrescaba por aquellas orillas del Pisuerga. Habría que recogerse. El camino de vuelta no lo hizo por los mismos lugares que le llevaran hasta allí. Prefería ciertos barrios sombríos y de casas de fachadas desconchadas, con portales siempre sorprendentes: la zona miserable o pobre en general de la ciudad y que por entonces conservaba aún su carácter.
Eran sólo casas viejas, de paredes de cal desportillada, algunas denegridas y otras enseñando a trechos el fondo de ladrillos, el revoque de cemento terroso. Aquellas tardes, a última hora, con la puesta de sol, paseaba por allí, cuando quizá su desolación se mostraba más a las claras porque no había mucha gente circulando y la soledad absoluta, la distancia, el desapego que mostraban al viandante eran máximos: desnudas paredes rotas y alguna anciana que se escondía en un portal, el niño repentino (¿sería el dueño del zapatito?) que salía. Luz plácida, a veces plateada, blanca, gris, rara vez el dorado del sol afectaba a esas casas de vecinos de los barrios viejos.
De repente se vio en una plaza solitaria con un árbol escuálido en el centro. Ni tan siquiera se distinguían las abuelas que llevasen a sus nietos a pasear en el cochecito. Había unos cuantos bancos en los que nadie se sentaba. Se sentó en uno de ellos. Tenía ante sí un árbol o lo que aún se mantenía erguido de lo que en algún momento fuera un árbol. Sin hojas. Sólo algunas ramas delgadas que tomaban postura de figuras contorsionadas. No una, varias figuras que componían una variedad de contorsiones cuando se puso a rodear el árbol cuya escualidez iba tomando aquellas posturas diversas alrededor del tronco y elevando los brazos o bajándolos y señalando al suelo con una mano y al cielo con la otra; pero ni la mano del suelo ni la del cielo parecían convencidas del gesto y rezaban una oración deforme, de contorsionista que hubiera crecido así, y así se hubiera quedado para siempre. Estuvo un largo rato, con su zapatito de niño en el bolsillo de la trenca y el chinche rojo en la caja de cerillas del bolsillo contrario, contemplando aquella figura de maniquí torcido, derviche extático, rasca-cielos dirigiendo sus dedos larguísimos hacia direcciones impensadas, por allí y a la vez por aquí, no para allá ni tampoco para acá; en conclusión: para ninguna parte y para todas. Vete y quédate. Húndete y levántate. Mírame tiritando en esta plaza como un guardia de la circulación equivocado. Dirigiendo un tráfico inexistente. Llevando y trayendo sombras que ni siquiera se dibujaban a su lado, sombrío el patio aquel o plaza pobre. Discreto árbol que está tan desportillado que no pretende decir que es árbol. Poste señalador. Árbitro del paseo. Conciliador de fantasmas. «¿Qué me dice de lo que le llevo: del zapatito o del insecto? Podría quizá colgárselos de las ramas como exvotos. La chinche roja, con su cuchillo ocelado, podría aprovechar algún jugo de su tronco si aún le queda, esconderse por allí y encontrar su casa. ¿Desde dónde me he perdido para encontrarlos a los tres y no saber adónde se dirigen o por qué estaban allí antes de que los encontrase?» se iba diciendo, suspirante, mientras atravesaba la puerta del Colegio Santa Cruz, ya de vuelta.
chinese-mustard-seed-trees-and-trunks

Señales desde el suelo. 1 (Sala y paseo)

 (Valladolid, 1971)

Estaba escuchando música en el salón de actos del Colegio Mayor Santa Cruz de la ciudad del Pisuerga una tarde lluviosa del invierno del 71. Las notas de Brahms, de Vivaldi y algunos de los conciertos y sinfonías beethovenianos que salían de aquel viejo tocadiscos se le metían dentro mientras ocupaba la butaca roja junto a la cortina del mismo color en la primera fila del salón. A un lado, en la pared de enfrente, una «parade» de vallisoletanos de mediados del siglo XV, un artístico fresco del arqueólogo Wattenberg laboriosamente pintado años antes, se unían a él en un mismo encendimiento musical y todos a una, junto con el propio salón de actos, animado también y a manera de nave espacial, se elevaban y elevaban, con las consiguientes y muy probables molestias en el piso de arriba, donde el director, don Jesús, o mejor el Chuchi, estaba educando a sus hijos en la identificación y clasificación de los peces ciclóstomos. Había dejado su querido ejemplar del Fedro platónico con su cubierta también roja en la butaca de al lado, para que las ondas sonoras le atravesasen sin contemplaciones. Llovía y las oleadas de música se acompasaban con las oleadas del agua torrencial en las ventanas. Las luces parpadeaban. Y cuando ya el estado de saturación alcanzaba ese punto de no retorno, decidió salir a la calle en mitad de la tormenta, como en algún cuadro de Friedrich.
salon-de-actos
El aire se le enfrentaba oscuro por la lluvia, espeso de vahos húmedos, o quizá eran sus gafas empañadas las que colaboraban a la impresión. Todo era oscuro en aquel mundo de piedra gris y ambientes mortecinos, de cafeterías con señores delgadísimos de bigotito y trajes raídos pero bien llevados, de mendigos en las esquinas, tullidos sin pierna, con su muñón lacerante descubierto a la vindicta pública: los había por todas partes. Las calles supuraban estropicios humanos y rostros malencarados; a veces se dejaban escuchar risotadas tristes en viejos portales profundos, risas desgarradoras, como las de cierta boca de Munch reproducida con profusión por una multicopista vietnamita de panfletos. Había barbas como las de Marx de tipos con tabardo caqui y semblante amenazador que se ocultaban en tabernas de obreros (de los que fumaban cuarterón y bebían cazalla a todas horas). De vez en cuando se cruzaba con señoras tapadas con velos enormes que impedían la vista y que por ello seguramente iban acompañadas por otros señores también de bigotito que sufrían como calambres y las trataban con toda clase de ceremonias y miramientos. Seguía lloviendo con furiosos ramalazos que unas veces dejaban salir a la gente y otras la ocultaban, y eso le gustaba. Le hubiera apatecido, más bien, y en ese momento, algún fin del mundo, que eruptase lava como la del Vesubio (bueno, no, que aquello no era Pompeya y Valladolid no tenía volcán), pues entonces, si no, un buen terremoto que resquebrajase del todo aquella catedral que parecía cortada en su mitad por algún cuchillo gigante, o si no, una buena inundación (pero el Pisuerga era pequeño y no daba para grandes riadas o no como las que le hubieran apetecido). Pasó junto a la torre de La Antigua, el único edificio bello de la ciudad, allí esbelta, mirándole desde arriba, distante, y como si fuera inglesa, en su aloofness medieval, venida de otro mundo, diferente (en una taberna de las proximidades solía comprar vino de Rueda y en el ultramarinos salchichón en abundancia para fabricarse un bocadillo o pepito gigante con que saciar las privaciones colegiales -que no eran tales pero que él se inventaba para justificar el ágape los días que le llegaba giro de casa-). Llovía ahora con ganas y había menos gente por la calle. Qué bien, se dijo. Entró en el pasaje Gutiérrez con su cúpula de cristal y la copia en hierro del Hermes de Gianbolonia, tan gráciles. Dio varias vueltas a la rotonda central y contempló por enésima vez los cristales de la claraboya golpeados por la lluvia, como lavados y sumergidos. Por un momento se vio capitán Nemo en el Nautilus mirando las profundidades por otra claraboya. Salió a la calle y, cuando pretendía atravesar la Plaza Mayor para salir por el Imperial y San Benito hasta La Rosaleda, lo vio. [continuará]

