Peces de ocasión

Esquinas, rincones…

Sea cual sea el sitio en que te encuentres, echarás de menos otro sitio, algún lugar que te acogió por entonces. Me refiero a que busco esta tarde un lugar, una simple esquina que hubo, como otras esquinas en algún momento viva y habitada, y sólo ahora la ves (¿realmente la ves, es esa que el plano fotográfico te acerca ahora?), quizá tan falsamente ahora como verías tu esquina en aquel tiempo ocupada en sus ángulos por un bar, el bar de las sobremesas, al que íbamos todos los compañeros a tomar el café después de las comidas, y que esta tarde busco ya de una vez y encuentro su foto como la de una esquina cualquiera vacía y hueca, un local abandonado (tendrá por alguna parte ese cartel de “se traspasa” tan frecuente) de una calle de Valladolid.

El maravilloso Pasaje Gutiérrez en la calle aquella próxima a la Plaza Mayor. Con su copia del Hermes de Cellini sosteniendo ese funcional y decorativo globo de luz. Cuantas veces pasara por allí (y procuraba hacerlo en cuanto la dirección que llevaba lo permitiese) me colocaba en la rotonda, y daba una vuelta al Hermes para ver el efecto cenital de la cúpula acristalada o claraboya.


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¿En Valladolid qué hubo? ¿Qué pasó? ¿Qué tengo yo que ver con Valladolid? La música, los amigos, ciertos anclajes en unos momentos vividos… Nada más. Poco. ¿Hubo quizá algo más? ¿Lo truncado que no fue o cierta definición de uno mismo que se hubiera gestado allí entonces por contraposición a lo que nos fue haciendo después…?

También podríamos ver el Colegio, la Sala, la Rosaleda, la pastelería Padova, el cine Zorrilla, todo aquello como un encierro remachado de extrañeza y rabiosa inexistencia, una atosigada condensación furiosa y adolescente…

Para un acto público

Me dicen que leía y leía sin parar una especie de rollo literario interminable en el que solía aparecer muchas veces repetida la palabra francesa “Baudelaire” y que no se explican cómo es que llegaron a ser capaces de tolerarlo aquellos pobres oídos inocentes, cómo pudieron alcanzar a verse libres de aquellos miasmas infatigablemente vertidos con cruel ampolleta dentro de la propia cavidad auricular hasta entonces virgen: un aburrimiento semejante era el que debían soportar hora tras hora los desgraciados… con la misteriosa palabra francesa incluida.

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Algo pasaba con “Baudelaire”. Lo que pasaba era que mi compañero Jose Luis (“Laban”) solía coincidir conmigo en los mismos cursos de COU. Pues bien, una vez que terminaba de consignar las faltas de asistencia en el preceptivo parte, que reposaba con sus incidencias sobre la mesa del profesor, solía dirigir una distraída mirada curiosa a las firmas de sus compañeros aledañas a la suya y podía identificarlas casi todas. Entre aquellas firmas casi o absolutamente ilegibles encontraba con regularidad una que, pretendiendo registrar un nombre concreto de profesor, en realidad revelaba otro, un nombre secreto, casi oculto y como de logia u Oriente Español, y que deletreaba meticuloso: “ma-la-flor”. Eso era: Malaflor. ¿Y quién sería? Al final, investigando, acabó por descubrir al clandestino. Era el entusiasta de aquel libro sagrado que fuera condenado por los tribunales de París.

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Nada más ingresar al centro (setiembre, 1979), el primer día me encontré en las oficinas con quien supuse que sería secretario o algo así por lo menos (era Ángel Iturrioz, el director en persona) y me informó de que el claustro se celebraría más tarde, que volviera después. Aquella misma mañana me vi repentinamente prohijado o, mejor, vertido a la condición de nuevo nieto (neonieto) por una admirable señora a quien el paso de los años no había logrado arrebatar ninguno de los rasgos de una gran dama antigua (me contó que había asistido a las clases de Pedro Salinas en la Central los años finales de la República).