Pasaje Gutiérrez

El negro bosque

Borneo Selva

Isolés dans l’amour ainsi qu’en un bois noir
Paul Verlaine

El bosque, el negro bosque, así lo llamaban en la región, por el efecto oscuro que producía desde lejos, en mitad de los campos de trigo y cebada; bosque de perímetro redondeado, tan compacto en su figura aislada, en aquel lugar inesperado, que nadie se explicaba cómo había surgido allí o quedado tan sólo aquel resto boscoso si el otro bosque supuesto, el más extenso y del que éste fuera el último resto, hubiera poblado toda la comarca. Quizá se tratara, supuse, de algún antiguo reducto de caza que los labradores del lugar no hubieran logrado arrancar al señor feudal de la zona ‒aquel marqués o sus antecesores en la propiedad‒. Los campos eran ahora del común del pueblo, menos quizá el bosque, durante mucho tiempo dominio de los señores. Ahora formaba parte de los terrenos municipales y por ello se hacía raro que no lo hubiesen talado ya para venderlo a las constructoras o aprovechado su madera, pues si así lo hubieran hecho, e incluso si repoblaran con nuevos árboles los ya cortados, no se vería semejante densidad arbórea como se veía ahora. Sería un bosque normal, un pequeño bosque de hayas y pinos ‒parece que sobre todo pinos‒ con alguna encina y robles en su centro; pero no aquella concentración de malezas y arbustos que rellenaba los espacios entre árboles tan próximos y que no facilitaba la entrada ni el recorrido, sino que los había impedido de tal manera que no sólo no se distinguían senderos en él para su trayecto sino que lo impedían casi por completo. Además, por los alrededores se había extendido cierta leyenda o bulo sobre caballeros perdidos y, más tarde, vecinos desaparecidos como destino aciago de todos lo que se hubieran atrevido a cruzarlo o penetrar en sus espesuras.
Aquella tarde, cuando llegué al pueblo y me di un paseo por la cercanías, allí lo vi en medio del campo de trigales sombríamente alzada su mole de árboles, sobrevolados por algunos pájaros que acudían desde lejos para anidar junto a un arroyo local, un pequeño riachuelo que lo atravesaba y cuyas aguas, tal se decía, eran más puras y benéficas para el regadío después de cruzarlo y llegar al siguiente pueblo que en el nuestro antes de hacerlo.
Tengo familia en el pueblo y aunque no nací en él suelo acudir en cuanto puedo, de vacaciones, o en las fiestas de verano. De niño no me atrevía a ir por allí (al bosque, me refiero) porque tenía miedo de todo lo que se contaba. Hacía como los demás: lo contemplaba desde lejos. Después me fui desinteresando de todo aquello: unas curiosidad más ‒pensaba‒. La verdad es que por entonces, en la adolescencia, cuando vivía ya en la capital y aunque solía volver al pueblo por temporadas con la familia, había perdido ya interés por bosques y árboles y la naturaleza en general. Los consideraba como “cosas del pueblo” que no podían competir con las otras, las cosas de la ciudad, mi nuevo ambiente y mis aficiones deportivas (el fútbol, el ordenador, los juegos electrónicos, lo que hace ahora un chico normal, pero que entonces todavía no se había universalizado a todos los sectores de la población). Aquello del pueblo quedaba lejano y limitado por mis nuevos gustos urbanos.
Hubo de pasar cierto tiempo, y ya en la universidad, para que fuera retornando con nuevos ojos al pueblo. Mi vida sentimental se había complicado: varias amistades femeninas intensas iniciadas en el ambiente de mis compañeros de facultad me habían devuelto a las fiestas del pueblo, a las que invitaba en ocasiones a los amigos…y a algunas amigas escogidas. Lo pasábamos bien y a veces lograba alguna conquista amparado en el nuevo ambiente ‒nuevo para ellos‒ del pueblo y sus múltiples atractivos festeros y verbeneros. Las fiestas del pueblo eran punto fuerte, pero tampoco entonces me sentí interesado en exceso por renovar mis contactos con el viejo y negro bosque. Lo veía cuando pasaba en el autobús por sus cercanías y algún amigo me preguntaba por aquel raro cúmulo de árboles allí arracimados en mitad de campos de secano. “Una curiosidad de nuestro pueblo”, les decía, sin más.