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A veces te sucedía algo raro en clase, cuando leías con cierta vehemencia, no exactamente la de un profesor convencido de su doctrina sino algo mucho peor, algo más bien propio de un risible histrión improvisado por las virtudes del mismo gozo de leer, las de leer algo que nos ha gustado siempre y sin remedio (la suerte hizo que estuviera en el programa) y tan sólo más tarde, mucho más tarde, fui consciente del efecto de alguna de aquellas lecturas que yo hacía en público dirigiéndome a la clase, pero que en realidad me dirigía egoístamente a mí mismo (amparado en la legalidad de que aquel acto estuviese permitido, ya digo, por el programa vigente y que la condición vespertina de la clase tiñese la atmósfera de un cierto sopor tolerante) y la sorpresa retrospectiva de que fuesen esas mismas lecturas las que se evocaran muchos años después cuando me hablaban algunos de su inesperado efecto (o lo que así lo podía parecer según la versión y la caridad utilizadas). Un extraño efecto afrodisíaco de largo espectro, según testimonios. ¿Sería verdad? ¡Pues qué corrupción de menores en ese caso!

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No sé por qué me ofrecí para el papel: pero la cosa es que lo hice y fui aceptado. Necesitaban alguien que pusiera en escena al propio don Ramón del Valle Inclán, al autor mismo en persona, con su capa castiza y sus melenas. Se encontró una carnavalera máscara de viejo con blanca pelambre, y Vicente, el director del grupo, aportó en préstamo una magnífica pañosa salmantina. Varios días ensayé el pasaje del autor que lee la presentación de sus personajes. Debía arreglármelas para absorber la persistente humedad que provocaba la máscara, o ya escafandra, al hablar con ella puesta, la molesta mezcla de pelos chupados y aliento húmedo mientras lograba decir el texto. Llegó la noche de la representación y, según iba saliendo a escena con la parsimonia que consideré apropiada a la situación dramática, permití torpemente que se me fuera deslizando al compás del garbeo el papel hasta el suelo. Desde dentro de aquella máscara no se veía dónde anduviera el bendito papel (me sabía el texto pero estaba obligado a sostener el papel en la mano). Tan sólo aquel patoso gesto de agacharme a recogerlo fue ya suficiente para provocar en el público una risotada general. Lo que hiciera después importaba poco. El efecto, al parecer, se había logrado.

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Si fueron bastantes más las escenas que de estos últimos treinta y dos años pudiera recordaros, tan sólo la peligrosa perspectiva de provocar un aburrimiento más profundo incluso que el de mis más entusiastas discursos “bodelerianos” bastaría ya para prohibirme cualquier tentativa comprobatoria.

Cuando volvamos a vernos reiremos juntos, y, si no, bien estuvo esta despedida. Gracias a todos.

Omni vacua parte exclusa

¿Qué pensamos que piensa el otro que pensamos? Y eso que pensamos ¿a quién interesa si no es a nuestra propia maquinaria de preocupaciones? ¿Qué nos da, si algo nos da, esa pasión? Y cuando nos da, ¿para que sirve lo que da? La vida se va volviendo así un laberinto de errores, de malos entendidos, de ociosas supersticiones trabadas las unas en el hueco hábil de las otras, en ese único resquicio que seguía desocupado; si no quedaba otro más que ese, pues en ese mismo que era el que quedaba. ¿Y para qué semejante aprovechamiento intensivo de inutilidades? Pues para nada, tal como le corresponde a la naturaleza de las cosas. Sacamos en limpio un entretenimiento de complicaciones vanas, lo retorcemos todo un poco más por si es que ya no lo estaba. Y ya lo estaba. Lo está siempre. Así pues entonces procuramos que lo esté un poco más. Le añadimos porque sí un tropezón nuevo, ese que le faltaba a la realidad, ¿y todo para qué? Pues para que alguien caiga en él, a ser posible nosotros mismos.

Gracioso

Pongo como fondo de escritorio del blog la caricatura que me hizo mi hermano allá por el 83, digamos, y seguidamente y por asociación, me viene a la mente el problema de la gracia pública o el de su ausencia: el de que uno pueda hacer, tener gracia o ser «gracioso» y todo ello de consuno o el de no serlo en absoluto y sin embargo resultarlo.