Habíamos salido del pueblo a dar nuestro paseo de enamorados. Uno de esos paseos en que se pretende lograr una atmósfera de intimidad lo bastante intensa como para facilitar acercamientos y pulsación de pieles (o, en su defecto, de telas y sus miembros notándose debajo) o ambas cosas e incluso palpación con hallazgos lo bastante operativos como para que las pieles bajo las telas se dejasen también palpar o se palpasen más que las telas al final del ritual de los besos y obtener así como comprobantes del progreso alcanzado abundante producción salivar y de otros jugos manifiestos en las sombras húmedas del pantalón (“creo que te has mojado un poco”). Elementos todos ellos en juego tras un ceremonial previo que incluía una larga serie de preámbulos y timideces, aproximaciones lánguidas hasta poder pasar a una segunda, o quizá tercera, fase más propincuas y adhesivas.
Nos hallábamos en esta segunda o tercera fase cuando divisamos el bosque. Su habitual negrura intimidatoria ahora nos atraía y ya no parecía tan negro según nos acercábamos. Los árboles en su conjunto mostraban un tono verde profundo agradable y movidos por una suave brisa de la media tarde parecían inclinarse gentil y cortésmente a nuestro paso, que recorría el perímetro en busca de una entrada practicable que no se dejaba encontrar. Fuimos aproximándonos para acabar distinguiendo (después de superar un foso de cierta altura que deslindaba el bosque de los campos de trigo y cebada, y que me obligó a hacer alarde de mi capacidad saltarina y a operar sutilmente con mi compañera para ayudarla) una pequeña abertura al fin, una puerta mínima entre la maleza y los primeros troncos.
Íbamos por entre las zarzas de aquella lujuriante maleza y sus ramajes y zarcillos se adherían a nosotros insistentes mientras caminábamos. Al principio nos dolían los arañazos y las heridas de sus púas y espinas y las de ciertos morales silvestres de los que colgaban como tentáculos, y que exhibían ‒según notamos, una vez acostumbrados a tales molestias- frutos maduros de sorprendente tamaño, gigantes para nuestro aprecio, más allá de todo lo que una mora normal pudiera dar de sí a una mirada inexperta (sería alguna variedad asilvestrada, fruto de antiguas plantaciones exóticas: moras chinas, quizá, barrunté). Daba la impresión de que aquellos árboles tan juntos ‒quizá pinos, aunque había también robles y algún haya‒ favorecieran de alguna manera su crecimiento: los morales abundaban e invitaban a la degustación, de la que no nos privamos en un recorrido el nuestro dificultado por la proximidad de los árboles, unos junto a los otros, sin dejar casi espacio para el tránsito, constantemente entorpecido por las malezas y setos de todo tipo y la notable condición hostil de sus púas y espinosidades apreciables en sus cortantes filos. El sendero era muy estrecho y casi ni existía y el bosque se cerraba a nuestro paso hasta un momento en que notábamos cierto resquicio de prolongación. Una inesperada humedad (era una zona de ardiente secano y estábamos en agosto) se notaba cada vez más pegajosa en proporción a nuestra andadura ahora acompañada de los chirridos de los insectos (serían grillos o cigarras o ambos), el tronar de las libélulas ‒enormes según el rugir de sus motores‒, el croar de las ranas y una sobrevenida e inundadora lluvia de anfibios y reptiles como sapos y ciertas culebras particulares del tamaño de anacondas tranquilas y lentas. Una inusitada salamandra descomunal de tipo oceánico antiguo, con la apariencia de un varano blando, nos había ido acompañando, discreta pero insistente, casi desde un principio con la boca abierta a intervalos como si quisiera romper a cantar. Aquel croar de ranas, sapos, nube de libélulas trepidantes y salamandras gigantescas vigilaba nuestros pasos ¿o los protegía y nos estaba escoltando? No podría asegurarlo, pero nos trasladaba una sensación de vida animal espesa, densísima y a la par tan expectante… ¿Nos habían estado esperando para escoltarnos, para ampararnos en aquel difícil trayecto?
Semejante zumbar de vida anfibia y reptiliana fue aminorando según nos aproximábamos al centro conjeturable del bosque y fue entonces cuando nos topamos con un prado, un claro repentino en mitad de las mismas malezas: un prado impecable, como de rye grass, y en su mismo centro un pozo azul o que, al acercarnos, así se veía por la oscuridad que tomaba el verde habitual de las aguas de aquel arroyo o riachuelo enano que cruzaba el boscaje ‒el mismo que pasaba por el pueblo‒ y al que los árboles rodeaban formando círculo.
Era un prado sencillo junto al arroyo que, al pasar por aquel paraje, se ensanchaba lo bastante como para formar una poza o minúsculo lago de aguas azulinas y, por el color, profundas. Más tarde supimos que aquellas aguas azules comunicaban con un manantial subterráneo que, gracias a cierto fenómeno de oquedades geológicas caprichosas, dotaba a la poza de una notable profundidad y le añadía unas aguas de un origen diverso al fluvial, casi siempre de aguas escasas y no demasiado limpias, a que el arroyo venía acostumbrado hasta aquel lugar y como es corriente.
Metimos las manos y notamos una tibieza en el agua que contrastaba con la frialdad habitual del arroyo que procedía de montes nevados cuando traía caudal. Aquello incitaba al baño. Como no había nadie por allí, a excepción de nosotros, para fisgonear nuestro chapuzón ni era verosímil que alguien nos hubiese seguido, nos desnudamos y probamos golosamente aguas tan cálidas como invitadoras.
Una laxitud, un desmadeje de miembros, como el que favorece un buen baño de bañera, una chocante enervación, se adueñó de nuestros cuerpos. Nadamos e incluso buceamos un buen rato aprovechando el notable placer que nos producía el mero hecho de que estuviéramos metidos allí, en la poza, contemplando el cielo. No podíamos calcular hasta dónde alcanzara su profundidad, en nuestras inmersiones; la poza no era muy ancha y mediría lo que una piscina de chalé, unos diez metros: unas pocas brazadas eran bastante para cruzarla. Pasamos así un rato largo, entre brazadas, retozos múltiples y tentativas buceadoras en busca de algún límite a sus honduras, lo que no nos había sido posible concretar sin el peligro de habernos quedado dentro para siempre. Nos dimos cuenta entonces de que la noche se acercaba y no habíamos calculado la hora que era. Habíamos perdido conciencia del tiempo y suponíamos que no llevaríamos más de cinco minutos allí cuando debían de haber pasado varias horas.
Dulcemente cansados y a la vez poseídos de una encantadora inquietud, y en espera de ulteriores novedades, dejamos el agua para tumbarnos en aquel prado deleitable y mullido. Fue inmediata la sensación de vernos imbuidos de una fuerza desconocida que se iba extendiendo por miembros y órganos en correspondencia con la atracción que todos ellos estaban sintiendo hacia sus correspondientes en el sexo opuesto, como si las baterías interiores se hubieran llenado de una electricidad fluida después del baño azul. Sin saber cómo nos hallamos abrazados: los cuerpos desnudos y húmedos se nos habían trabado en un abrazo inevitable y necesario. La belleza absoluta clavaba el instante, detenía el tiempo, y nos poseía y nos invitaba a hacer del abrazo unión férrea y de los cuerpos lianas inseparables. Me hundí hasta el fondo en ella, casi sin notarlo y ella me replicó abriendo su abismo sin fondo. Insistíamos ansiosos en aquella unión tenaz de miembros, dando y recibiendo, subiendo y bajando, verticales y horizontales, brazos y piernas y todos los miembros móviles en vaivén de inevitable y precisa maquinaria. Estuvimos así largo rato, imantados, suaves y tenues a la par que invitadores y receptivos. Fuimos un solo cuerpo rítmico y balanceante, reiterador del abrazo y la atracción fricativa. Con todo cuanto pudiera unirnos, nos enfundábamos el uno en el otro como para crear algún tercero, un tertium quid, un nuevo ser que nos anduviera pidiendo nacimiento instantáneo tras de aquel encuentro casi vegetal.
Cuando quisimos darnos cuenta ya era noche cerrada. ¿Cómo volver entonces sin medio de orientación alguno? Mejor quedarnos reiterando una vez y otra la escena ya descrita hasta que por fin se nos hizo de día.
Por suerte habíamos avisado en nuestros hogares de que no era imprescindible que se nos esperase a cenar porque era casi seguro que pasaríamos la noche en la casa de unos amigos donde escucharíamos música y prolongaríamos una charla interminable, como es lo habitual en estos casos. Así que nadie preguntó por nosotros.
Al día siguiente, tras despertar y vestirnos en silencio, volvimos por los mismos pasos de la tarde anterior con la sensación de irrealidad del que ha sufrido un trance, una fiebre, y de que todo no hubiera sido más que un sueño. Se nos antojaba imposible lo que habíamos vivido en aquel bosque. Nos sentíamos inexplicablemente consagrados por nuevo sacramento, unidos por una experiencia compartida y de la que no tuviéramos precedentes. ¿Qué es lo que nos había pasado? ¿Fue el baño en el pozo azul el culpable? ¿Es que algo en sus aguas nos había arrastrado a realizar aquella locura durante una larga noche de amour fou, de furiosa unión física casi aniquiladora? Recordábamos cierta película japonesa que habíamos visto juntos y que mostraba situaciones equiparables y de la que ya habíamos hecho comentarios jocosos y descreídos en ocasiones, pero aquella unión hasta confundirnos en semejante abrazo interminable no tenía equivalente. Aquella noche no se podía igualar a las otras de entusiasmo amatorio desenfrenado, ni por el hecho de que el bosque nos hubiera arrastrado hacia semejante paroxismo ni por aquel baño reconstituyente y medicinal que, en aguas quizá termales o de un termalismo aún no estudiado por la ciencia, nos había dotado de ímpetus y fuerzas incomprensibles e inauditas. Algo más debía de haber en todo aquello y que nosotros no éramos capaces de adivinar ni de precisar en sus causas, pero sí de sentir como irreprimible anhelo de continuación. A los dos nos sobrepasaba la experiencia y sólo sabíamos que queríamos repetirla, regresar infinitas veces y volver a vivir una exaltación semejante. Habíamos estado unidos, ambos el uno al otro, pero a la vez nos vimos transformados y vinculados hacia algo más, pero ¿hacia qué?: ¿era al bosque?, ¿al pozo azul? ¿A qué?

Bae, Bien-U, Korea. Pinos1

●●

Volvimos una segunda, una tercera vez, y siempre que pudiéramos ocultarlo para no despertar sospechas por aquella clase de actividades conjuntas y anómalas. Aquello era lo nuestro, no podíamos abandonarlo, perderlo, ni menos comunicárselo a otros. Era nuestro tesoro personal, el que nos constituía como lo que ya éramos a partir de aquel momento. Dos en uno. ¿O dos en tres?
¿Qué nos había hecho ser desde entonces los amantes del bosque? No nos importaba demasiado saberlo; sólo queríamos mantenerlo en secreto: para nosotros y para nadie más porque vivíamos de ello. Si nos acostábamos en cualquier otro lugar que no fuera el bosque nada de lo vivido allí se repetía. Era entonces un amor degradado y fácil, convencional. Sólo cuando podíamos volver a entrar en aquel bosque, habitábamos otro género de placer que era algo más que placer. Ya no queríamos vivir sino en el bosque. Resultaba difícil hallar ocasiones favorables para que nuestras visitas al lugar no despertasen sospechas y las enmascarábamos con múltiples excusas para no facilitar pistas a nadie sobre nuestras verdaderas intenciones. Cualquier subterfugio explicativo, mal planteado, daría lugar a inquisitorias y preguntas de complicada respuesta. No podíamos dejar resquicio alguno.
Con todo, la extrañeza por nuestras escapadas se fue difundiendo entre los amigos. Algo hacíamos juntos fuera de lo normal. Se nos veía como trastornados cuando regresábamos al grupo y procurábamos disimilar lo indisimulable. Una alegría nueva nos poseía y era algo cada vez más evidente por ser cada vez más persistente. Estábamos “cogidos” el uno del otro y nadie dejaba de notar que las noches que pasábamos lejos del pueblo tenían que ver con nuestro estado “distinto”(“¿Qué hacéis por ahí?”, “¿adónde vais?”, “¿qué os pasa?” “Es que os lo pasáis tan bien que venís transformados” “¿Cómo es eso?”, nos decían algunos con sorna y una descarada intención de acechar el secreto. “¿es que os vais a alguna fiesta con “extras”, alguna fiesta especial para vosotros dos solos?”). Respondíamos con evasivas, pero volvíamos. Una vez y otra. Ya no podíamos dejar de volver y volver al bosque. Más que nuestra relación sentimental, podía en nosotros, en nuestra nueva alma única, el bosque como el responsable de haberlo provocado, alimentado y contenido. Éramos los dos y lo que el bosque hacía de nosotros dos y lo que hacía era algo más que nosotros dos y que a la vez nos distinguía en nuestro amor como diferentes a otros. ¿Cómo dejarlo? ¿Cómo atrevernos a volver a ser unos novios, una pareja más de enamorados?
El bosque se había apoderado de nosotros para siempre.

●●●

Bae, Bien-U, Korea. Pinos2

Fénix

Desde lejos,
aleteando entre escombreras y restos de algas,
entre la cochambre abandonada de los días antiguos,
viejos ya,
aleteando gélida entre la hierba abandonada,
las malezas, las moreras de maduro fruto,
desasida, arrastrada por el viento que surge inesperado
de las aguas infectas, de los pudrideros ciudadanos,
entre las gentes silenciosas y olvidadas,
entre muros de obras derruidas,
seco el aire,
con el pico hundido entre las plumas,
aleteante,
con vuelos rasos entre los restos pútridos de las flores
regaladas y abandonadas,
los ramos de las viejas flores de los cumpleaños húmedos,
desde las lejanías intransitables de las tardes anticuadas,
tardes de salón, de té, de pastas revenidas,
de grandes almacenes, de compras vespertinas,
tan alejada que ya era imposible verte porque el aire se interponía
y su vaho empañaba las miradas que anhelaban llegar sin conseguirlo.
Desde entonces,
desde el tiempo que se queda congelado
en los entresijos de los ladrillos de los muros de obras desvencijadas y abandonadas,
desde aquí o desde allí,
desde todas las puertas de que cuelgan los emblemas que se enarbolan trabajosamente para identificarnos,
desde los nombres olvidados que te nombran,
ave de paso,
ave de venidas y llegadas y de largas travesías
y de encuentros en lagunas invisibles,
de llanuras deshabitadas,
de bosques hundidos en la inexistencia,
desde los páramos de la llanura pedregosa,
desde lejos llamando, transida,
atravesada de los hielos tardíos,
de los calores y el extremoso bochorno.
Desde aquel lejano día,
desde entonces, desde aquí y desde allí,
desde los tiempos que no vuelven
y se acomodan entre almohadones y sillas desportilladas,
entre las zarzas del bosque imposible,
el negro bosque hirsuto entre los campos del trigo y la cebada,
bajo la mano poderosa de dioses inventados y amables,
dioses de tercera, de segunda regional, dioses de tres al cuarto,
desprovistos de tiara,
desde la antigüedad fantástica y olvidada,
desde entonces
te voy llamando, ave lánguida, ave húmeda,
de alas mojadas,
enfriada por los vientos arrastrados desde las aguas vírgenes,
aguas azules y resecadas;
allí entonces aleteabas,
saltabas entre los setos y las moreras de fruto negro,
absolutamente moradas y negras y maduras de sabor dulce,
desde las antiguas excavaciones de los lugares sagrados
que buscan al dios escondido entre latas oxidadas de conservas
y mermelada,
desde la antigua ciudad que se esconde en las escombreras,
desde allí, desde aquí,
entonando canciones de viejos diablos desahuciados,
de diablesas cariacontecidas y plorantes,
te animo a que alces el vuelo,
levantes las alas, y enfiles el pico al cielo.
Vuela ya, ave de los viajes y de los trayectos,
de las idas y venidas,
ave perdida entre marjales,
ave de vuelo bajo,
ave de tiempos desenterrados.

phoenix-byodo-in-1053AD-Heian-in

Mirlo descarado en la terraza

No pasa nada. Pero a veces ves desde aquí saltar a un mirlo por la terraza con brincos silenciosos y breves. Picotea dentro de los tiestos; revuelve la tierra en busca de algo; investiga con cuidado lo que hay en su terreno (él piensa así). Miro lo que hace cuando le veo cómo trastea. Su pico rojo destaca sobre las plumas negras. Hace lo que le parece bien y revuelve tierra de los tiestos: en ocasiones se la ve brotar y caer al suelo de la terraza.

No pasa nada: el mirlo hace lo que sabe hacer. Me río cuando lo veo saltar. Hay otras cosas que también pasan, pero no destacan como un mirlo.

Mirlo

«Entre los baratillos…»

«…in the pitches of the night.»
John Wieners

Entre los baratillos de la noche,
donde habita la nada culebrera
reptando por oscuros escondrijos,
donde querer y tiempo se confunden,
en la perdida senda de los días
malgastados en sórdidos deberes,
en la tierra de nadie, ese tugurio
infecto de lagartos y tritones,
de salamandras viudas y ratones,
en la tierra gastada por el tiempo,
en el tiempo gastado por la nada,
en la tierra de todos malgastada,
en la cama doliente de los torpes
allí vegeta un santo en su pacato martirio,
el que hizo de su vida juego fácil,
un entretenimiento para bobos,
una dulce inconstancia, una sonrisa
torcida en mero gesto de su rabia.

Paul Klee, Ab ovo, 1917

Coro de hojas

Veo hojas mutiladas por los suelos; déjanse llevar, yerguen su esquina bífida, mueven el labio inferior, abren sus crótalos. (La difícil aventura de caerse al suelo). Y no hacen ruido, cáense del todo, con la cabeza para abajo.

Veo hojas deslizándose bajo los muebles, hurtándose a las miradas indiscretas, empolvadas hasta parecer grandes cocottes; llevan el escapulario verde de los animales, las hojas que entran en los cuartos por equivocación, que se esconden porque sobran de tanto rodar por los suelos, las hojas secas, las hojas verdes, las hojas que se estiran hasta caerse de sus plantas, que se levantan con el viento para reunirse todas juntas en algún patio y empiezan a cantar.

?????????????

Fantasma

como fantasmas de mediodía

Gerardo Deniz

sundry patches of the macrocosmos

E.P.

Su aparición no admite leyes y se produce sin previo aviso y quizá tan sólo sea un amago confuso de las cosas, un cierto gesto que no tendrá continuidad. Exige condiciones de manera perentoria: una soledad absoluta en su contemplador, ausencia de testigos molestos y no invitados; incluso de expectativas, más aún, del más mínimo deseo ocasional en el contemplador. Nada ni nadie que la espere. Si algo o alguien la espera, desaparece para no volver. Es la misma condición de lo inusitado en las ninfas: su borrosidad, su fantasmagoría. Se acerca sin saberlo ella misma, se deja llegar. Algo la atrae en el agua de lo viviente sin haberlo pedido ni necesitado. Es posible que alcance a desvincularse del sujeto real que la ha provocado o invocado inconscientemente o que haya creído que llamaba a otro y ella era la convocada. A veces se escapa de algún cuerpo real viviente y se deja llevar por el viento de las carencias sentidas en lo que sobrepasa nuestra personalidad. Tiene momentos favorables de aparición, que se notan en la extrañeza ocasional vivida en la cosas, en nuestro mundo a mano. Cuando éste se nos revela más extraño que lo que suele, ya estamos en condiciones de recibirla. Es la recepción de algo que faltaba. No es una visita de cortesía. Es posible además que el sujeto real del que se desprende voluntariamente no quisiera acudir, y por eso mismo lo hace su fantasma. Nunca se la debe recibir con sorpresa o una sensación de maravilla porque esas actitudes vulgares la asustarían y de inmediato se vería rechazada por el prosaísmo y rusticidad del mundo. No. Debemos aceptarla como algo natural, un objeto más de entre las cosas, y convivir con ella sólo unos instantes. Sólo unos momentos porque siempre es fugaz su visita. La ves y no la ves. Podrías haber concertado una cita con ella, una cita en sueños, como cuando en sueños algún objeto inexistente, pero muy apreciado, desaparece o te lo roban. Su aparición entre los sucesos cotidianos se añade a ellos como un dato más, que, si fuera puesto en duda, desaparecería ipso facto. Bebe de las aguas de lo impensado, de lo irreal. En cuanto toleramos mojarnos en ellas, empieza a encontrar sitio. Esos ríos de las ninfas son los que nos ponemos en la mente cuando damos a las cosas la libertad de acogida, las vamos humedeciendo hasta que ríos, lagos, orillas de mares que nos llevan y nos mueven, conmueven lo inmóvil y lo hacen flotar; cuando todo flota, ella también se encuentra cómoda en las calles y las plazas que le hemos dispuesto para que pasee y nosotros así podamos pasear por ellas. Dejarse vencer por la sensación de imposibilidad es negarle la existencia. Y se muere. En un segundo. La duda la mata. Sólo una fe involuntaria, no querida, sólo sida, dejada ser, le da el aliento que le hace falta para seguir viva a nuestro lado.

Si la ves, compañero, no la mires demasiado intensamente, no la desees demasiado porque es ella la que sin parecerlo ya te está contemplando y te desea. Cógela de la mano, suavemente, y tan sólo mírala un instante y dile que te acompañe por favor el magro lapso de vida que su presencia te inventa al mostrarse y te hace por un momento el fiel escudero de la dama soñada.