En ocasiones y cuando en alguna reunión se dan circunstancias favorables y si se sabe aprovechar la oleada favorecedora del chiste enfocado en rasgos característicos de la personalidad del sujeto en cuestión, su carácter o maneras, cabría también la posibilidad para el tal individuo (y por comodidad me incorporo yo mismo), y siempre si es que sabe «coger la ola», digo que cabría suponer que la gracia se le posara encima y hasta que la tenga ya posada sin espantarla ni obligarla a alzar el vuelo durante ese rato en que se ha constituido en tema o en objeto de gracia (el sujeto de la tal gracia se convierte ipso facto en foco o en tema mientras en una reunión o cena acierte a monopolizar el interés general risible más allá de esos segundos protocolarios y merezca, por tanto, al menos la suficiente atención como para provocar un pensamiento risible completo o chiste), digo que, dada esa situación, le cabrá entonces la posibilidad de considerarse centro de atención «graciosa» sin que necesariamente haya en él nada específicamente «gracioso» o sin que el ser gracioso haya sido apreciado como uno de los componentes de su persona pública. Y entonces surge la pregunta: incluso en ese caso, ¿de verdad no hay nada? ¿Nada de nada?

¿Cuánto puede durar como tema o foco un cenizo o un soso, por ejemplo? Seguramente un instante y muy poco más (y con un público favorable, cortés e imaginativo). Porque no se trata de que el soso tenga gracia (que por definición no es posible) sino, más bien, de que «aguante el tipo» como motivo de la gracia que otros puedan hacer a su costa; que sostenga el coro de risas con la fuerza mínima necesaria como para que no decaiga la hilaridad. Pero con el soso suele decaer irremediablemente enseguida. Así que si el sujeto, pese a todo, aguanta un cierto rato y ese rato ocupa, como digo, dos o tres tiradas de guasa (las ristras de chistes a costa de detalles graciosos que casi siempre aparecen engarzados con anécdotas, etc.) puedes considerarte investido ya de un cierto «algo», de un no sé qué, ya no sé si de gracia, que igual es mucho decir, pero sí de algún aura involuntaria, una oculta propensión favorecedora, multiplicadora y provocadora de la risa, como la de aquellos elementos integrantes de un explosivo que sin constituir la carga principal ayudan, acompañan, y en ciertas ocasiones imprescindiblemente, multiplican la explosión final o traca.

Revisión

…o la espera de suponer que sea posible otra postura, otra mirada al lugar, alguna otra manera de ir colocando ese algo tan presente (aquí, allí), tan inmediato que anula toda suposición de lo que fuera posible o esperable, como cuando te vuelves a encontrar contigo al despertar de madrugada o topas en el sitio que los dejaste con los propios y familiares miembros y por fin la mañana, esa mañana de cera, oscurece lentamente su ceniza y el día se cansa de esperar, y acaba con que va a seguir tal y como dicen los prospectos, sin preámbulo alguno y de ahora en adelante. Sin embargo y para todo lo demás deberíamos acompañarnos de los trajes adecuados, como el de neopreno, o incluso el de tejido más duro, el amianto crepuscular o el plomo ceremonioso, habría que irse ya vistiendo así, bien trajeado, de fiesta o de bonito, habría que pedir permiso al vecindario para mover un primer pie de madera o ese segundo pie blando y desencajado, cuando la atención por fin alcance a distinguir algún principio en el deseo de ser, alcance a comprender su complicado invento (poleas de interminable circulación, cadenas engarzadas por sus mismos ganchos, simpáticos cuadros de infatigable actividad fabril y edificante, churretes negros deslizándose por las fachadas, vueltas y vueltas por los aledaños del viejo barrio nocturno, siempre con las obras en perpetua construcción, antiguas obras ya destartaladas, hallarnos en el camino tibio y plateado de una noche desierta y sin coches, las calles iguales, impecablemente vacías, el suelo como recién llovido y pulimentado a la vez, las viejas puertas acabadas de cerrar en ese mismo instante porque ya era hora, habían dicho, pese a ir con el billete de curso legal convenientemente taladrado, y oír, a pesar de todo, que ya es la hora, que ya es tarde, que todo esto sobra, que ya cerramos, no te molestes, para qué, pero aun así seguir tan quieto e impecable ante el raído mostrador, pieza y cazador en el mismo acto de muestreo, en la venta al por mayor, en el escaparate nocturno y contemplar desde lejos, como en un sueño, ese dormitorio familiar del que despiertas todavía sin haberte acabado de vestir -«pero ¡aún andas así!»- mientras pasan al fin todos ellos juntos por delante, pasan muy despacio en automóvil oficial y desde la calle te saludan cariñosos y mira, tú, ahí tú todavía, en cuclillas, sin vestir, que sigues sin ropa adecuada, que es que no sabes qué hay que ponerse para las ocasiones, si es el traje de bonito o cuál, el de popelín o más bien el de holandas, ante esa misma burda materia grasa y consistente, y es ya la hora de saludar desde aquí, ponte, ven y saluda y pon cara de fiesta) y que todo eso entonces nos fuera acercando a las antiguas escalerillas húmedas, ayudándonos a encontrar la salida, y así poco a poco, aunque ya es algo tarde (trop tard, monsieur), por entre la vieja y oxidada tapa de hierro, bajo aquel aceite tan podrido e irisado y colorido a la media luz de la antigua plaza nocturna, la de siempre, y ahí saludar al día, volver otra vez, una vez más por favor, empezar la misma y reiterada revista de ordenanza: ropa, botas, arma reglamentaria…