Perugino, Maddalena01

¿Por qué aquella infancia…?

¿Por qué aquella infancia vuelve siempre con fuerza? ¿Por qué las escenas parecen de ayer, inmediatas, con los colores nítidos, la atmósfera, la niebla brillante que envuelve sus destellos más nimios, por qué está tan cerca, tan querida, tan inexquivable?
Los renacuajos, las ranas, las lagartijas, los charcos, las orillas fangosas del río, amenazantes al principio, cuando te acercabas como aprendiz, turbado por el chirrido de las alas de la libélula, la araña sorprendente en mitad de los juncos, los zapateros saltando bailarines en un agua que ni tocan; algunos peces pequeños y furtivos que se atreven a rozarte los pies (pequeños barbos, negrises los llamaban en Medina de Pomar), las tijeretas surgidas de entre la tierra húmeda de las malezas, ciempiés, milpiés, escolopendra, oruga, grandes gusanos largos como cordeles extraídos de sus agujeros húmedos.
La lagartija que pierde su cola fácilmente en la maniobra de enfrascado (los frascos de cristal o las latas que llevábamos, mi primo y yo, para el traslado). No llegué nunca a ver ‒excepto fugazmente y una sola vez‒ un lagarto lo bastante de cerca como para que la palabra “lagarto” tuviera sentido. Sí que había unas lagartijas grandes que hasta mordían en defensa de su independencia.
Los pájaros del bosque, gordos, grandes pájaros (grandes para tu sistema de medida) multicolores y de pico grueso que mataste aquella vez con la carabina de aire y cayó en el seto y no lo encontrabas.
La comadreja, víctima igualmente de un disparo, o de varios con que la remataste, y trasladaste su cuerpo como un trofeo, la comadreja de boca raguñada.
¡Qué instinto de apoderamiento, de tocamiento y de posesión, destripamiento, asesino, criminal buscador y destructor de bichos, cazarranas, matarrenacuajos, gusanoricida, salamandrotóctono. La salamandra, ella tan extraña, o el tritón, su especie de marido, con aquellas branquias o barbas que le salían de las orejas.
Todos muertos o en cajas de cartón, donde los metías para su comodidad, y no te duraban vivos ni dos días. Deslizantes, grasientos, retorcidos, esquivos de tus dedos ansiosos que los buscaban, los perseguían debajo de las piedras y entre el barro, el de los charcos del río y los charcos de la lluvia, en los caminos, donde hasta a veces encontrabas ranas pequeñas o renacuajos llevados por la nube o la tormenta. Los días lluviosos y oscuros, junto al río, con la caña y el cordel de hilo de coser, atado a un alfiler doblado, y cuando pescabas algún negrís o pececillo rancio y brillante y culebreante y te lo llevabas a casa para que tu madre lo friera.
Ese ansia de poseer al animal vivaz y libre y accesible y bello, que se retuerce entre las manos, que pierde su cola de lagartija, que pierde su tripa de renacuajo, el pájaro con el balín atravesado en el plumón mojado de sangre, la araña aplastada. No viste a la serpiente, excepto ya tarde y mayor, cuando ya no había deseo de captura; la viste un instante cruzar rápida el arroyo.

Orillas del Ebro
Orillas del Ebro

Circo a la orilla del río

«Algunas veces nos deteníamos junto a los carromatos del circo de los gitanos. Eran unas especie de caravanas con gruesas ruedas de goma. La palabra “CIRCO” destacaba en letras algo torcidas. Un niño pequeño con una camisetita corta y el pito al aire daba botes por allí; tiraba puñados de tierra a un anciano sentado sobre unos sacos que, imperturbable junto a su bastón y muy serio, miraba por debajo de su visera a ninguna parte. Dos niñas de greñas aceitosas reñían con una señora algo gorda que amenazaba sacudirlas con un palo. El que por su corpulencia parecía el dueño del tinglado ensayaba, entre triste y aburrido, un número de aros. Un perro dormía justo debajo de las ruedas de goma. “A ver si le aplastan”, pensé.»

Circo en la orilla del Ebro

Paseo vespertino

En las tardes que pesan como pesa el grueso de la carne endurecida al aire libre; cuando, por el calor o la negrura de las calles sofocantes, atraviesas las aceras, pasas a la de enfrente y te dejas llevar por ese mismo ritmo de los serios y ensimismados viandantes, y vas tú también al compás y ocupas igualmente ese sitio que la fila inmensa de la soñolienta muchedumbre te presta para que lo uses como debe todo ente responsable.

Tú, que vas a tu aire, que te ayudas del calor de la tarde, y te apoyas también en el vaho que se eleva desde abajo, desde los pies arrastrados que patinan si es que encuentran en el piso de la acera una superficie tolerable.

¡Y qué cansino esto del andar despacio por las calles todas esas tardes de un sitio al otro, por encargo de algún deber anónimo e inevitable, sin más ni más que andar, que ir de aquí para allá, ocupando algún lugar, ese hueco, una labor urgente, un recado, pasos lentos, la bolsa, los alimentos pendientes de la jornada y unos ojos que se entregan tontamente a quien les pida su parte reasignable!

Vas y miras y ves que van y vienen, tan secretos como tú, sin más ni más, como siempre, en busca de ese algo más de aire, ese aire que en tan contadas ocasiones se te vuelve respirable.

IMG_0125

Pasajeros de estación

Vamos enfundados cada uno dentro de una forma particular, con un ritmo que corre por los suelos de la estación de autobuses. En esa forma y con ese ritmo nos envuelve un aire propio de nuestro estar: es la burbuja de cada uno, con su aire y ritmo propios, la que nos arrastra.
Somos despacio, a veces muy lentamente, el que se deja llevar por su propia burbuja, por esa ropa de morado y granate y grises armónicos con ojos orientales y ausentes: aquí mismo delante de ese movimiento de ojos y pies al compás.
La otra que masca su chicle, mientras echa la cabeza leve hacia atrás (ménade griega ocasional) y la que se curva con su abrigo de relleno marrón: se curva hacia dentro para consultar íntimamente un móvil que aferran sus manos firmes dejándose arrebatar por la oración profunda.

Russell Lee, People_in_the_bus_station._Welch,_McDowell_County,_West_Virginia

Somormujo

Cuando bajábamos por la orilla del Ebro lo veo de repente salir a la superficie y pienso: «somormujo» no porque identificase al pato que así se llama, sino que la palabra me viene como si fuera un pensamiento completo (eso que denominan una proposición), algo que definiera un acto o ejecución artística peculiar, la que acabo de ver como que estaba pasando en el río. No es un nombre lo que me llega (aunque lo fuera) sino que lo siento como un verbo. Ya sé que no hay una forma verbal de presente «somormujo» como no hay un verbo «*leonar» con su correspondiente «león» en cuanto mejor representación verbal del acto de aparecer con una gran melena pelirroja y rugir. Aquí me pasa algo parecido en ese sorprendente instante en el que contemplo el agua intacta, impecable hacia la mitad del cauce y entonces surge de las profundidades, de la nada, aparece, y la manera grácil, tan elegante de hacerlo, aparentemente descuidada pero inimitable (los otros patos de la esquina de los juncos no hacen lo mismo), un modo de aparecer desde el fondo tan «suyo» que nadie pudiera decir ante lo que ha presenciado otra cosa que «somormujo».

SOMORMUJO

«46 motorcycle»

«La verdad es que…» acierto a escuchar; y solitario y apresurado decía luego cosas parecidas a: «glóbulos, mérulos, mamboretá, glucios, vírgulos, estupiñá», indicaciones sonoras velocísimas de origen bucal o borborigmos similares, agrias ininteligibilidades, emisiones de puesta a punto del sistema amplificador ―¿como en los grupos musicales de las verbenas?― de posible contenido reivindicativo o de protesta social. ¿Autómata por la acera adelante y tú detrás esquivando automóviles para no perder ripio ―«fláccidos, cártulos, porvenirá, cómputo, gámbito, quesudará»―, rasgos indicativos de alguna vida orgánica, confirmaciones al menos de un sentido superior al que el simple letrero escrito a la espalda de una camiseta roja de verano trasladara con esas cifra y categoría que ahí arriba se copian?

46 motorcycle

Zonificaciones

Antes de buscar alguna fórmula cualquiera para definir nuestras opciones, o mejor aún, nuestras predilecciones, o el territorio de lo que sí, parece que, si pretendemos lo concienzudo, porque es posiblemente lo más práctico, lo que nos interesa más bien quizá sea definir aquello que no, acotar el territorio de nuestras exclusiones, como posiciones negativas, a fin de que sean ellas las que se encarguen solas de la faena, pues antes de ir dibujando el terreno que se deja sin negar, el bueno, el blanco, el que se salva, se trataría, por el contrario, de separar todo lo que reste y así resulte perfectamente perfilado por cuanto hayamos ido rellenando el espacio en litigio de negro excluyente: cuando obtengamos ese conjunto lo bastante negro entonces tendremos asimismo, y sin mover un dedo y por contraste, todo aquello blanco que se haya visto delimitado, ese ansiado positivo de un su negativo ya sobreabundante y que nos ofrecerá de paso y precisamente por ello el territorio escogido y tras cuyo rastro perecíamos.

Porque no buscábamos la negación per se, sino que la habíamos utilizado como fiable procedimiento definitorio. Tal como debe hacer un «agrimensor de lo básico» cuando calcula y mide y distribuye y fija, así también debe hacer quien quiera dejar bien claro todo lo que no le interesa y lo hará así porque no halla modo más eficaz para determinar sus preferencias. Ha presentado sus no preferencias, sus no cumpleaños, porque desea asegurarse y garantizar que no quede nada fuera, al albur volátil de los equívocos. Quiere que se conozca su verdad negativamente recortada y que el público no se engañe al interpretarla: su nítido perfil lo impediría.

Al final y sin haberse dado cuenta del todo, arrastrado por el entusiasmo profesional, obcecado por la práctica de un oficio tan bien aprendido, el cuidadoso delineante ha ido rellenando de negro absoluto, de un negro  nítido, mate, que horada sistemático y una a una todas las blancas oquedades intersticiales, el total de la materia así mensurada, como debe saber por su oficio cualquier técnico responsable.

Blanco es ahora lo que ya no queda, un blanco carcomido que no existe, que no luce ni tiene color.

Musial-Artaud
Musial-Artaud

Desligado

Eso que nos es desconocido de lo que creemos saber que somos. Este «creer saber» que habitamos, por un momento se rompe, baja la guardia, desconecta la falsa seguridad y se abandona un rato a lo que tengamos de carne, eso que no poseemos del todo. Se trata entonces de un hacer por desconocerse, por ajenarse de lo sabido. No saberse. No saber qué es lo que somos. Si creemos ser algo, conviene dejar de creer saberlo. Decididamente conviene no saber, desconocer activamente, y actuar desconociendo. Cuando las cosas toman la iniciativa en nosotros, nos poseen, nos arrastran, y lo que nos rodea vive una vida propia, de la que tan sólo somos una parte. No saber porque nada de lo sabido es querido como lo mismo, sino deseado como distinto. Lo distinto de cualquier tiempo ya fijado y previsto. Evitamos su prefiguración, la preocupación previa por lo que pueda o deba ser y sentimos que el único momento realmente vivo es el momento de la incertidumbre, gracias al cual aceptamos lo que el mundo pueda tener de inevitable. Todo puede siempre deshacerse. Cuando vivimos de verdad somos los que sienten que todo está en vilo. En un veremos. No sabemos qué pueda pasar. La sorpresa que nos espera: victoria, derrota, decepción, inesperado encuentro con el monstruo, con la belleza que se ignoraba, con la garra de la vida que siempre se resiste a seguirse a sí misma; que nos quiere, nos pide, nos ve, nos mira, nos dice que sí, que nos espera allí de donde no saldremos como entramos, donde se encuentra al otro –o lo otro cuando se hace persona, lo desconocido cuando se vive como único, lo destinado– esperando. Miradas sobre un cuerpo. Ese pobre cuerpo con que volamos un vuelo de reconocimiento de uno mismo y del otro. Unión entre distancias y proximidades. Nos vemos y nos desconocemos. Nos rodeamos, nos cercamos. Vivimos el momento de la proximidad, de las posibilidades, de los tanteos, de lo imposible. El anhelo de un imposible que pretende vivirse aquí como un siempre con lo que no se quiere saber, lo que no se quiere decir, y por eso se dice lo que no se sabe, el puro balbuceo, el palabreo absurdo y descuidado, las preguntas infantiles sobre la sorpresa de ser el que se es, de tener lo que se tiene. Saltos de adaptación, impulsos de reacomodo y alineamiento en un espacio que se deseara imposiblemente infinito. No debería acabar nunca en su brevedad. Por eso se altera el espacio, para desconocerse, se busca la otra esquina, la forma del dorado flanco que brilla en lo oscuro por el reflejo de la luz de la lámpara (contra’l lum de la lampa), fundida en la luz propia como si fuera ajena y propia a la vez, lee las letras torcidas, que hablen su lengua oculta, nueva y desconocida. Queremos lo tapado y desconocido. Breve cuerpo que no se ve, pero se quisiera ver como no habiéndolo visto nunca. Lo que sale de sí sin haber entrado. Lo que no está y que se quiere por primera vez aquí, de nuevo está aquí, ambos distintos y enlazados en lo que no se sabe. Desconocer siempre y ver venir lo que nunca se deja ver. No querer saber lo que es, porque lo que es no se espera, se anhela lo que no es nunca igual a sí mismo: tu pavor, tu miedo, mi miedo, nuestros vecinos los otros que somos nosotros, los que no queremos conocernos como los de siempre. Dar noticias imposibles a lo que no se sabe. A quien no sabe y por eso sabe más que nadie y que nada. Nada desconoce precisamente cuando todo lo ignora. Ignorar para saber verdaderamente. Para entender dejando que lo que no se sabía se sepa porque sorprendentemente está esperando. Espera y despierta en ti lo que no sabías y esperabas como gran sorpresa. ¿De dónde vienes para encontrarte aquí? ¿De dónde has salido para llegar a ti sin quererte encontrar en la realidad? Te esperan en tu cueva. En lo oscuro. Sabe y desconoce y estás en lo oscuro. Su brillante negrura, luminosa, te absorbe ahora. Ahora la que está siempre y que no pasa, que no sucede en el momento en que todo pasa y sucede. Juntos ahora siendo lo que nunca sabíamos que fuéramos.

(De un cuaderno Status DINA4 de tapas negras, fol.40)

Chagall-GreenLandscape

«¿Termina? Nace»

Se me ha pedido que dirija unas palabras de despedida a los alumnos de 2º de Bachillerato que dejan el centro al finalizar este curso, e incluso se me ha rogado que, en atención a algún antecedente no lejano y en ocasión similar, las tales palabras fueran breves. Así pues, tanto a los que habéis sido alumnos míos de 2º de Bachillerato A como a aquellos otros del 2º de Bachillerato B que no habéis tenido la oportunidad de sufrirme este año como vuestro profesor de Lengua y Literatura, y a todos los demás, a todos los que han ido cursando el Bachillerato en este centro los últimos 34 años y que, claro, ya no están aquí (tanto los del Bachillerato LOGSE como aquellos otros del ya un tanto remoto COU de Letras de Aquel Entonces), a todos mis alumnos en general, presentes y ausentes, dirijo esta despedida.

Parece que esto se termina ya, esto del instituto, quiero decir: al igual que para vosotros ahora, se terminará también para mí dentro de unos meses (mes y medio para ser exactos, y si así lo siguiera permitiendo la Administración y lo tolera la señora Merkel y no les obliga antes a cambiar de costumbres y a sustituir la condición de jubilado pensionista por aquella otra de cesante, de gran solera decimonónica, y motivo de una genial novela: Miau de Pérez Galdós; pero no les demos ideas).

Esto, os decía, termina ya; pero ¿termina o nace? Recordaréis, los que me hayáis aguantado este último curso, que «¿Termina? Nace» es título de un poema del Ángel fieramente humano de Blas de Otero que comentábamos hace poco:

Puede ser que estemos ya al cabo de la calle.
Que esto precisamente sea el fin
o el cabo de la calle.[…]
Puede ser que estemos ahora llegando[…]
y todo puede ser
y puede ser que no sea esta calle.

Cuando escuchábamos esas palabras en clase quizá nos sonaran extrañas o chocantes y ahora, en cambio, notamos que hablan de lo nuestro, de esta tarde, de esta despedida, y también de todas las despedidas.