Bodhi

«Baudelaire fue un estudioso de la profundidad, entendida en sentido estrictamente espacial. Esperaba, como un prodigio siempre a punto de producirse, ciertos momentos en los que el espacio huía de la acostumbrada mediocridad y comenzaba a revelarse en una sucesión de bastidores potencialmente inagotables. Entonces las cosas -cada particular, insignificante objeto- asumían de pronto un relieve insospechado. En esos momentos, escribía, «el mundo exterior se ofrece con una poderosa evidencia, una nitidez de contornos, una riqueza de colores admirables». Sólo cuando el mundo se presenta de esa manera es posible pensar. Esos son «los momentos de la existencia en los que el tiempo y la extensión son profundos, y el sentimiento de la existencia queda inmensamente aumentado». De este modo, en términos occidentales, Baudelaire se acercaba a describir lo que para los videntes védicos y luego para el Buda fue la bodhi, el «despertar». Con una literalidad asimismo occidental, lo hacía coincidir con el despertar fisiológico, con el momento en el que «los párpados se acaban de liberar del sueño que los sellaba». Para eso sirven las drogas: el opio hace profundo el espacio («El espacio es profundizado por el opio»), en tanto el hachís «se extiende sobre toda la vida como un barniz mágico» (¿parecido acaso a ese del que Vauvenargues escribió: «la nitidez es el barniz de los maestros»?). Sin dejar de recordar que las drogas son sólo un sucedáneo de la fisiología, porque «cada hombre lleva en sí su dosis de opio natural, que incesantemente secreta y renueva».

Pero ¿por qué la apertura de la profundidad del espacio debía ser un fenómeno tan precioso para el pensamiento? Baudelaire lo revela en un inciso: «profundidad del espacio, alegoría de la profundidad del tiempo». Ejemplo iluminador del uso de la analogía. Sólo en el momento en el que el espacio se entreabre en una sucesión de planos en los que las figuras particulares se recortan con una nitidez embriagadora y casi dolorosa, sólo entonces el pensamiento consigue aferrar, aunque sea fugazmente, algo de lo que constituye su primer y último objeto: el tiempo, Padre Tiempo que todo esquiva y todo vigila. La alegoría es el artificio que sirve para operar este delicado pasaje. Entonces se desvelará también de qué habla Baudelaire cuando menciona «los años profundos». Expresión, a la vez evidente y misteriosa, que siempre comparecía en sus escritos en pasajes decisivos. Presuponía la existencia -quizá también ella alegórica- de un personaje que, puesto frente al «monstruoso crecimiento del tiempo y del espacio», fuese capaz de contemplarlo «sin tristeza y sin miedo». De él se hubiera podido decir: «Mira con cierta delicia melancólica a través de los años profundos.»