Nada termina. Todo sigue. Y nosotros, seguimos también. Terminamos, pero seguimos. Terminamos y, si es posible, nacemos. «En nuestro fin estará nuestro principio» rezaba el viejo lema de aquella breve reina degollada. De esa misma calle de Blas de Otero nacerán otras calles y de esas otras y deberemos caminarlas todas o casi todas, deberemos ir más allá y más allá porque ni tiene término el viaje ni nunca [dejamos] de andar, como nos cuenta Espronceda del estudiante aquel de Salamanca, y como nos sugiere también a nosotros, a vosotros y a mí, este camino nuevo que ahora empieza.

No perdáis las señas.

Muchas gracias.

Blas de Otero

Aquí

Quedarse aquí; no por ceguera o falta de ambición suficiente para levantarse y al menos llegar hasta allí donde la propia vista alcanza y sin necesidad de suposiciones, de distancias ni traslados, es verosímil que se pueda llegar, aunque no fuera visible la meta. En cualquiera de los casos preferible seguir aquí, donde las cosas han sabido quedar, distribuir sus naturales habitáculos, de manera que el propio ser se coloque y se amolde en sus extremos con la facilidad del ajuste.
Aquí, donde estamos desde siempre y llegamos por vez primera entonces y provisoriamente nos quedamos a la espera de que alguna formalidad, cambios leves, operaciones administrativas de reajuste, nos permitieran volver a situarnos hacia alguna posibilidad de traslado y el allí se abriera solo a una voluntad preparada.
Mejor aquí, por ahora, mientras se va viviendo la realidad nueva y a la espera de que lo nuevo nos corresponda, nos vaya admitiendo como nosotros lo admitimos a él, aceptando sus diferencias y haciéndolas nuestras y ya no distantes y adversas, sino propias, y así como nosotros vamos volviéndonos familiares a lo que nos conoció distintos y lo homogéneo se adapta a sí mismo y es lo que se reconoce como natural a su ambiente, localización y naturaleza.
Así pues, preferible aquí temporalmente a un posible allí, y no por desconfianza sino por la perseverante facilitación de una concordancia propia que se va sabiendo preparada ya para disponerse como ella misma en su lugar y en su ser adquirido paulatinamente sin distancias ni alteraciones, en lo que admitió que tal como fueron sucediendo los hechos el aceptarlos sucedidos era la misma realidad que dejaba que sus cualidades se hicieran tal y como ya venía predispuesta a ser en un principio, desde antes de nacer.
Y como venía siendo se quiso que lo siguiera y fuera y cada vez más tuviera lugar aquí, en su sitio.

Dentro

Cuando las zarzas disponían sus filos en defensa de su propia dureza intocable y la mano se entrelazaba con la humedad hiriente de las hierbas y la tierra disponía en contra todos sus obstáculos, que recorrían la gama entera de lo blando (aguas, barro) y de lo duro (ensortijadas y laberínticas serpientes puntiagudas), entrar dentro del seto, ocupar aquella casa oculta, era un ejercicio de profanación.
Pero al fin lograbas meterte hasta dentro, y se dejaba atrás la frontera y podías habitar el silencio de la hoja brillante, la hoja barnizada de luz, la calma luminosa de la estancia, hasta que el propio lugar invertía su actitud y la hostilidad primera se iba transformando en un ansia de dominio, de posesión del intruso que, ahora ya podía asegurarse, era alimento preparado, condimentado para una lenta asimilación.

(de un cuaderno; de los 90, conjeturo)

Zarzas

Basuras

Quieres volver a la basura, a la de entonces, la mugre de piedras que había cerca del campo de fútbol, en el patio del colegio; antes, ya en las basuras del Ebro chico, al bajar las escaleras del puente de hierro, hubo algo parecido…pero ¿era la misma clase de basura? No. Habría entonces que distinguir entre un desmonte previo a la construcción de los ensanches de las instalaciones deportivas del colegio, abarrotados de piedras sueltas y sustratos geológicos y donde podías dar con la maravilla pétrea en persona, o la basura tradicional y marrana y maloliente de las tres de la tarde, con latas, restos de tela de ropa rotosa y maderas, con sus ratas bien gordas a las que pretendíamos matar con los tiragomas tradicionales de madera. Ambos conjuntos tenían algo en común: ese caos urbano de los desechos y de las obras, las reconstrucciones con su mucho trasiego de materiales pétreos en un caso, y las montañas de polvorientas rajas mordisqueadas de melón o sandía, sillas de relleno reventado, cajas húmedas y vomitorias de restos de alimento acumulado y en putrefacción. Pero vayamos por orden, y empecemos por los desmontes del colegio y su función casi terapéutica…

(Aquí encima, entre la basura imperante y magnífica, la reina de las colinas y los vertederos, sangrada sangre oscura curtiendo las esquinas dobladas de los cuartos y los armarios inmensamente inmóviles. Todo pesa, todo aguanta hasta el derrumbe. Los restos van quedando arrumbados de su lugar provisional y se esconden, se van ocultando de la vista de todos los días, sobran como testimonios dañinos. Aquí sobran las latas de espárragos infinitamente acumulados y comidos en bandejas, latas elaboradamente paseadas por la mesa como fila blanca interminable, las dentaduras deterioradas, los labios cuarteados, van quedando fuera, en un lugar sobrante. La nada cotidiana deja caer menos restos identificables cada vez, diversificables, distinguibles como únicos. No hay reguero o permanencia en la memoria. La memoria, ya gastada de operar con la basura y clasificarla, establece categorías, grupos, parcelitas de realidad…)

Es algo triste visitar ahora el viejo vertedero donde cazábamos ratas y lagartijas y nos atrevíamos a buscar alguna joya escondida, las joyas escondidas de la antigua basura de las ratas y los desechos.

(Cuando llegan a secarse las cosas, parece desaparecer la vieja riqueza manchada y obscena y oscura y relampagueante de reflejos irisados y fosforescentes mientras pudre. La podredumbre hirviente que vivimos entonces con anhelo. Pero ya está. Todo impecable: las hirsutas cerdas que rascaban al paso de la mano han sido afeitadas).

Entonces ibas buscando trozos de algo, pequeños restos de cajas de madera carcomidos y aún útiles. Te subías a clase con peligro algún pedazo de loza antigua, como si hubieras encontrado maná —recuerda el dibujo genial de Shanti Zubía cuando te pintaba para ludibrio público con aquel trozo de piedra absurda en la mano como el coleccionista de las basuras del colegio—. Mientras que ahora veo el lugar cuando viajo a la ciudad y paso por la acera de enfrente, y lo ocupa una vulgar cancha de balonmano y otras obras de cerramiento hermético y metálico del recinto colegial, de lo que por aquel entonces era un precioso basurero, terreno desmontado y pedregoso, con sus tripas fuera y en situación de obra permanente.
Mi relación con los basureros, tan incitante, tan íntima, tan solitariamente lírica, y tan conscientemente absurda y desesperada. No había otra manera accesible de manifestar el rechazo a lo que nos rodeaba por allí, la repulsión de los curas aquellos de brillosas sotanas, de los compañeros de jerséis y medias deportivas distinguidas y que no paraban de salir a jugar al fútbol, o a jugar al escalextric. Deprimente mundo escogido. Ni tan siquiera con tu compañero Shanti a quien leíste dramatizados El corazón delator y El extraño caso del señor Valdemar, entre otros cuentos de Poe. Ni siquiera él pasó mucho más allá del ofrecimiento de una atención desganada y distantemente curiosa. Entonces te echabas a buscar por los desmontes o, si no, te metías por los recovecos de la casa principal. En aquellos pasillos interminables y llenos de cestones de ropa 
sucia de cama, o así los recuerdas, de aquella tarde en que apareció por vez primera un aparato de televisión en el salón de alumnos (era una especie de club al que te habían apuntado sin demasiado convencimiento por tu parte). Tan desesperada soberbia y soledad dieron de sí basuras, cuarzos ocasionales, algún pedernal aislado y aquella magnífica cueva de las maravillas que no pudiste o supiste traerte a casa; la cueva fantástica de las joyas infinitas, de las piedras preciosas nacidas en la misma roca, que ya habías contemplado en las películas Viaje al centro de la tierra y Las minas del rey Salomón. La cueva mágica, el reino oculto en lo más perdido del basurero: mica, cristales de cuarzo, rojo cinabrio y azules imponderables. Carecías de un libro mediano de ciencias naturales (aquel de Fernando Esteve Chueca en edit. Marfil lo cursarías en 5º, mucho después) con el que comprobar la identidad de las piedras que formaban el interior de la cueva.

Estar en otra parte. Ese fue desde entonces el principio moral. Se trataba de no habitar el mismo mundo. El desmonte de las piedras y los nidos de hormigas (como aquel gigantesco que deshicimos para encontrar los huevos y a su reina) hacían de frontera, de separación radical. Pocos obedecíamos aquel ukase sanitario de radical cuarentena y repulsa de las formalidades generales. Creo que tuve tan solo una compañía de la que fuera algo consciente: sólo «el almirante», quiero decir aquel alumno del que se hacía notar su brillantez matemática y académica, y que adoptó el hábito de investirse del personaje de «Almirante Nelson» (no el de Trafalgar, sino otro almirante Nelson, el comandante de la nave submarina Seaview que por entonces era protagonista de una serie de éxito popular televisivo). El «almirante Nelson» con gesto poderoso solía destacar entre aquellos malditos (entre ellos me cuento) separados del alumnado común porque a él se le consideraba directamente loco. Era compañero de clase de mi primo.

Noches que vuelven

Volver a escuchar la ronda de los cantores de la calle cuando golpeaban el suelo con el bastón y canturrean su oración lenta para que la oigan todos desde casa: las señoras cada una desde su escalera, saliendo a la puerta, bajando algunas a la calle o desde el portal, y salen a escuchar con la puerta entornada o dejan bajo la lluvia una hoja de la ventana sin cerrar para que el canto entre en la casa y entonces todo calla, todo se apaga, la luz, las voces que había, todas se van acallando, dejándose llevar por ese tono único que ocupa la calle estrecha. Alguna baja para dar un aguinaldo, o les llevan algo de beber o de comida, unos vasos de vino mientras repiten el canto y enmudecen todos y escuchan desde dentro para que el sonido llegue despacio y se quede. La oscuridad es la mejor compañía; les deja mezclarse con la lluvia, con la canción, y el canto se apodera de la casa, de los cuartos oscurecidos y de los pasillos húmedos, entra para quedarse, como una ocasión de humedad y noche que ahora ya nos envuelve y ya va dentro, negra, húmeda y oscura. Con nosotros para siempre.

Silex Scintillans

Cuando todo dice que no, apetece el absurdo del sí en la boca misma del infierno. Posiblemente ya estemos condenados. Sabiéndolo aceptamos la tiniebla con gusto. Porque es tiniebla sin promesa alguna. Con la seguridad de que no hay nada allí, oculto o esperando al fondo de la estancia. Aquel brillo que creímos vislumbrar era sólo el deseo que engaña a la vista. Pero es cuando la vista se engaña cuando penetramos buscando alocadamente rastros en las más hondas galerías. El perro ya nos roe los zancajos; la vieja calva nos espera tras cada peña, y seguimos avanzando porque creemos, una y otra vez en vano, atisbar oscuramente algo, y, agotados, insistimos en proseguir la cacería, como los pálidos monteros entre las piedras.

Abstracto

Ganamos en capacidad de abstracción, de dominio generalizador y razonante, lo que perdemos en potencia de aprensión imaginativa del mundo. La imaginación entonces, durante un breve espacio (entre la infancia y la adolescencia), no se pierde, más bien se convierte todavía en forma o capacidad de invención potenciada por la construcción abstractiva. Pero la inmediatez de lo concreto y la propensión a captar la virtualidad de lo instantáneo, a sentir el fulgor de la aparición de realidades nuevas en el espíritu, resulta mermada, va viéndose “desacreditada” por la prioridad de lo abstracto, y en ese proceso sufrimos pérdidas y no logramos, a cambio, verdadera ganancia. Una pérdida en parte compensada por el desarrollo y reforzamiento de otras posibilidades nuevas y aparentemente más eficaces para adaptarnos al mundo, a la vida social y cultural. Un mundo que ahora se nos va volviendo cada vez más abstracto, útil y ajeno, hasta acabar por serlo definitivamente al final del recorrido. Tomamos distancia frente a las cosas, creemos que lograremos así dominarlas mejor, y lo que sucede es que nos sentimos, porque lo estamos, cada vez más separados de ellas, más escondidos de ellas, y que las cosas ahora ya sólo son cosas, meros objetos, realidad muerta.
Hay una pérdida efectiva de mundo que progresa según avanzan nuestras posibilidades de dominio abstractivo. Lo que ahora tenemos no son mucho más que fichas de un tablero eficazmente ajustadas a una función de dominio, pero para ejercerla, hace falta que el mundo y las cosas se reduzcan a datos intercambiables. La conciencia tomará así desorbitada posesión, abusiva, de sí misma. Dominará. Manejará dentro y podrá también y más fácilmente dominar fuera. Estamos ya en el lenguaje comunitario de la razón abstracta; intercambiamos señales y gestos sociales.
Conversaremos entonces y conversaremos acerca de una conversación que se ocupa de otras conversaciones…

(notas del Cuaderno rojo, p. 155b, h. 2002)

En el estudio

Mesa

Empezar otra vez aquí, en la vieja mesa del estudio hace tiempo abandonada, escribir estas líneas sobre el tapete blando, junto a la delicada botella de cristal amarillo, los pinceles en el frasco, el espejo y la fotografía enmarcada y redonda, igual que la mesa. Entonados en crema con líneas cálidas marco y mesa, el libro de Ferrero sobre Baroja, y en la pequeña estantería rinconera la botella de vino abrigado por la cesta de mimbre, latas viejas de bombones; al otro lado, retratos esperando encima del sofá…y, al fondo, una tele muda sobre la primitiva máquina de coser, ahora en funciones de mesita, espera también tiempos mejores. Con ellos, en la pared, el cuadro grande de la figura sentada que me mira ya desde hace mucho, las pinturas secas en el carrito, unas cajas de pintura cerradas, y a mi espalda, la librería grande de nogal con sus Galeries d’Europe y una media Enciclopedia Espasa descabalada, más cuadros vueltos contra los libros y los cajones inferiores, el caballete blanco en el centro, algunas otras pinturas en las baldas, un puñado de carboncillos empaquetados en papel de celofán, tres varillas finas de madera que sobresalen de un lienzo enrollado…

Foto

Acogida la blanca piel por ojos burlones, los labios en suave curva elevan las cejas; la almendra de la mirada sostiene una boina negra que recorta la frente.

Estaciones

Siempre las estaciones de tren han sido lugares marcados por alguna atmósfera inusual. Me refiero, claro, a las viejas estaciones, no a esas construcciones nuevas llenas de tubos de neón que hacen ahora. En algunas ciudades las estaciones de tren son lugares de tránsito, en los que hay algo que está para dejar de estar en un instante, que están sólo para pasar por ellos: para ir y venir. Suelen ejercer además peculiar función de locales nocturnos; no precisamente locales de alterne, sino más bien derrumbaderos nocturnos para quienes por la noche no aciertan adónde ir: vagabundos, transeúntes, viajantes que esperan un tren de madrugada y otras gentes menos convencionales. Suelen hacer uso de esa función como avergonzados, como a su pesar, y así resulta que la dejan teñirse de una atmósera fría, rígida, en la que la indiferencia, lo ajeno del lugar a cualquier sensación de acogimiento, a cualquier calor, favorece que la solitaria figura del noctámbulo se recorte con esa distancia impenetrable y definitivamente muda.

La estación de tren por la noche es un lugar desesperado. Esos mármoles pretenciosos y ajados de los suelos, los bancos viejos y renegridos, la tasca del café de recuelo y la ensaimada revenida. Empleados que arrastran los pies, un vendedor de periódicos se echa un sueño sudoroso mientras espera al Expreso de las 5 de la madrugada.

(De un viejo cuaderno rosa de tapas azules, hacia los 80)

Desde la mesa

Ver otra vez colores marcando límites: jugar con ellos, nadar en sus orillas, dejarse llevar, sus formas alteradas quizá por algún viento que sopla desde ángulos imprevistos. Mirar a fronteras más lejanas, allí donde parece perderse su última huella libre y encontrar la luz que nace con ellas, que las ampara y recibe en haces esperados, en bienvenidas de brisa.

Un cuadro cotidianamente pintado y sólo ahora visible.