Roberto Calasso, La Folie Baudelaire, trad. Edgardo Dobry, Anagrama, 2011, págs. 27-28.

Baudelaire vivió en el Hotel Pimodan entre los años 1843-1845.

Malaise

A veces se te aproxima la sensación de haber abandonado una ruta general, la buena, la única que cuenta, de haberte salido fuera del mundo viable (o dicho con esa frase tan literaria y teatral, pero que no siempre tiene discreto sustituto: la de estar fuera de la realidad). Y no por ningún empeño o deseo especialmente caprichoso o maniático, sino más bien por vulgar acumulación de cotidianeidades, nimiedades, ritmos amoldados, hábitos o módulos funcionales, gestos guiñados al compás de un antiguo tambor persistente. Porque hay siempre algún ruido incómodo o ronroneo de fondo, un eco no deseado, una resonancia de lento crujido que se te fuera instalando incluso ya antes de los toques matutinos del reloj, en el entresueño mismo, como sintonía que se predeterminara (al modo de esos programas informáticos de escribir que tienen su estilo predeterminado) en la máquina antes de su arranque operativo.
Supongo que a los demás les pasará cosa igual o muy parecida. Pues entonces, ¿para qué esto? Quizá no lo acabas de saber muy bien cuando sólo tratas de darle forma legible a lo que le pasa también a la mayoría de la gente. Es una manera de caer en la cuenta por transcripción, de recordar lo consabido al contarlo, de sentir la llamada de una quemazón antigua que siempre hubiera estado ahí. Ese algo acuclillado desde tiempo arcano en las oscuras esquinas de los cuartos de estar. Cuando vas y te levantas torpemente o haces esfuerzos por adaptarte a su presencia, a su música latiendo; cuando tratas -casi siempre en vano- de ajustarte a sus torpes tonos y sosas melodías, se podría conjeturar entonces que ya estás cociéndote en tu salsa. Es entonces cuando buscas la manera eficaz de ocultarlo tapándolo, un poco al menos, y procuras ensordecerlo, suavizarle la rabia, tanquilizarlo. Y casi nunca lo consigues. Pero insistes y avisas precautorio al personal: “Déjenlo, no lo hostiguen, que es peor. Déjenlo en paz al pobre para que, a cambio, no se fije tampoco demasiado en nosotros, y pase de largo por un rato…”.

Cambio de piel para tardes de otoño.

Estrenar un blog y empezar de nuevo. Aquí estamos otra vez. Me hago esa boba ilusión de algo así como poder ser otro por un rato en cuanto escribo ahora en un entorno gráfico algo diferente del anterior (por ahí tenéis el Añalejo; no lo actualizo hace casi un mes. A ver si lo cojo por medio uno de estos días y se deja hacer…). Pues que digo que me puse esta mañana a tantear un poco en este nuevo wordpress que ya conocía en otra versión, por ocuparme de administrar últimamente la Biblioteca de mis alumnos del instituto, y más que nada en realidad por esa circunstancia casual de que esta mañana una compañera lo anduviera manejando en el ordenador de al lado y no se me hubiera ocurrido que este blogger fuera tan accesible…

Debería aprender a moverme con  mayor soltura en ese lenguaje de edición, el “xhtml”, y hacer con él algo más que manipular unos cuantos tipos de letra y algún que otro detalle parecido. Pero es que el simple asunto de estrenar un blog impone un cierto cambio de vestuario y junto con él aparecen estas ganas de moverse hacia otro lado, de hacer otras cosas, esas cosas siempre nuevas y recién nacidas, las cosas por hacer y merecedoras de invento y descubrimiento y renacimiento…Y así podríamos seguir explorando las maneras siempre accesibles de la vieja retórica del making new y sus posibilidades.

Pongámonos, al menos, en una postura afable y risueña y bien humorada hacia esta pantalla tan blanca y amigable que muy despacio se me está llenando toda ella de gusanillos negros que procuro volver legibles.

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